12 / 03 | Política

ALBERTO Y LA TRADICIÓN DESARROLLISTA

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En diciembre de 2018, Mauricio Macri le dijo al primer ministro japonés, Shinzō Abe, que el presidente argentino que más admiraba era Frondizi. Si mal no recuerdo, hubo un intento inicial de asociar el experimento Cambiemos con la figura del presidente estadista, el intelectual que no dio lugar meramente a un movimiento político basado en su figura sino a toda una doctrina, científicamente fundada: el desarrollismo. Frondizi, habrán pensado algunos cercanos al ingeniero, podía ser el ícono del pasado pertinente para asociar su gestión con la idea de una trasformación productiva planificada, con la modernización del país y con la “vuelta al mundo”. Si mal no recuerdo, tampoco, fue el propio Durán Barba el que desactivó esa idea que atentaba contra la pátina de novedad desideologizada que ¿tuvo? el PRO desde su inicio y bueno, ya sabemos lo que quedó: debacle económica y social y animalitos en los billetes.

Más allá del artilugio electoral al que remite la anécdota, lo cierto es que el  desarrollismo parece una tradición política muerta y enterrada, cuyas ideas-fuerza sobrevivieron en las estanterías de las oficinas universitarias de los economistas heterodoxos a costa de desaparecer de cualquier programa político (si es que todavía se puede hablar en esos términos). Por eso llama la atención que, en su primer discurso de apertura de sesiones del Congreso, Alberto Fernández diga esto:

“Iniciamos una renovada batalla nacional por el gas y el petróleo. Los hidrocarburos serán una palanca para el desarrollo productivo de nuestro país. Vamos a extraer los recursos a partir de un entramado productivo tecnológico y diversificado en todas las provincias argentinas, motorizando la creación de empleos de calidad, el desarrollo local de las comunidades, la innovación tecnológica, el desarrollo de nuevas empresas y la incorporación de los desafíos de la industria 4.0.”

"El  desarrollismo parece una tradición política muerta y enterrada, cuyas ideas-fuerza sobrevivieron en las estanterías de las oficinas universitarias de los economistas heterodoxos a costa de desaparecer de cualquier programa político. Por eso llama la atención que Alberto Fernández mentara las políticas del desarrollismo en la inauguración de las sesiones del Congreso "

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Recordemos brevemente. Frondizi, habiendo accedido a la presidencia en 1958, sintetizó su acción de gobierno a partir de dos fórmulas basadas en una concepción bélica de la política económica: “la batalla del petróleo” y “la batalla del acero”.La primera de ellas procuraba generar adhesión en torno del objetivo de lograr el autoabastecimiento, motivado por el hecho de que el petróleo representabaun porcentaje muy importante de las importaciones de la Argentina: según consigna Aldo Ferrer, en 1957 el 25% de las importaciones estaba compuesto por este recurso. La “batalla del acero”, un plan orientado al desarrollo de la industria siderúrgica, tenía el mismo fundamento: precisa  también Ferrer, ese mismo año los productos siderúrgicos (y otros materiales para la industria) habían representado un 50% del total de las importaciones. Así, solo aumentando la producción petrolera y el desarrollo de las industrias básicas sería posible combatir el estrangulamiento externo, que ya constituía el principal problema de la economía argentina.

Ese modo de decir tan característico del desarrollismo, que el sociólogo Carlos Altamirano definió como una “retórica de la dramatización” en la que ciertos temas eran entendidos como claves de la vida colectiva nacional y exigían, por lo tanto, unrápido abordaje, irrumpió, llamativamente, en el discurso del presidente Fernández.

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El sentido común (y no tan común) reduce el desarrollismo a un cúmulo de inversiones extranjeras orientadas a industrias básicas, que promovieron la sujeción de la economía argentina a los intereses del imperialismo norteamericano. Todo el encadenamiento argumentativo que va del reconocimiento de la restricción externa como problema prioritario y la escasa capitalización del país a la necesidad de promover inversiones pero bajo la orientación decisiva de un Estado fortalecido en su capacidad técnica se olvida. También se olvida la pericia como polemista de Rogelio Frigerio, quien veía como obstáculo central al desarrollo la “estructura agroimportadora” que no terminaba de morir, pese a  la disolución del escenario coyuntural en el que había podido desplegarse. Por último, también se olvida la crítica igualmente insistente a las posiciones liberales y populistas, que años después serían conceptualizadas por Marcelo Diamand como corrientes políticas inviables, en tanto no respondían a la peculiaridad de la estructura económica argentina.

A pesardel fracaso de la experiencia frondicista, la fuerza persuasiva del desarrollismo durante la década de 1960 tuvo que ver con lo que Altamirano llamó su “carácter genérico”, que hacía de él, más que un movimiento político, un clima de ideas, un discurso transversal cuyos focos de irradiación eran tan diversos como la universidad, la Iglesia, el Ejército, los partidos políticos, etc. y que inundaba los campos sociales más diversos.

