02 / 07 | Dossier Menem

CCCP

La expansión del comercio internacional es una onda radioactiva que deja una marca de vitalidad destructiva a su paso. Eso ocurrió en los 90 cuando la internacionalización del comercio mundial alcanzó un ritmo desenfrenado, particularmente en los países menos desarrollados. El clímax fue 1996. Ese año, el flujo de capitales privados hacia los países en desarrollo llegó a 200 mil millones de dólares, un séxtuple del valor de los flujos entre 1983 y 1989, período que en la Argentina coincide con el gobierno de Raúl Alfonsín. En las noches de invierno de 1986, yo escuchaba a Graciela Mancuso en la radio y desde el balcón del sexto piso de mi departamento de Floresta veía, en la otra punta de la ciudad, a los tres o cuatro aviones que aterrizaban en Aeroparque. Buenos Aires era un rancho plano, la avenida Segurola, perdida al fondo antes de empezar el oeste profundo, un panóptico improbable, y los tres o cuatro vuelos una ilusión. Diez años después, decenas de aviones construían un corredor aéreo parecido a una avenida, bajando desde el sur, subiendo hacia el norte. Pero desde Floresta yo ya no veía nada, porque una muralla de edificios, cristales y emprendimientos empezaba a poblar el horizonte para transformarlo en un paisaje urbano y moderno. Y porque muchas veces el que estaba arriba del avión era yo.

"En perspectiva, un cambio de régimen se percibe cuando uno mira hacia atrás y el pasado no sólo es distinto, sino extraño"

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Era una evidencia anecdótica. Hay muchas formas de definir un cambio de régimen. Las más sensatas giran alrededor de transformaciones lo suficientemente profundas, duraderas y extendidas como para darle forma y lenguaje a la sociedad. En perspectiva, un cambio de régimen se percibe cuando uno mira hacia atrás y el pasado no sólo es distinto, sino extraño. Quedémonos con eso. Hubo períodos trágicos y con huellas duraderas; es al ñudo discutir cuál fue el peor gobierno de la historia. Pero algo es cierto: ningún otro gobierno civil o militar desde 1945 está tan asociado como el de Menem a un ciclo que dejó al país cambiado y, en sentidos fundamentales, irreconocible. Fracturado y violentamente actualizado, el menemismo culminó el proceso de creación de un nuevo ciudadano estructurado sobre la base de la interacción económica y el consumo. La Argentina que emergió de su década se definía en la cuatrifecta de Comercio, Competitividad, Consumo y Productividad (CCCP). El regalo que tiene Menem en su mesa de cumpleaños es la foto de un país que treinta años después de su llegada al poder sigue dando vueltas en ese laberinto infernal que nos legó; injusto, psicóticamente violento como los tiempos modernos.

Las transformaciones sociales no se rigen por ciclos electorales. Cambios que asociamos al menemismo tomaron forma en verdad cuando Menem estaba detenido en el “33 Orientales” durante la dictadura militar. En 1986, mientras yo escuchaba la radio, Ricardo Mazzorín, secretario de comercio de Raúl Alfonsín, decidió importar unas 38 mil toneladas de pollo para bajar el precio en el mercado doméstico. Controlar los precios internos era un recurso cuya legitimidad descansaba en la idea de que algunos bienes debían circular más por lo que se necesitaban que por lo que valían, o más por su valor de uso que por su valor de cambio. Cargill montó un lobby formidable contra “el estado dirigista” y en algún momento de 1988 descubrió que unas toneladas de las aves importadas habían perdido la cadena de frío. Lo que se llamó “El Caso Mazzorín” como denuncia de un acto de corrupción inexistente fue el golpe final a esa legitimidad de la intervención estatal, y Menem aún no llegaba a la Casa Rosada.

