24 / 03 | Mundo, Política

226 PASOS

Después de 4 días fui a comprar al Supermercado. 226 pasos me separan de las góndolas. 226 pasos me separan de todo aquello que pareciera que me va a proteger del apocalipsis. Son 226 pasos que hasta hace unos días eran un placer único, disfrutado, y ahora son un una especie de camino hacia la neblina y la incertidumbre. ¿Habrá comida? ¿Habrá gente en la calle? ¿Habremos entendido que hay que guardarse?

Me lavé las manos antes de salir y fui a la incertidumbre. 226 pasos que ya no me hacen oler los árboles y el pasto mojado. Son 226 pasos que me hicieron pensar en no traer la peste a casa porque está mi hijo, me hicieron pensar en mi Vieja y en mi Viejo, en mis hermanos y sobrinos, que son un montón. Es como un largo trayecto para repensar certezas. Es una ruta de 226 pasos donde las seguridades de mi propio corazón van pululando incautas mientras miro y observo todo. No quiero que a nadie le pase nada malo pero, ¿cómo hago? ¿Salgo a la calle a gritarle a los fantasmas que el Estado es un hecho social? ¿Salgo a vociferar que “entre todos” significa que no hay individualismo posible, que no hay nombre certero? ¿Para qué? ¿Para que me griten kirchnerista algunos o para que me aplaudan otros más? Prefiero mis certezas demolidas por la angustia de saber que me cuido para cuidar y de, reconozco la ingenuidad, esperar que los demás hagan lo mismo. No sé si se trata de explicar. Más bien creo que se trata de entender.

"Son 226 pasos que me hicieron pensar en no traer la peste a casa porque está mi hijo, me hicieron pensar en mi Vieja y en mi Viejo, en mis hermanos y sobrinos, que son un montón"

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Llegué al supermercado con las manos lavadas. Había cola afuera respetando la distancia del virus. Me puse detrás de dos jóvenes, una chica y un chico que, al son de arrumacos y besos admirables, se impacientaban. Al toque se arrimaron, detrás de mí, dos muchachos, separados por el protocolo que empezaron a hablar. Se conocían del barrio, ergo, el volumen de voz era bien alto.

-Qué despelote, hermano! ¿Cómo está tu vieja?

-Mamá está bien! Sí, encima, ¿viste lo del pelotudo de Moreno? Hay un montón de pelotudos saliendo de vacaciones cuando hay cuarentena. ¿Seguís laburando en lo de Cacho?

-Nooo, me fui hace unas semanas. Estoy laburando en un depósito de Grand Bourg que repara material sanitario. ¿Escuchaste lo del gil que agarraron con fiebre en la ruta 2?

Ahí pasó el 182, mi bondi, y no escuché bien. Me prendí un cigarro y sentí que los jóvenes mimosos hablaban.

-Acaba de salir uno, ¿por qué no nos deja entrar el chino este?

-No tengo idea.

-¡Cómo exageran estos tipos!

Terminé el cigarro. Ya no fumo más Particulares. Viene floja la garganta y si empiezo a toser la incerteza me va a ganar más que el virus. Fuimos entrando de a uno. Cuando me tocó, saludé a “Toti” y recibí, con el sonido tornasolado de un barbijo celeste, un “Hola, che” en tonalidad oriental. Entré, me puse alcohol en gel en las manos, agarré el changuito y fui a pasear, en teoría, entre la vida y la muerte. Fui a pasear entre las góndolas donde siempre veo si me encuentro con algún amigo o amiga de hace 30 años. Hoy simplemente miraba y pensaba: ¿Te cuidaste, pelotudo? ¿Vas a sacar un arroz antes que yo, llegaste recién de algún país afectado? Mientras buscaba una lavandina pensé, frente a una señora que me miró y me dio paso: ¿Te habré cuidado yo lo suficiente a vos?

Las góndolas ya no rebosan como hace una semana. Compré lo que creí justo para no joder a nadie. Lo cual me hizo pensar: mi concepto de justicia no le tiene que importar a nadie. Al menos lo hice teniendo en cuenta al que iba detrás de mío en la cola. Compré con temor, con angustia. ¿Será suficiente? ¿Alcanza para el resto? Compré con lágrimas de incertidumbre aun sabiendo que puedo parecer un pelotudo descomunal. Compré porque por suerte puedo comprar y no me dejo llevar por la sensiblería tonta del que no puede comprar; pero, perdón, parte de la incerteza tiene que ver con que, quizás, esta mierda nos mata a alguien cercano, quizás no, pero mis incertezas son bastante más tranquilas de las que imagino que embargan al que vive al día, que junta el morlaco pa´ ver qué onda. No le bajo el precio a mis incertezas para hacer pueblismo barato. Tampoco le bajo el precio para ocupar un lugar algo preclaro en tono intelectual “como preocupado desde una mansión de comodidad y conocimiento” por los sufrimientos del “pobre” (me doy cuenta que “pobre” no necesita el reconocimiento inclusivo… alguien ya lo debe haber dicho pero no existe pobra o pobro…). Simplemente, no le pongo precio a nada. La hegemonía es o no es.

