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EL GALÁN DE CINE, UNA INTRIGA INTERNACIONAL Y YO

¿Qué hace que la memoria de un hombre que es apenas un recuerdo para pocos se convierta en una obsesión? ¿Qué derecho tenemos a desenterrar sus miserias? Esas son las preguntas que llevo haciéndome en los últimos ocho años cada vez que pienso en Carlos Thompson, el actor que me hizo meterme en su memoria.

Primero los datos que todo aficionado al cine debe conocer: nacido como Juan Carlos Mundin Shaffter, Carlos Thompson fue una joven estrella del cine clásico nacional. Ingresó al starsystem hollywoodense y actuó junto a Lana Turner en los 50, siguió su carrera en Europa y se retiró a medido de los ´60 para dedicarse a la escritura. La historia se completa con su regreso a Argentina a  finales de los ´80. Sus  intervenciones en medios daban cuenta que el ex galán había tenido una rara evolución en su personalidad. Los rumores de una enfermedad mental se confirmaron el 10 de octubre de 1990. El astro se había pegado un tiro en su departamento del edificio Los Galgos, de Callao y Arenales. Ese mismo día debía presentarse en la función de Cartas de Amor, obra que protagonizaba junto a Chunchuna Villafañe.

No era ni el primer actor de cine con destino trágico pero un dato resaltaba: luego de retirarse del cine, se había metido en un lio de proporciones internacionales publicando un libro en Inglaterra. El texto refutaba una teoría que sostenía que en 1943 Winston Churchill había enviado a matar al primer ministro polaco en el exilio, Wladislaw Sikorski. El líder nacionalista polaco murió cuando su avión cayó al mar, minutos después de despegar en  Gibraltar. Entre lo lúdico y cierta subestimación intenté saber cuál podía ser el aporte que había hecho un actor argentino a un debate que ponía en tela de juicio al hombre más respetado del Reino Unido.

"No era ni el primer actor de cine con destino trágico pero un dato resaltaba: luego de retirarse del cine, se había metido en un lio de proporciones internacionales publicando un libro en Inglaterra."

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Ahora, la historia oficial de una intriga internacional. En el invierno de 1967, Carlos y su esposa la actriz Lilli Palmer reciben en su casa de Suiza la visita de Laurence Olivier. El máximo actor shakespiriano del siglo XX había sido nombrado a mediado de los ´60 como director del Teatro Nacional de Londres y se encontraba en una encrucijada: su asesor narrativo intentaba convencerlo de que autorice  el estreno de Los Soldados, del dramaturgo alemán Rolph Hocchuth. En la obra se representaba los debates entre Churchill y sus asesores frente a la decisión de aniquilar a Sikorski. El primer ministro polaco insistía en denunciar en tribunas internacionales a la Unión Soviética por la masacre de Katín. Sikorski debía ser silenciado y el método elegido fue sabotear el avión que traía al líder de vuelta a Londres de su visita a las tropas polacas que peleaban en el norte de África.

Hasta el momento, la muerte del premier polaco había sido explicada como una mala praxis en el nivel de carga de la pequeña aeronave militar. Hocchuth de manera tácita toma las investigaciones revisionistas del historiador británico David Irving, hoy un mundialmente reconocido negacionista del Holocausto. En 1991 Irving protagonizó una conferencia en la confitería El Molino de Buenos Aires, hablada en un perfecto castellano y a la que asistió buena parte del nacionalismo argentino.

El libro de Carlos en el que refutaba a la obra de Hocchuth  y a las ideas de Irving fue publicado en Inglaterra en junio de 1969 y su traducción al alemán en 1975. No fue un gran éxito editorial pero obtuvo elogios de periodistas británicos que hasta el momento conocían a Thompson como el protagonista de una comedia de espías emitida por el canal ITV ¿Era una persona lucida cuando escribió ese libro? Irving las pocas veces que se refirió a él decía que no, pero a un mentiroso profesional no se le toma la palabra.

Cuando terminé de recabar la información sabía que si esto iba a ser escrito tenía que hacer dos cosas: reconstruir la personalidad de Carlos Thompson más allá del mito cinematográfico, así como también hacerme con un libro que jamás había sido editado acá. Lo primero tenía el inconveniente de que sus amigos del espectáculo estaban muertos o era imposible saber si estaban en condiciones de ser contactados. Duilio Marzio y Olga Zubarry murieron solo meses antes de que me decidiera a investigar.

¿Por qué se había ido de Argentina? ¿Era tan antiperonista como se decía? ¿Era la supuesta humillación recibida porque María Félix lo plantó antes de llegar al altar? La primera persona que respondió alguna de esas preguntas fue Adela Montes, fundadora de Las Cazadoras de Autógrafos, un grupo de adolescentes que se organizaban a fines de los ´40 y comienzo de los ´50 para conocer a sus ídolos del cine y la radio. Adela recordaba a un hombre educado y atento. También  uno abiertamente opositor al peronismo.  A su vez, tenía presente el escándalo que produjo en la época que María Felix se fuera del país intempestivamente luego de un anuncio casi público de matrimonio.

Eran buenos datos sueltos para conocer al Carlos de su juventud aunque no tuvieron relación con el Thompson escritor. El director de cine y teatro Oscar Barney Finn me contó cómo fue trabajar con Carlos en los últimos meses de vida. Atribuía su suicidio  a la muerte de Lilli en 1986. Para el encargado de la puesta de Cartas de Amor, Palmer había podido contener la mente frágil del ex galán. Sin ella, todo se cayó.

