03 / 09 | Política

25 ESTRELLAS Y UN PRESIDENCIABLE QUE DICE LO QUE CADA QUIEN QUIERE OÍR

2Más vale pájaro en mano./ Que idiota que no va a votar/ Ya está colmada la plaza./ No cabe ni un alfiler/ La bombonera está ardiendo/ Y como dijo sarmiento:/ Los masones en bicicleta/ Y los radicales a pie./ (…) Compañeros al balcón/ En la calle un sólo grito/ ¡Los Twist, Gardel y Perón!

Los Twist

La política es, entre otras cosas, habituarse a distintos tiempos. El tiempo vertiginoso de la campaña, en la actualidad concentrada en pocas semanas, medios, redes y menos en la vorágine de actos y recorridas callejeras, más presencia en la virtualidad sin horarios rígidos y menos en giras políticas que se asemejaban al recorrido de las bandas cumbieras que hacían tres o cuatro recitales por noche. Para dedicarse a la política hay que tener tiempo, sacrificar tiempo de trabajo, horas dedicadas a la familia, amigos o al estudio, estar disponible para ir a reuniones, actos, asambleas, tener resuelta la organización del cuidado, convertirse en un militante total. La carrera política también exige -¿exigía?- una serie de pasos sucesivos hasta llegar a una posición relevante. Saber esperar.


Esta linealidad no es tal en una cultura política como la nuestra. La política argentina se caracteriza por tiempos policrónicos que reflejan la velocidad con la cual el poder se desplaza entre actores. El tiempo del macrismo que termina sin que el momento de Alberto Fernández haya aún llegado formalmente mientras nos tentamos a imaginar el futuro. Sin embargo, tal vez haya que rastrear el tiempo de Alberto Fernández en un pasado algo más lejano. Los triunfos, y las derrotas aunque este texto trata sobre los primeros, ocurren luego de una serie de procesos sedimentados a lo largo de años. Procesos que tal vez se anclen en memorias poco confiables. Algo de eso ocurre con la figura de AF, un político que parece detenido en un tiempo, el momento de la transición del alfonsinismo y la renovación peronista al menemismo.

Apelando a la trampa de la memoria AF es para mí el recuerdo del 93´ cuando cursaba el CBC y conocí un grupo de amigos que duró lo que duran los cuatrimestres en la facultad, aunque su evocación mantiene la significación de los ritos de paso. El rito de pasar de colegio privado a lo que para mí entonces era el caos de la universidad pública, de los pasillos inundados, las aulas repletas y las siglas incomprensibles de las agrupaciones estudiantiles, de los alumnos sentados en el piso o recorriendo otras aulas buscando, con la mirada entre perdida y temerosa, un banco que diera el pasaporte al conocimiento.

"AF es el triunfo de Eva y su familia, militantes peronistas desencantados con el menemismo, pero que preservaban los ceniceros del marketing de la campaña"

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En ese grupo de amigos, heterogéneo como el cbc de entonces garantizaba y que con los años garantiza aún más, estaba Eva, peronista obviamente, estudiante de sociología. Es el punto de lo que quiero contar: AF es el triunfo de Eva y su familia, militantes peronistas desencantados con el menemismo, pero que preservaban los ceniceros del marketing de la campaña. La victoria de quienes nos juntábamos a estudiar en una casa del Bajo Belgrano cuando aún era un barrio de casas bajas sin torres con amenities ni trenes voladores. Un tiempo, de la primera juventud, casi detenido en una serie de pequeñas acciones que van hilvanando una narrativa común: tomar mate, fumar, compartir las cervezas, enamorarse o algo por el estilo, escuchar los relatos de militancia y compartir el legado común del rock nacional y algunas letras de Serrat –aunque mi familia no fuera precisamente “militante”-. Es la narración de esa derrota de quienes en la “16” se enfrentaban al peronismo de rápida adaptación menemista. La política en tiempos de secciones electorales sin comuneros, de concejos vecinales previos a que un cargo en la comuna signifique el paso inicial de la profesionalización de la carrera política. Es el resurgir de quienes no podían decirse peronistas aunque portaran las credenciales en objetos decorativos y sus propios nombres.

