02 / 11 | Economía, Política

DESENCUENTRO DE LOS ARGENTINOS CON SU MONEDA

“Estás desorientado y no sabés 

qué trole hay que tomar para seguir.

Y en ese desencuentro con la fe

 querés cruzar el mar y no podés” 

Desencuentro – Roberto Goyeneche (1962)

Miremos nuestros desencuentros monetarios en perspectiva haciéndonos algunas preguntas básicas: ¿cuándo comenzaron?; ¿por qué duran tanto?; ¿qué relación tienen con el mundo productivo y sus propias desventuras?  A la primera pregunta responderemos: desde 1811, quizás más precisamente desde el 20 de junio de 1811, con la derrota de Huaqui; a la segunda: es lo que queremos averiguar; a la tercera: mucho. Organicemos las páginas que sigue en torno a una periodización. Las periodizaciones son caprichos intelectuales pero tienen la virtud de iluminar el camino.

Guerra, finanzas y moneda (1811-1891)

Los primeros ochenta años estuvieron plagados de infortunios y de imprevistos, aunque advierto que no toda la historia de esos años fue infortunio. La primera desgracia fue la derrota del Ejército del Norte y consecuentemente la pérdida del Alto Perú y en particular del Potosí. Con esa pérdida se escapó la posibilidad de ser un país minero y se escapó la posibilidad de financiar con el metal del Potosí los desequilibrios fiscales y externos de las Provincias Unidas. La “moneda natural” con la que suponía contar la Primera Junta ya no estaba a su alcance y en su lugar reinó por un tiempo el desorden monetario. Voy a saltear acontecimientos importantes y políticamente disruptivos para seguir el hilo que nos importa para este ensayo en esos años posteriores a la Independencia: el vínculo entre Guerra y Finanzas, como diría Tulio Halperín. Quiero remarcar en este punto que el espíritu reformista que asomó desde 1820 en Buenos Aires con Martín Rodríguez y Bernardino Rivadavia y que atrajo por algún tiempo a otras provincias -aranceles a las importaciones, Banco de Buenos Aires, ley de enfiteusis, moneda convertible y préstamo de la Casa Baring para financiar la inversión en infraestructura- colapsó por el… ¿ error de cálculo?… con que Rivadavia se lanzó a la Guerra con Brasil entre 1825 y 1827, gastando más dinero y contando más muertos que en las batallas por la Independencia. El dinero de la Casa Baring -y bastante más- se desvió a ese propósito, y sin embargo todo terminó con la independencia de la Banda Oriental, que no era aquello a lo que Rivadavia aspiraba, y con un desbarajuste financiero que sepultó el proyecto reformista. Lo que vino después se resume, para lo que a nosotros nos interesa, en tres palabras: Rosas, inconvertibilidad e inflación (aunque vale la pena aclarar que Rosas fue mucho más que eso). La moneda papel de la Provincia de Buenos Aires, se depreció sin pausa para beneficio del Estado (que recaudaba el impuesto inflacionario) y de los ganaderos (cuyos impuestos se licuaban porque se fijaban en pesos). Se depreció más todavía con el bloqueo francés de 1838 a 1840 y con el bloqueo anglo-francés de 1845 a 1850. Guerra y Finanzas de nuevo. El valor del oro respecto al peso papel se multiplicó por dieciséis entre la Anarquía y Caseros. Observando a Buenos Aires, algunas otras provincias experimentaron con el papel; en otras, superavitarias con países vecinos, reinó el metal, que a través del comercio se filtraba hacia Buenos Aires, componiendo un régimen bimonetario en el que convivían el papel y el metal. Déjà vu, diríamos desde el presente. Pero un déjà vu algo mentiroso, porque para aquel momento la Nación no estaba constituida, y no hay moneda sin nación. 

