27 / 05 | Ciudades

BAIRESLAND

¿Hay una historia?

Sentados sobre el respaldo de un descapotable, mirando hacia adelante, tres hombres de impecables trajes saludan a un grupo de periodistas y fotógrafos. Los diseños retrofuturistas de los stands y los autos del fondo compensan la ausencia de color de la imagen y completan el aire de fiesta y celebración que sugiere la imagen.

Esta foto cumbre, sacada en la Feria Mundial de Nueva York en 1964, guarda un enorme valor simbólico respecto a la vida en las ciudades en el siglo XX. Robert Moses, funcionario plenipotenciario del desarrollo urbano de la ciudad de Nueva York durante más de 40 años, Henry Ford II, y Walt Disney, los responsables de muchos de los imaginarios y dinámicas que aún persisten en nuestra relación con el territorio y la ciudad.


“¿Hay una Historia?”, se preguntaba Emilio Renzi al principio de Respiración Artificial, mirando la foto de su tío ausente y desprestigiado alzándolo en brazos. 

Si es que la hay, no arranca necesariamente en el momento de esa foto. Viene de más atrás, e incluye muchos más temas y personajes: Buenos Aires, que para Le Corbusier y para varios otros fue durante un tiempo la rival de Nueva York, había hecho durante las primeras décadas del Siglo XX todos los deberes para convertirse en una gran capital mundial. Las iniciativas de modernización de sus infraestructuras, la construcción de hitos y edificios institucionales, la velocidad en los viajes y el impacto de esto en la relación distancia/tiempo, los primeros planes e iniciativas de ordenamiento territorial, entre otras, fueron parte de su agenda. La consolidación de una clase trabajadora activa y organizada, la movilidad social, y el rápido crecimiento poblacional generaron a su vez programas ligados al ocio y el entretenimiento masivo: su expresión más contemporánea fueron los Parques de Diversiones. 

Se Juega Como Se Vive

Los tres parques de diversiones más importantes de la Buenos Aires del Siglo XX son el Parque Japonés, el Ital Park y el Parque de la Ciudad. Si Rem Koolhaas definió a Coney Island como el campo de experimentación urbano de Nueva York, en el cual se exploraron los temas de altura, densidad, y superposición de programas antes que en la ciudad misma, podemos hacer una afirmación similar respecto a estos parques porteños con una salvedad. Más que como un campo de experimentación funcionaron como una especie de subconsciente colectivo, un espejo de las inquietudes y pulsiones de la vida en la ciudad: el parque como metonimia de la vida urbana de su época, una muestra a escala de cómo se vive.

Del Parque Japonés y sus oleadas populares de visitantes al centro de la ciudad, que constituían breves y anticipatorios diecisietes de octubre, se pasa al Italpark y su estética de parque contemporáneo e internacional fundada por tanos emprendedores que buscaban pasar al frente. Ambos son los parques de la ¨vieja¨ Buenos Aires, y ambos marcaron el camino de los finales desprolijos; el Parque Japonés, incendiado por causas sin determinar en 1930, el ItalPark clausurado por un accidente mortal y evitable.

"La consolidación de una clase trabajadora activa y organizada, la movilidad social, y el rápido crecimiento poblacional generaron a su vez programas ligados al ocio y el entretenimiento masivo: su expresión más contemporánea fueron los Parques de Diversiones. "

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El Parque Interama, proyectado a fines de los 70 nace de este lado de la historia. Corresponde al paradigma de las estrategias urbanas enfocadas en revitalizar sectores de la ciudad mediante la explotación privada, la conquista del territorio con el auto y las autopistas, el zoning anacrónico y los gestos exacerbados. Su nacimiento tiene elementos y actores distintos a los parques anteriores: la inercia estatal del Brigadier Cacciatore, las sociedades anónimas entre civiles y militares y la aparición de un campeón con nombre de actor de segunda línea, Richard Battaglia, ingeniero legitimado por su participación en el diseño de partes del complejo de Disneylandia.   

Posteriormente expropiado, y esperando su momento para ser puesto en valor por el gobierno de la ciudad, es además, otro capítulo de la saga interminable sobre el sur de Buenos Aires y los intentos permanentes por torcer su destino.

Querían Ficción / Les Dimos Ficción

El Parque de la Costa fue una de las acrobacias más recordadas de la década de los noventa. Con su línea de tren convertida en un perlado collar de shoppings, su look & feel primermundista y su marketing de ecologismo de fin de siglo, realmente parecía que habíamos llegado a ese nivel de entretenimiento y que además de  las peregrinaciones a Miami y a Europa era también posible pasar un buen día de nivel mundial a menos de una hora de distancia del centro de CABA. Toda la primera cepa de milennials de Buenos Aires pasó al menos una vez por sus instalaciones y sus juegos, cuya ingeniería perfecta despejaba de las mentes de sus padres todo recuerdo incierto sobre el malogrado ItalPark.

