01 / 05 | Cultura

ANGEL VARGAS, EL CANTANTE PROLIJO

Los nacidos luego de la mitad del siglo pasado tenemos un vínculo contradictorio o si se quiere un tanto lejano con el mundo del tango. Por supuesto que no tanto como nuestros hijos que, por lo que se puede observar, parecen estar lejos en su vínculo con la música típica de Buenos Aires, pero estamos ahí, en el borde. Somos los que llegamos a conocer al Polaco de sus últimos años, Troilo se nos fue cuando éramos preadolescentes y Piazzolla un poco más tarde. La nómina es extensa pero aunque se la mire de un lado y otro no se discute que nos tocaron los estertores de ese tiempo que se conoce como los años de oro. Los cuarentas y cincuentas nos llegaron por relatos de nuestros mayores. Pero bueno, es el tiempo histórico que nos tocó y de lo que se trata es de ponerlo todo para que nuestra música de Buenos Aires se mantenga vigente.

Cierta vez en un boliche de mi pueblo estaban dos personajes bastante alcoholizados: uno decía “Gardel” y el otro asentía, “Troilo” y, de nuevo, el gesto de aprobación de su amigo hasta que dijo “Angelito Vargas” y se escuchó “Ya la cagaste, Buche…”. Porque nuestra generación recibió como sentencia aquella creencia de que Ángel Vargas era un cantor berreta y lo fundamentábamos con esa suposición de que si algo es muy escuchado es porque tiene dudosa calidad. Intuición heredada del ambiente del  Jazz, donde en una época se creía que lo bueno estaba irremediablemente enfrentado con la venta de discos (hasta que irrumpió Dave Brubeck con su cuarteto y su Take Five haciendo trizas esa montaña de prejuicios que escondían el elitismo de hacer música para los músicos, olvidándose del público que, al fin y al cabo, es el que compra los discos y paga las entradas).

"Somos los que llegamos a conocer al Polaco de sus últimos años, Troilo se nos fue cuando éramos preadolescentes y Piazzolla un poco más tarde"

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Los pueblos no se equivocan cuando ponen en lo más alto a algunas figuras, en este caso de la música, luego la academia examinará al detalle, pero cuando alguna de éstas se mantiene por décadas en el olimpo ya no es sólo por cuestiones comerciales (la industria se ha cansado de lanzar productos con todo el soporte imaginable y en la mayoría de los casos se compró un gran fracaso). Recuerdo aquellos hermosos 1983, 84, 85 cuando solía volver del centro en taxi a la madrugada, porque nos agarraba la profundidad de la noche en extensas discusiones políticas en los bares de la zona de Callao y Corrientes,  y la banda de sonido de esas noches era “La Noche con Amigos” y siempre, pero siempre estaba la voz de Ángel Vargas con esos tangos “viejos”, tipo “Tres esquinas”. Muchos militamos en esos días la noción de que Angelito Vargas era, por así decirlo, una expresión del tango de segunda, más berreta, más cualunque en relación a los hermanos Expósito, Cobián y Cadícamo y ni hablar de Roberto Goyeneche, Troilo o Piazzolla. Claro, aquel dicho de que para que te guste el tango tenés que vivir bastantes años no es joda, es una sentencia que sí o sí hay que cumplir para que un buen día te des cuenta que por sus venas fluye de prepo y sin haberlo buscado, esa música popular que antes creías cosa de viejos. Un buen día, cuando la vida te va dejando marcas vas comprendiendo a Catunga Contursi, a Castillo, a Manzi, te embriagás con Homero Expósito y de pronto estás escuchando a Fiorentino para desentrañar por qué se lo idolatra tanto, un poco menos que a Gardel pero con tremenda fuerza… y en ese momento descubrís que aquel Ángel Vargas-banda-de-sonido-de-taximetrero-veterano te suena cada día mejor y no porque haya grabado cosas nuevas -se murió en 1959- sino porque, como dijo alguien por ahí, el tango te espera, y también, angelito, entonces, caés en la cuenta de que ni Ángel Vargas rejuveneció ni vos te avejentaste sino que el tango tiene una extraña densidad y una razón de ser aún más profunda que aquello que suponías de joven. Vas comprendiendo que al fin y al cabo estás en una ciudad modelada por inmigrantes de todas las procedencias y fue esa mezcolanza se produjo un sonido propio que la distingue de cualquier otra gran urbe del mundo. Imaginemos cómo sería vivir con océano por medio de tu barrio, tus amigos y tu familia para comprender la materia prima fundante de la identidad tanguera, si hasta el Rengo Goldín desde el rock alguna vez escribió:

La poesía no la tiene Buenos Aires
Sino los que la viven
La sufren o la gozan.