Hice la cola en el supermercado respetando la distancia física. Le estaban cobrando al chico de adelante y me puse entre línea roja y línea roja con el changuito. Apareció un señor mayor de la nada, con su changuito también. Se me puso adelante porque vio dos metros de espacio. Ahí la distancia no es física, es intelectual y afectiva.

-Perdóóóóóónnnnn!

Me mira. No entiende.

-Disculpame!

Reconozco que lo miré mal. Me puso las incertezas a flor de piel. ¿Podés ser tan pelotudo de ir a una caja pensando sólo en vos en medio de este quilombo? ¿Podés arrimarte a una caja de un supermercado sin siquiera mirar a tu alrededor para ver qué onda? Me arrepiento de mi mirada de desprecio, pero era bien sincera. Pasé por la caja cuando me tocó, embolsé todo, pagué y me volví a casa.

Encaré los 226 pasos de vuelta sin poder prender un cigarrillo porque tenía muchas bolsas. Ya sabía que se me iban a hacer mierda los dedos de las manos. Encaré sabiendo mis incertezas, sabiendo los dolores, la angustia que hace poquito no estaba.226 pasos de locura porque no sabés qué acecha pero está. Un espectro, diría el maestro Jacques Derrida, que es-no-siendo, que acecha sin acechar, que sabés que está pero no lo ves.

"Mi preferencia política partidaria hoy no define nada. Lo único que define es mi actitud hacia lo que me rodea. Claro que esa es una actitud política pero no me importa lo que votaste o a quién odias"

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El tema es que, aficionado como soy a pensar huevadas, fueron 226 pasos, de vuelta, con una certeza bien clara: el enemigo, el espectro, no es el virus, el enemigo es la pelotudez. Y no se trata de una crítica remanida al individualismo en nombre de un colectivismo supuestamente virtuoso fabricado en el laboratorio de alguna universidad bien financiada. Se trata, antes bien (amo decir antes bien), de una crítica a la desidia. Se trata de que, materialismos aparte (o adentro), el máximo nivel de individualismo hoy es igual al comunitarismo más soñado. Vos te apresuras, querés todo para vos. Bien. Eso supone que no sabés qué hizo el que te rodea. ¿Y si hizo lo mismo que vos? La voz dice vos demasiadas veces cuando debería decir nosotros.

Volví los 226 pasos, con las manos hechas mierda, lleno de incertezas. Volví entre lágrimas, quizás ingenuas, pero volví. Volví mascullando que ya no se trata de un nombre propio. Volví sabiendo que me esperaba un abrazo de mi hijo totalmente mediado por lavandina pero abrazo al fin. Volví para hablar con amigos, con mis Viejos, con mi corazón. Y volví con una certeza. Cuesta pensar en “nosotros”. Cuesta pensar algo que exceda al nombre propio cuando si te llevas todo el alcohol en gel del supermercado lo único que estás pensando es en un nombre propio: el tuyo.

Cuesta mucho hacer que dejemos de pensar en quién “capitaliza” esto políticamente. El propio término lo indica: si zafamos dignamente, lo capitalizamos todos. Ese “todos” ya-tiene-nombre. El nombre es todos. Cuesta pensar en ser un colectivo sin nombre propio. Cuesta asumir que “todos” no es de “nadie”.

Mi preferencia política partidaria hoy no define nada. Lo único que define es mi actitud hacia lo que me rodea. Claro que esa es una actitud política pero no me importa lo que votaste o a quién odias. Tampoco me importa si este virus va a matar una parte de mi corazón o a mí mismo. Sólo me importa que, en el universo de la incerteza, haya un lugar donde guarecer: todos para uno y uno para todos.


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1 Comentario

  • takacondaga says: 24 marzo, 2020 at 11:04

    Qué bien. Muy sentido. A lo último da con algo clave: si se está desintegrando la sociedad, la nación, la comunidad, la especie humana ¿quiénes somos ese “nosotros” que nos sentimos (quienes lo hacemos) compelidos a cuidar? Nos falta el nombre pero que está, está.

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