El Parque de la Costa nació pura sangre, tres tercios perfectos de genes Moses, Disney y Ford, y fue criado en los haras de Carlos Menem y Eduardo Duhalde, los cuales, como relata Clarín en su edición del 6 de mayo de 1997, se trenzaron en un abrazo simbólico en el acto de su inauguración. 

"Los tres parques de diversiones más importantes de la Buenos Aires del Siglo XX son el Parque Japonés, el Ital Park y el Parque de la Ciudad."

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Llegado un punto de la historia urbana de la Capital Federal en la que hubiese sido imposible destinar un terreno de esas dimensiones a otro fin que no fuese el desarrollo inmobiliario, nace lejos de las anteriores iniciativas de este tipo, en el partido de Tigre, casi como un baqueano adelantado a otros experimentos de reproducción semi-artificial de determinados fenómenos urbanos en la zona norte del área metropolitana. 

Su distancia es la del commuting, la de la huida al suburbio verde iniciada en algún punto de los ochentas y profundizada durante la proliferación de countries de los noventas. Su escala reproduce ciertas proporciones de lo urbano, su velocidad es la del auto. A esta ecuación de la distancia y la velocidad se la afinaba a la perfección con el Tren de la Costa, proyecto hermano y complementario del mismo grupo inversor, la Sociedad Comercial del Plata, que resucitó el cadáver del viejo ramal Retiro-Delta con un rayo privatizador y lo convirtió en un paseo de lujo, un tren ligero con aire acondicionado que iba de shopping en shopping, de estación a estación, hasta llegar al Delta Prometido. 

Como todo el resto de los milagros de durlock de la época, el proyecto no pudo sostener sus pretensiones durante el cimbronazo del 2001. El tren fue reestatizado después de varias convocatorias, y sus estaciones están hoy más emparentadas con las del Monoriel con el que estafaban a la población entera de Springfield en el clásico ¨Marge vs el Monoriel¨ que con cualquier otra hipótesis de futuro. El Parque fue mutando, incorporando programas y temas a medida que las condiciones se lo permitían. Hoy es un híbrido que se aleja cada vez más de su concepto original y sobrevive a conciencia de que quizás sea el último de su especie, que las tendencias del entretenimiento actual difícilmente generen demanda para un nuevo parque de diversiones en Buenos Aires.

Nuestro Modo de Vida

Tardewski, el polaco exiliado en Concordia con el que Emilio Renzi se queda toda la noche charlando y esperando en vano a su tío, le cuenta la historia del potencial encuentro entre un joven Hitler y un joven Kafka el cual, por medio de un breve diálogo, lograba anticipar mucho de lo que se venía después para ambos (y para todos).

"El Parque de la Costa fue una de las acrobacias más recordadas de la década de los noventa, con su línea de tren convertida en un perlado collar de shoppings, su look & feel primermundista y su marketing de ecologismo de fin de siglo"

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Es poco probable que Moses, Ford, y Disney se hayan cruzado antes de la Feria Mundial del 64; mucho menos que ellos y algunos otros más, conspiradores y furtivos, hayan acordado algún tipo de plan de dominio. Es, seguramente, indudable su influencia en términos de referentes urbanos y modelos de vida: Occidente tiró muchos años proyectando en color las fantasías del auto, la autopista, la casa en el suburbio, las ciudades de ficción en forma de entretenimiento. 

Una línea de tren que se transforma en shopping, un parque lleno de todo pero que no contiene nada… ¿Cuántas cosas de estas las elegimos y cuántas simplementes nos fueron puestas en el plato sin mucha posibilidad de elección? Ahondar al respecto genera una incomodidad, hay un conflicto en tratar de comprenderlo. Y si hay un conflicto, hay una historia.


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1 Comentario

  • Viviana Martini says: 1 junio, 2019 at 21:45

    El artículo es excelente. Demuestra un profundo conocimiento del tema y una asombrosa profundidad intelectual. Muchas palabras y datos históricos escapan a mi conocimiento pero en cambio despertaron mi dormida nostalgia ya que fui contemporánea y por supuesto visité los tres parques de chica y adolescente primero (el parque de la Costa es posterior) y con mis dos hijos mas tarde. Italpark es el que mas recuerdo y a donde concurrí más asiduamente, seguramente por la proximidad con mis domicilios. Qué recuerdos!!! La vuelta al mundo, los autitos chocadores, la rueda loca, el tren fantasma y la temible montaña rusa!!!!!! Todo mezclado con los panchos con mostaza que comíamos entre juego y juego!!!! Resumiendo: artículo excelente y de altísimo vuelo intelectual, mucha nostalgia y la esperanza remota de volver a ver en Buenos Aires otro Italpark. Estoy segura que la gente lo invadiría y se volcaría a sus juegos como lo hacía cuando existía. . Aunque dicen que las segundas partes nunca fueron buenas y aunque ya no tengo ni hijos ni nietos para llevar a jugar!!! Igual creo que valdría la pena intentar!!!

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