"y en ese momento descubrís que aquel Ángel Vargas-banda-de-sonido-de-taximetrero-veterano te suena cada día mejor y no porque haya grabado cosas nuevas"

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Y cuando queremos acordar resulta que si un tema venido del rock nos parte al medio sentenciamos “es un tango”, dando a entender que es algo de una profundidad que traspasa defensas y explota allá adentro, bien lejos, que es ese lugar donde dicen que está el alma. Es así nomás, el tango espera y Ángel Vargas también. Probalo vos mismo: bajate al menos los discos de Angelito con D’agostino y dedicate una tarde a recorrer la ciudad y escuchar el murmullo de su gente, en todos esos sonidos porteños sonará la voz de Ángel Vargas y cobrará sentido aquella sentencia de Horacio Salas, quien dijo que hubo una época en que se creía que era imposible cantar como Gardel y muy fácil cantar como Ángel Vargas pero pasaron las  décadas y nadie logró cantar como Angel Vargas… Con Angelito nos pasa como con Duke Ellington, donde infundados preconceptos nos hicieron suponer que lo de antes tenía menos complejidad y desarrollo que lo actual, hasta que nos metemos en sus obras y descubrimos cosas que estuvieron siempre ahí pero jamás las vimos. Ahí entendemos por qué se dice que el revolucionario mayor del Jazz fue Louis Armstrong cuando uno tiende a pensar que pudieron ser Parker, Miles, Jarret o Coltrane. ¿Dónde está la diferencia? En cómo estaba el jazz cuando lo tomó Luisito y dónde lo dejó.

Angelito era un cantante correcto, sin grandes estridencias, siempre ahí, haciendo lo que había que hacer, una especie de Gringo Giusti del tango. Quizá por eso cuando te enganches con él ya no podrás soltar, porque no se formará un vínculo motivado por la variación vocal audaz ni buscarás aquel arreglo orquestal que te vuele la cabeza, nada de eso. Angelito es la prueba de que un cantante afinado y prolijo puede también cautivar. ¿Quién dijo que en la música lo que vale es llegar a esa nota a la que pocos tienen acceso? ¿Quién dijo que el Coltrane de India es más subyugante que el de Say It (Over and Over Again)? Quizá se trate de  distintas épocas y distintos vínculos con la música, o pueda suceder que haya un tiempo donde se busque el solo desenfrenado y otro más reposado donde, como ya se escucharon muchos arreglos notables, solo se busque ese sabor de la nota colocada en el momento justo, en medio del silencio. Son etapas en la vida del que escucha música y su relación con ella está ligada al tiempo que le ha tocado vivir. Cuando han pasado los años y ya no se busca ese solo que te vuele la cabeza sino ese silencio y esa sencillez en el arreglo, ponés un disco de Ángel Vargas y te sentís un tipo feliz.

"Angelito es la prueba de que un cantante afinado y prolijo puede también cautivar"

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2 Comentarios

  • José Luis Prieto says: 5 mayo, 2020 at 17:56

    Qué viaje, Gerardo. Como suelo comentarte. Me subiste a ese taxi trasnochado y me dejaste en mi cama de pendejo, para dormirme entre los ecos de Lionel Godoy en la Tónomac negra y los ronquidos de mi viejo, provenientes de la pieza de al lado.

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  • Robertp says: 5 mayo, 2020 at 19:50

    Exactamente eso. Angel Vargas es el sencillo cantor del barrio y allí radica su gloria, pura expresión del canto popular. No es mejor Parker, ni Miles que el Duke, Ni Hawkins, Ni Waller, ni Hines, son todos juntos.
    Abrazo

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