El Restaurador de las Leyes cayó en 1852, en ese mismo año tanto la Confederación liderada por Urquiza como la Provincia de Buenos Aires decretaron la libre navegación de los ríos para buques de cualquier nacionalidad, en 1853 hubo Constitución confederada y en 1860 hubo Constitución Nacional, ya con la Provincia de Buenos Aires firmándola. Pero no hubo todavía moneda estable, aun cuando, todavía frágil, había Nación. Pese a los intentos fallidos de Mitre hasta el primer Roca, dos nuevos capítulos centrales (hubo otros menores) de la historia de las guerras, las finanzas y la moneda lo impidieron: la Guerra del Paraguay y la guerra financiera entre las provincias interiores y la Provincia de Buenos Aires, que desembocó en la Gran Crisis de 1890. Fue recién en 1891 que Carlos Pellegrini, sobre las ruinas, le dio forma institucional a la Caja de Conversión, y fue recién en 1899 que se decidió en el Congreso una paridad entre el peso y el oro que se reveló duradera. Argentina no solo era una nación unificada sino que había entrado al club del patrón oro de la mano de un gran boom exportador. Para tener un punto de comparación, cierto que un poco exigente, digamos que los Estados Unidos habían acordado que el dólar fuera su moneda en abril de 1792.

"Miremos nuestros desencuentros monetarios en perspectiva haciéndonos algunas preguntas básicas: ¿cuándo comenzaron?; ¿por qué duran tanto?; ¿qué relación tienen con el mundo productivo y sus propias desventuras?"

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Primavera exportadora y patrón oro (1891-1929)

Si mantenemos el foco en la tempestuosa historia de la construcción de una moneda podríamos decir que después de ochenta años malos hubo treinta y ocho años buenos solo interrumpidos por las perturbaciones de la Gran Guerra y sus secuelas, que asolaron a casi todo el mundo y por lo tanto no fueron un rasgo específico de la Argentina. Fueron, en efecto, años buenos, pero la memoria de las viejas tensiones no abandonaba a los expertos y a los ciudadanos más o menos informados. Si bien desde 1903 -recién desde 1903- la Caja de Conversión comenzó a acumular oro, en 1913, su mejor momento antes de la guerra, el metal respaldaba el 64% de la base monetaria, un porcentaje muy alto si se hubiera tratado de una roca institucional como el Banco de Inglaterra, pero inspirador de temores tratándose de esa república sudamericana de cuyos habitantes W.R Lawson había escrito en el Banker’s Magazine en 1899: “…alteran su moneda casi tan a menudo como cambian de presidentes…Ningún pueblo del mundo tiene un interés tan penetrante en los experimentos monetarios como el argentino”. Con esos recelos, solía asociarse el régimen cambiario más con el carácter provisorio y condicional de un tipo de cambio fijo convencional que con la supuesta incondicionalidad de una verdadera convertibilidad. Si el esquema pudo mantenerse inconmovible hasta 1929 (ya lo dijimos, salvo por el efecto suspensivo de la guerra y la posguerra) fue por la exuberancia de un progreso material que a la vez cimentaba el orden macroeconómico. Esa coexistencia de una economía pujante que convocaba al elogio de propios y extraños, con una incertidumbre terca que se verbalizaba cada tanto y que solo podía ser explicada por aquel pasado sombrío que no quedaba en el olvido, fue, ahora sí, el rasgo distintivo de la Argentina del primer tercio del siglo XX.

Los hechos debieron haber cancelado las dudas. Entre el año de 1899 en que se fijó la paridad y el año de 1928, el último “bueno” antes de que el colapso dislocara al mundo del patrón oro y le diera la razón a los que desconfiaban de él desde la guerra, las exportaciones argentinas se multiplicaron por más de diez, los periódicos desequilibrios de cuenta corriente fueron tolerables y se financiaron predominantemente con inversiones extranjeras directas. El crecimiento fue sorprendente entre 1891 y 1913 y de nuevo sorprendente entre 1922 y 1928. Y si de la moneda se trataba, la paridad se mantuvo contra viento y marea mientras imperios y naciones desaparecían, caían en hiperinflaciones o en los casos moderados se veían obligados a modificar la paridad con el oro, por ejemplo la Inglaterra de Winston Churchill en 1925. ¿No era esa realidad suficiente para despejar el horizonte?; ¿no teníamos, ahora, moneda?