" la fuerza persuasiva del desarrollismo durante la década de 1960 tuvo que ver con lo que Altamirano llamó su “carácter genérico”, que hacía de él, más que un movimiento político, un clima de ideas, un discurso transversal"

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Para poner un ejemplo claro, esto decía Guido Di Tella quince años después del cierre del mítico Centro de Artes Visuales del Instituto, al evaluar el salto que había dado el arte argentino en los años sesenta: “Hicimos impresionismo cuando este había terminado en Europa; hicimos cubismo un par de décadas más tarde, pero hicimos arte geométrico poco después y algunos dicen que un poco antes que en Europa; informalismo dos o tres meses después y el movimiento pop dos o tres horas después”.

Más allá de la exactitud del “contenido” de lo que Di Tella efectivamente declaró, su forma de decir evocael esloganque sintetizaba el programa de gobierno de la figura brasileña equivalente a Frondizi, Juscelino Kubitschek: “50 anos de progresso em 5 anos de realizações, com pleno respeitoàs instituições democráticas”. En esta frase hiperbólica, anclada sin embargo en una visión de la historia que reconoce momentos de aceleración y no solo una continuidadlineal y monocorde, la vigencia de las instituciones democráticas era un agregado que no hacía al fondo de la cuestión. Tal vez por la tradición industrialista de cierto sector de las Fuerzas Armadas y con certeza por el entrenamiento en instituciones norteamericanas, el desarrollismo también invadió las mentes delos militares que encabezaron una dictadura todavía más hiperbólica: la “Revolución Argentina”. La consigna frondicista que disociaba con ingenio la noción de nacionalismo (nacionalismo de fines y nacionalismo de medios) y que pretendió servir para justificar los contratos petroleros con empresas extranjeras, fue de alguna manera emulada (y hasta radicalizada) por la Junta Militar surgida del golpe de 1966 en Argentina: la seguridad, entendida a nivel hemisférico como el “resguardo de las fronteras interiores” era la condición necesaria para el desarrollo de la Nación, que a su vez se convertía en requisito sine qua non para garantizar la seguridad (aunque esto último, en el fondo, no era tan relevante).

Durante las dos primeras presidencias de facto del período que se extiende entre 1966 y 1973, la esperanza vana de algunos militares encumbrados de desplazar la política en favor de la neutralidad técnica que podría resolver con sensatez cualquier conflicto llevó al cenit a dos formas institucionales y discursivas precisas: el consejo de desarrollo y el plan de desarrollo.

El Consejo Nacional de Desarrollo (CONADE) había sido creado por Frondizi como requisito para acceder a los fondos de la Alianza para el Progreso, pero alcanzó su “época de oro” durante la presidencia de Illia y, en particular, de la mano de Roque Carranza, que sería convocado dos décadas más tarde por Raúl Alfonsín para ocupar, en una estela imposible ante la debacle de la última dictadura, una Secretaría de Planificación.

Algo de esto parece haber en el proyecto del gobierno actualde crear un Consejo Económico y Social, sobre todo en cuanto al deseo de construir eso que tienen los países desarrollados, las llamadas “políticas de Estado”, pero con una modalidad participativa que sea propia de un proyecto democrático y popular:

En el proyecto que hoy sometemos al Honorable Congreso, el Consejo Económico y Social para el Desarrollo Argentino estará integrado por autoridades propuestas por el Poder Ejecutivo quecuenten con el acuerdo del Senado Nacional y cuyos mandatos trascenderán la duración de un período de gobierno.

Queremos que sea el motor no sólo de políticas de Estado, sino de políticas de la sociedad. Los sectores del trabajo, de la empresa, de los movimientos sociales y de la comunidad científica y tecnológica también serán convocados.

Desde este Consejo tenemos que ser capaces, todos juntos, de diseñar la agenda de futuro, ajena a la puja distributiva y a la coyuntura de corto plazo. 

El producto definitivo de un organismo de planificación es, sin duda, el plan de desarrollo, una exposición acabada de la racionalidad tecnocrática que fijaba metas, a veces exageradas, sobre la base de un diagnóstico inicialy de la contabilización de los recursos que harían posible la consecución del ansiado desarrollo.El CONADE produjo tres planes: uno en 1965, otro en 1970 y uno último en 1971. Solo el de 1971 llegó a ser aprobado, pero cuando la asunción de Lanusse ya significaba el inicio de la transición política que culminaría con el retorno del peronismo al poder.

Dijo Alberto: “Vamos a desarrollar planes estratégicos en ramas industriales con participación de académicos, trabajadores y empresarios, para poner en marcha de modo concertado el futuro de la producción.”

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En 2011, el retorno de la restricción externa puso en jaque al modelo kirchnerista y la llegada al poder de una alianza política neoliberal cuatro años después significó lo que solo podía significar: devaluación, recesión, más inflación, más déficit, más desocupación, más pobreza y sobre todo un endeudamiento acelerado y profundo. Hoy, la fuerte crisis y el contexto internacional poco ventajoso exigen desafíos que desplazan el otrora tan invocado modelo de crecimiento con redistribución social a una página del pasado.Recuperar la tradición desarrollista, esta vez, en el marco de un proyecto político democrático y popular puede ser una buena alternativa paraque la autoconfianza en la recuperación (“siempre nos levantamos”) abra las puertas a la verdadera utopía del mundo capitalista en que vivimos: en palabras de Alberto, “el tan ansiado desarrollo”.


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