Porque el peronismo también tuvo sus desilusionados, aunque se hable mucho más de los desencantados del alfonsinismo. Y este no es único paralelismo de AF con Alfonsín más allá de algunas notas que lo narran como un Alfonsín con voz ronca. AF hizo el camino inverso al de Alfonsín que pasó de líder carismático frente a multitudes a preferir la rosca de la trastienda. Del bronce de la historia a ser el ideólogo del auge y caída de la Alianza, haciendo una paráfrasis irresponsable del libro de William Shirer. Si los vaticinios electorales se cumplen sabremos qué ocurre con quienes hacen el camino inverso en la vida política, cuando los armadores pasan al centro de la escena. Descubriremos qué pasa cuando alguien que construyó poder para otros tiene que ejercerlo –y nada más ni nada menos que con la sombra de su propio Facundo en versión femenina como vice presidenta-.

"Si los vaticinios electorales se cumplen sabremos qué ocurre con quienes hacen el camino inverso en la vida política, cuando los armadores pasan al centro de la escena"

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Un presidenciable más a gusto en el intercambio de chicanas con los periodistas de medios no afines que en el centro de los festejos. Una figura que camina de lado a lado del escenario, despojado de atriles y micrófonos con siglas familiares, como si buscara un rincón donde conversar con alguien a convencer de que tal vez sea mejor que espere su turno en la lista porque lo mejor está por venir. El presidenciable que logra terminar con las identidades emergentes post crisis del 2001 como el kirchernismo, su regreso a la política institucional y el legado de una juventud para la cual el Estado pasó de enemigo a un lugar de militancia (como han estudiado varios, entre otros Melina Vázquez) y el macrismo como síntesis del sacrificio de quien “entra en política” para cambiar las cosas, dejando sus tiempos empresariales y de quienes lograron sobrevivir en los cargos mimetizándose en el PRO luego de otros recorridos (como muestran Gabriel Vommaro y Sergio Morresi, entre otros). Posiblemente para que el fin de ambas identidades sea factible haya que atravesar otra crisis sino igual de intensa al menos con ciertos grados verosímiles de angustia.

La última vez que vi a Eva fue en las escaleras de Marcelo T. de Alvear, la sede de la Facultad de Sociales que fue quedando cada vez más chica gracias a un montón de gente que decidió estudiar Ciencias de la Comunicación. Apenas intercambié algunas palabras, desprovistos ya de la confianza del compañerismo del grupo de estudiantes. Estaba embarazada y el kirchnerismo era aún inimaginable, pero no es difícil acertar que posiblemente haya tenidos dos hijos, vacaciones en Santa Ana, el sur o las sierras de Córdoba, algún viaje a Europa o Cuba y se volviera a enamorar de la política -incluso también de su pareja- con “Néstor y Cristina”. En parte porque les proveyeron las certezas que los noventa se habían llevado.

El posible triunfo de AF es el probable triunfo del peronismo que sobrevivió al menemismo como pudo, el de la familia de Eva más que de ningún otro. El logro de los que transitaron esa década que aún en las transformaciones que no imaginábamos, posibilitaba los estertores de los ochenta y quienes teníamos distintas identidades políticas podíamos juntarnos a estudiar divirtiéndonos, descubriendo el mundo aún en la desilusión. El mundo donde aún resonaban LosTwist mezclando a radicales y peronistas en 25 estrellas de oro. Un mundo que ahora regresa y se reconfigura para quitarse épica y construir a un presidenciable como un tipo común. El mundo en el que a todos nos dicen lo que queremos escuchar, tal vez la única manera de convocar en épocas de diversidad de identidades que precisan articularse de manera plural –Subirats dixit en la Conferencia Izquierdas2019 organizada por Nueva Sociedad-. Quizás por eso AF, el presidenciable que le dice a cada quien lo que quiere oír, no sólo haya logrado la unidad del peronismo sino que despierte cierta esperanza en sectores más allá de esa síntesis. No sabemos si en su tiempo alcanzará para salir del laberinto ni cuánto de las distintas identidades múltiples serán fagocitadas por un peronismo poco afecto a la digresión. Posiblemente al progresismo, si algo queda en pie, le toque más expresar una agenda de igualdad y diversidad antes que sumarse festivamente a la homogeneidad.


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