"Si mantenemos el foco en la tempestuosa historia de la construcción de una moneda podríamos decir que después de ochenta años malos hubo treinta y ocho años buenos solo interrumpidos por las perturbaciones de la Gran Guerra y sus secuelas"

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Moneda fiduciaria y escasez de dólares (1929-1975)

Eso se creyó aún después de que Hipólito Yrigoyen suspendiera el funcionamiento de la Caja de Conversión en diciembre de 1929 como consecuencia del cataclismo económico mundial, sin sospechar el presidente que “La Caja” nunca volvería a funcionar y en su lugar emergería en 1935 un Banco Central que gradualmente iba a adquirir las funciones típicas de los bancos centrales. Esa sustitución del patrón oro por un régimen de moneda fiduciaria -que ocurrió en casi todas las naciones del orbe- suscitó en Argentina desconfianzas y enconos entre aquellos que evocaban las experiencias traumáticas de casi todo el siglo XIX y predecían tormentas similares. ¿Podía caminar el peso sin el andador del oro?  La respuesta que dio la historia fue que sí pero con dificultades. Sin embargo, los nuevos problemas monetarios no fueron una repetición de los viejos problemas porque el país ingresaba a una experiencia que no se parecía a ninguna otra del pasado. Argentina fue una víctima más de la Gran Depresión y del consecuente hundimiento del comercio internacional, y respondió al desafío con un cambio radical e inexorable en el patrón de crecimiento a favor de la industrialización protegida, a favor de la colonización del mercado interno por parte de una telaraña manufacturera que con el tiempo se mostraría frágil, frágil como una telaraña. 

Una víctima más de la Gran Depresión, dijimos. Agreguemos ahora que una víctima especialmente castigada a la que le volvía a caber la palabra infortunio. La crisis mundial activó una ola proteccionista que fue un maremoto en el caso de los alimentos, precisamente lo que la Argentina exportaba. Y hubo algo adicional. Durante los años veinte, al compás de la diversificación productiva y de la creciente sofisticación del consumo, la economía argentina se había amoldado al comercio triangular que venía de fines de siglo: dicho a trazos gruesos, le vendía su carne, su maíz y su trigo predominantemente a Gran Bretaña y le compraba productos industriales predominantemente a los Estados Unidos, la nueva potencia hegemónica. Parecía ser un buen negocio, y parecía que se prolongaría en el futuro sin mayores contratiempos. Las libras que se obtenían del superávit con Gran Bretaña se convertían en dólares para solventar el déficit con Estados Unidos. 

Pero ocurrió que Gran Bretaña reaccionó a la Gran Depresión con un acentuado bilateralismo, exigiendo a la Argentina (como a otros socios comerciales) que gastara en productos británicos las libras que obtenía por sus exportaciones. Épocas del acuerdo Roca-Runciman. Así fue que la combinación de proteccionismo alimentario y bilateralismo británico generó un problema monetario que fue bautizado con un nombre famoso que sobrevivió a las circunstancias que le dieron origen: escasez de dólares, escasez de la moneda que se convertiría pocos años más tarde en la moneda patrón por el arreglo de Bretton Woods, escasez de la moneda que se necesitaba para comprar insumos y bienes de capital, escasez de una moneda que, trágicamente, no podía obtener por la vía del comercio porque -tercer infortunio- Estados Unidos exportaba lo mismo que la Argentina. Si alguna vez las palabras “restricción externa” tuvieron sentido, fue entonces.