La respuesta de cuando comenzaron los  problemas mentales de Carlos llegó desde Nueva York. El dramaturgo Carey Harrison, hijo del primer matrimonio de Lilli Palmer con el actor inglés Rex Harrison, me contó que se le había diagnosticado esquizofrenia maniaco depresiva  en 1961.  Eso dejaba claro que Thompson había comenzado la investigación de su  libro el invierno boreal de 1967 con un diagnóstico claro. También que las razones de su retiro del cine no se relacionaban solo a su deseo de convertirse en escritor. Pero los mails de Harrison tenían un peso mayor, en ellos me recomendaba dejar en paz la memoria de Carlos. Consideraba que revivirlo por completo era revictimizar a un hombre que vivió un infierno y a la mujer que lo acompaño.

Si yo escribía algo difícilmente llegara a manos de Carey y probablemente solo esperara que cambie los nombres. Pero el que hablaba era el hijo de Lilli Palmer, para mí a esa altura simplemente Lilli. Había leído los dos hermosos textos autobiogáficos que publicó en los 70 y fueron bestsellers mundiales. Palmer había nacido en el seno de una familia judía agnóstica a comienzos de la primera Guerra. Sus primeros pasos en el teatro alemán coincidieron con el ascenso del nazismo y debió a escapar a Inglaterra. Allí se casó con Rex Harrison, símbolo del humor de relojería inglesa y ambos fueron parte del Hollywood de la posguerra. Dueña de una belleza tipo doble agente,  pareció no envejecer un año en 30 años de carrera. Y cuando comenzó a hacerlo empezó  a contarse a sí misma. Al estilo China Zorrilla, consciente de que su vida había sido única y que esa unicidad merecía también ciertas licencias creativas que aumenten la comunión entre la estrella y su público. Yo podía saber cuándo las fechas de sus anécdotas no coincidían con los datos reales pero eso solo lograba que mi empatía hacia ella creciera.

"¿Por qué se había ido de Argentina? ¿Era tan antiperonista como se decía? ¿Era la supuesta humillación recibida porque María Félix lo plantó antes de llegar al altar?"

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¿Era yo algo más que un espectador privilegiado? Aun no lo sé pero mi cercanía con ella se volvió material cuando logré hacerme con el libro de Carlos, literalmente su libro. Lo encontré en un anticuario de microcentro. Quien lo había dejado había dado expresas ordenes de que cuando no se revelara la identidad del vendedor. Ese dato me hacía sospechar de alguien pero esa es otra historia (sí, este texto no incluye todo). El texto de 400 hojas, con tapa dura y una funda de papel satinado contenía papeles con anotaciones en inglés, fotos personales de la pareja Thompson-Palmer, recortes de reseñas del libro en la prensa inglesa y alemana; e incluso unos negativos antiguos que parecían ser del ejército aliado en Medio Oriente.

Por unos días creí que era la copia de su obra que Carlos pero una dedicatoria detrás de la tapa me reveló que era la destinataria original de esa copia había sido Lilli. Darle algún papel al destinado en que ese material llegue a mí no estaba ni está en mi naturaleza pero era un impulso a seguir. Hoja tras hoja el texto daba la impresión de un hombre en control de sus actos. Carlos relata sus viajes por distintos puntos de Europa, en los que se entrevistó  con actores que habían estado en Gibraltar entreteniendo tropas cuando ocurrió incidente de Sikorski, a líderes políticos de Europa del Este sobrevivientes de la persecución de Stalin. El uso de la primera persona dista de ser el de un hombre buscando una fantasía. Thompson se ríe de las recomendaciones paranoides de Hocchuth, convencido que el servicio secreto inglés estaba dispuesto a silenciar a quien osara desenmascarar a Churchill.

Tuve una charla con el ahijado de Carlos que me ayudó a perfilar al actor y su vínculo con su entorno argentino a la distancia. En otro momento, fui a la librería Huemul,  presuntamente implicada en la organización de la conferencia de David Irving en El Molino. No logré encontrar respuesta pero difícilmente olvide la cara de miedo que me miraron. Luego comencé con algunos ensayos de escritura con la asesoría de un taller. Esto implicaba otros dos problemas: elegir qué contar de una vida que era única con o sin una intriga internacional en ella y cómo hacer que el texto fuese creíble. Una narración que cruzaba varias décadas y recorre cinco países no era tarea fácil para un millenial, sobre todo para uno que apenas sabía dónde está el aeropuerto de Ezeiza.

Uno de los últimos lugares que visité fue el Ministerio Público Fiscal de la Ciudad, para ver a quién 23 años antes había sido el juez que investigó de oficio el suicidio de Thompson. Sabía que fue una investigación de rutina pero me servía para reconstruir la escena y saber sobre el entorno de Carlos en sus últimos días. A la distancia, creo que ese hombre sonriente y predispuesto que me recibía en su enorme despacho, fue quien mejor percibió qué tan imbuido yo. Su disfrute en compartir su información y recibir la mía parecía total. Ese día la historia no era volver rever un caso rutinario de 1990, más bien el veinteañero que le contaba que no podía salir de esa investigación en los dos últimos años.

El proyecto se congeló por un tiempo más largo de lo que esperaba. Pero pude llegar a la conclusión de que la única manera de escribir sobre Carlos implicaba frente al lector que era un misterio abierto. Hacer al lector participe de mis múltiples limitaciones, de mis escasos recursos y de cada pequeño logro. Así como Javier Cercas lo hizo con su impostor, yo tenía que asumir que la primera persona no era una licencia creativa sino un imperativo. No hay ley que diga que una investigación merezca ser contada en primera persona, ni por buena ni por profunda. Se trata de hasta qué punto tenemos derechos a construirnos a través de otra persona. Y si lo hacemos debemos poner la cara. Tal vez esta historia nunca se convierta en libro pero en honor a Carlos y Lilli, hoy hablo de mí en este texto.


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