"Pero algo es cierto: ningún otro gobierno civil o militar desde 1945 está tan asociado como el de Menem a un ciclo que dejó al país cambiado y, en sentidos fundamentales, irreconocible"

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Pero las dos leyes que dieron vuelta la historia se sancionaron en poco menos de un mes en el duro invierno de 1989 poco después del cumpleaños 59 de Menem. Una fue la ley 23.696 de Reforma del Estado aprobada en agosto, otra la ley 23.697 de Emergencia Económica del mes siguiente. La ley de reforma del Estado fijaba los marcos normativos para la privatización de empresas públicas, incluyendo las compañías de teléfono, agua, luz, gas, aviación, así como ferrocarriles, complejos siderúrgicos, petroquímicos, rutas, autopistas, puertos. Lo que el gobierno de Alfonsín había explorado de forma tímida y culposa adquiría ahora un vigor refundacional. La ley de Emergencia Económica fue, como la describieron Gerchunoff y Llach, “un golpe frontal al corazón del capitalismo asistido que imperaba en la Argentina desde la posguerra”. Suspendía por seis meses buena parte de los mecanismos de intervención del Estado en la economía doméstica, desde los regímenes de promoción industrial hasta la estabilidad del empleo público. Esos seis meses se prorrogarían luego seis meses más, y otros seis, y así. En la trayectoria del empleado público que recogía su indemnización para montar un negocio particular se consagraba por fin la idea de libertad individual sobre la que se forjaba el antipopulismo liberal desde la caída de Perón. Versión preliminar del entrepreneur. El cambio venía con coda: en la forma acelerada en la que esos ex empleados públicos debían deshacer su flamante negocio para abrir uno más chico, y luego cerrar ese para manejar un taxi y luego dejar el taxi para integrar el bloque de pobres y desempleados, se veía también el resultado de la interacción desigual entre agentes económicos y la soledad del individuo por fuera de las redes que le habían dado algún cobijo. En agosto de ese año, entre una ley y la otra, Moscú vivía el Music Peace Festival que anunciaba o promovía el final del comunismo. Y fue saliendo de su show, que Scorpions o la CIA escribieron el himno del fin del siglo corto: “walking down the street/distant memories/are buried in the past/forever”. Menem escuchó bien y lo que lo definió como neoliberal fue justamente presentarse como médium involuntario de una época, tornando lo contingente en necesario. “No se podía hacer otra cosa”, como él ya me decía en pretérito en 1996 con serenidad psicótica junto a Rodolfo Daer y Eva Gatica en el borde de la pileta del Hotel Mamounia de Marruecos; esa fue la espada, la pluma y la palabra de una nación doblegada.

En la economía que emergía, Menem no había descubierto el poder afrodisíaco del comercio; lo había reinventado. En 1784, Thomas Jefferson imaginaba que la única forma de acabar con la esclavitud en la nueva república norteamericana era expandirse mediante el asentamiento de pequeños granjeros ligados a una economía autosuficiente. Pero Jefferson se dio cuenta pronto de que el comercio (de esclavos, productos e instrumentos financieros anexos) era la base de la prosperidad y el único sentimiento que unía a las ex colonias en un proyecto común; la esclavitud no desapareció durante los siguientes 70 años. Toussaint Louverture enfrentó una disyuntiva similar una década después, cuando lideró la revolución esclava en Santo Domingo y logró que Francia aboliera la esclavitud en sus colonias. Al frente de lo que sería Haití, el líder revolucionario debía decidir cómo recomponer la economía de una isla que había vivido del tráfico de esclavos y la venta de azúcar y café. Y después de coquetear con la economía de subsistencia, Louverture pensó que no quería ser la Venezuela de Maduro (nadie quiere ser la Venezuela de Maduro, ni siquiera quienes vivieron 200 años antes) y retomó la economía de las plantaciones y el comercio exterior con la esperanza de una prosperidad que nunca llegaría. Pablo Gerchunoff, tanto tiempo después, se hace algunas preguntas análogas cuando reivindica la necesidad de una nueva “coalición exportadora” para la Argentina.

"A Menem le brillaba la piel sudada y abriendo enormes los ojos me decía, recorriendo el paisaje con su mano: “Ves, paisano, con esto vamos a estar en todo el mundo.”"

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Menem lo simplificó. Porque más allá de las más nobles intenciones, los partidarios del comercio regulado somos simplemente las palomas del libre comercio. Un día de 1994, en Anillaco, Menem me llevó a ver un criadero de truchas. Los peces se apelotonaban en unos rectángulos dentro de una pileta de cemento conectada a una serie de tuberías de goma. En un depósito adjunto, unos trabajadores administraban comida, temperatura, medicamentos. Por fuera del criadero, en medio del valle precordillerano, todo era de una belleza desoladora, todo era nada. A Menem le brillaba la piel sudada y abriendo enormes los ojos me decía, recorriendo el paisaje con su mano: “Ves, paisano, con esto vamos a estar en todo el mundo.” Los empleados, desde atrás, sonreían.

Porque he ahí una verdad que la caída del comunismo en el mundo y la hiperinflación en la Argentina pusieron ahí para quien quisiera hacerla realidad: somos víctimas de la ilusión del comercio. El delirio no es el libre comercio sino creer que hay otro comercio que no sea el libre. El espejismo es creer que las fuerzas del capital y del consumo, una vez desatadas, pueden ser orientadas hacia afuera y en contra de sus pulsiones centrales de acumulación, insatisfacción, despersonalización abuso de los recursos humanos y naturales.

Menem fue cabalmente de esa época, como Scorpions. Abrazó esos cambios para darle un sentido y una permanencia trágicas. Él puso las canciones en tu walkman y tres décadas después sigue sonando la misma música. Eso también es un cambio de régimen.

Y lo que le dio espíritu al régimen no fue la narrativa ni la palabra, aunque eso no signifique, ni de locos, que el menemismo careciera de sentidos profundos. Martín Rodríguez señala que Menem habló poco desde su salida del gobierno, y hay que agregar que tampoco le importó mucho lo que se hablara antesduranteydespués. ¿Dónde estaba la palabra fuera de sus actos, la rosa por fuera de la rosa? Una mañana, yo desayunaba en el Hotel Nacional de Panamá después de haber publicado en la tapa de Página/12 una denuncia escandalosa en su contra. Yo había dormido dos horas (porque era joven y eso era Panamá) y me había sentado en una mesa en los jardines. El hotel había instalado unos parlantes entre los árboles que de 7 a 11 reproducían el sonido de pájaros. Menem bajó al rato, paró al llegar a mi lado y me puso la mano en el hombro. Yo me acomodé. “¡Pero paisano!, ¿por qué escribiste una cosa así?” Y listo. Dos minutos más de charla y al auto para hacer negocios en algún otro hotel. Quisiera creer, como cuando era chico, que a Menem no le importaba la palabra, que era puro pragmatismo, que desconocía las convicciones. Pero el pragmatismo es también una mirada del mundo, y la de Menem, hablando mucho y en silencio, era la legitimización de la desigualdad y el consumo.

"Menem bajó al rato, paró al llegar a mi lado y me puso la mano en el hombro. Yo me acomodé. “¡Pero paisano!, ¿por qué escribiste una cosa así?” Y listo. Dos minutos más de charla y al auto para hacer negocios en algún otro hotel"

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¿Cuál era la palabra del pueblo? La forma más democrática de esa presencia era la de una economía liberal orientada a los consumidores porque, como señalaba Daniel Fridman en relación a la visión de José Alfredo Martínez de Hoz, “la voz de los individuos atomizados y desorganizados es escuchada por el mercado.” Y así como Fridman coloca correctamente a la dictadura como el momento de la construcción del consumidor como sujeto excluyente, un individuo atomizado que elige en base a cálculos racionales y expande su autonomía en la adquisición, esa nueva ciudadanía en la que la libertad se realizaba en la esfera individual enfrentada a la sociedad y la política solo se hizo dominante durante el menemismo.Porque el comercio nos levantaría a todos. No por igual, pero a todos. Con la economía social de mercado se come, se cura, se educa.

Todo había cambiado. Floresta seguía igual y al seguir igual estaba más lejos, porque la distancia ahora era cronológica. A través del lente de la década, aquellas casas bajas y las ochavas con librerías en las que se vendían dos gomas de borrar, tres mapas con división política por día eran súbitamente antiguas. Es decir, improductivas. En la fundamentación de un país desigual, la competitividad y la productividad eran un monstruo bifronte. Por un lado, era una realidad de los sectores ligados a los bienes transables. La llegada de capital y la furiosa inversión en tecnología aumentaron la productividad del agro y por muchos años compensaron el impacto negativo de un peso cada vez más fuerte. Uso intensivo de capital y concentración mayor de la tierra (el número total de unidades de tierra bajó un 21 por ciento) se aliaron a los precios internacionales altos. Pero la competitividad tenía también un efecto narrativo: la flexibilización laboral se presentaba como una necesidad para poder competir sobre bases insustanciales y clasistas. La verdad es que la Argentina, por fuera de sus productos primarios, nunca será competitiva a partir de la reducción del precio de la mano de obra en una escala que mueva a la economía de todo el país. Si mañana los trabajadores pasaran a ganar la mitad de sus pares chinos, el mundo no se llenaría de juguetes y remeras argentinas, ni Argentina estaría repleta de fábricas y maquiladoras que absorbieran al país de inviables, al de las dos, tres, mil Florestas cuya marginalidad era exponencial y eterna cuando más se alejaban del puerto.

Establecido el patrón productivo organizado alrededor de los bienes transables, el resto de la sociedad la peleó entre consumir, endeudarse y joderse. Y nadie quiere joderse. El mito del comercio, que siempre fue una ideología, adquirió entonces dimensiones místicas que Macri recogió con más ínfulas mil años después. Así que el consumo nos daba forma en la exclusión de otros. Si las clases medias y medias bajas habían aprendido a la fuerza que el dólar les ayudaba a preservar cierta capacidad de ahorro, ahora aprendían que en ese billete había una frontera que había que cruzar antes de que se cerrara, la verdadera grieta. Alrededor de Menem, en el paso del Comte Valmont de las reuniones del PJ en Pinamar al vino de 500 dólares que Alberto Kohan me dio a probar en Moscú en 1998 había una separación de la Argentina de dos velocidades que para el final del menemismo se había consolidado no sólo como símbolo de status. El consumo era la realización de una casta pero también el horizonte de una clase. Volviendo de Moscú, Graciela Fernández Meijide nos ofreció un Fabré Montmayou que había traído de Mendoza, un tinto que se fermentaba con clara de huevo o algo así. Gobierno y oposición eran un sólo varietal. No había necesidad de ir a Rusia, si acá había un vino nacional, de capitales internacionales, con potencial exportador, hecho con clara de huevo. Valmont había pasado de lujo a grasa en dos elecciones legislativas. Meijide y Kohan y la cohorte que los rodeábamos, abrazados a la última botella por venir éramos la secreción de una década. La paridad cambiaria y el status eran la verdadera política de Estado. La tercera vía nos acomodaba a todos. Menos, claro está, al tendal que había quedado afuera. Atado al Resero Sanjuanino quedaba el país viejo. Maristela Svampa señala que en el 74, el decil más rico del gran Buenos Aires ganaba 12 veces más que el decil más pobre. En el ’99, la diferencia era de 36. En el clásico Montmayou-Resero había un equipo que jugaba sin defensa.

"Volviendo de Moscú, Graciela Fernández Meijide nos ofreció un Fabré Montmayou que había traído de Mendoza, un tinto que se fermentaba con clara de huevo o algo así. Gobierno y oposición eran un sólo varietal"

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Ese nuevo territorio común cifró las décadas siguientes. Pasada la masiva transferencia de las empresas de servicios al sector privado, el perfil productivo de la Argentina podía descifrarse en los cambios de la agenda de los periodistas: los viajes invitados por Monsanto; los almuerzos anuales en la Rural con el secretario de agricultura, Felipe Solá; las reuniones con compañías mineras canadienses en las que ahora abrevaban voceros y diputados del PJ; los fondos de inversión. La mayor parte de esos planteles siguieron midiendo el pulso de la economía argentina. Si el milagro sanador de la década larga del kirchnerismo se alimentó de la estructura productiva consolidada durante los ’90, no hay que agregar mucho para ver la condición inmanente en la que la superación al menemismo se tropieza con su propia sombra. En la Argentina, la estabilidad de ciertas creencias se ha mantenido sin rituales ni consenso, impuesta en el retroceso y la desolación. Menem cumplió 59 años cuando llegó al poder en 1989, y aquella fiesta de cumpleaños es una década tan larga que aún no termina.


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