La compleja arquitectura del comercio y de los pagos no podía resolverse por la vía de los mercados libres. El control de cambios y los tipos de cambio múltiples no fueron un capricho sino una necesidad. Había que satisfacer las demandas británicas porque Gran Bretaña imponía su poder de negociación, pero la sed de dólares estaba allí. Y el rompecabezas se hizo más difícil de armar cuando con el estallido de la Segunda Guerra Mundial, Gran Bretaña convirtió el bilateralismo en una medida más extrema: las libras que no se gastaran quedarían bloqueadas en el Banco de Inglaterra hasta después del cese de las hostilidades, si es que Gran Bretaña sobrevivía a la guerra como nación independiente. Y las monedas europeas en general serían inconvertibles hasta nuevo aviso (ese aviso llegó recién en diciembre de 1958). Fue en ese contexto que Perón llegó al gobierno, preguntándose para qué servía el peso si no podía intercambiarlo por otras monedas facilitando el comercio, y contestándose que el peso fuerte en una economía cerrada, el gasto público creciente y el crédito barato podían servir para ser generoso con su pueblo.

Expansión monetaria con control de cambios estricto para que los nuevos pesos emitidos no se filtraran por fuera del sistema productivo nacional. De eso se trataba. Pagar un costo inflacionario moderado por ello no parecía demasiado grave y cuando fue grave -a partir de mayo de 1948 el gobierno comenzó a sentir duramente la escasez de dólares– Perón terminó virando a una repentina austeridad. Lo importante era que si el gobierno sufría la restricción externa, nadie en el llano accediera a una moneda extranjera nunca, nadie viera un dólar ninguna vez, no se probara la manzana. Y Perón tuvo bastante éxito en eso, consecuencia de los controles estrictos y de la ausencia de información (naturalmente los diarios callaban prudentemente). En ese contexto, las tasas de interés negativas y la desintermediación financiera estimularon una alternativa al dólar en los sectores medios: las inversiones inmobiliarias, que convirtieron a ladrillos vs dólares en un clásico argentino desde mediados de los 50, cuando el descongelamiento de los alquileres habilitó esa opción.  

Claro que cuando Perón abandonó el gobierno (tras un golpe de estado), la enorme cantidad de pesos que dejó como una de sus herencias se volcó en alguna medida hacia los dólares escasos, pero todavía sobraron muchos pesos. Fue en enero de 1959 que Frondizi decidió cortar el nudo de un tajo, abandonó los controles de cambio, depreció la moneda, bajó los salarios reales y llevó la inflación por primera vez en el siglo XX por encima del 100% anual. El valor de los pesos se evaporó en nombre de la modernización productiva a la que Frondizi aspiraba. Pero antes de todo eso, el presidente mostró la manzana (¿verde?) y dejó que se probara. Autorizó depósitos en dólares en los bancos. Pesos devaluados, pérdidas patrimoniales de los ahorristas en pesos y dólares a la vista fueron la semilla de una historia, una historia que terminó siendo explosiva.

La semilla no germinó rápido. Pese a que Illia pesificó los dólares -entre otras cosas por la irritación que le causaba Frondizi como traidor al viejo tronco radical- hubo en la Argentina, entre 1963 y 1974, once años consecutivos de crecimiento, impulsados por el último envión de la industrialización sustitutiva de importaciones y por un sorprendente renacimiento de las exportaciones agropecuarias. Una inflación de alrededor del 30% anual no constituyó un obstáculo para esa bonanza. Era aproximadamente la misma que la de la década peronista, algo menor que la de Brasil y bastante menor que la de Chile. Las vicisitudes de la moneda argentina no parecían, por entonces, tener nada de idiosincrático.

Vana esperanza sesentista. En realidad la semilla de los nuevos tiempos germinó regada desde el norte. El 15 de agosto de 1971 Nixon decidió abandonar el arreglo de Bretton Woods y el rol del dólar como moneda patrón. Y fue desde entonces que los acontecimientos se precipitaron. Ya desde mediados de los años 50 Estados Unidos estaba emitiendo más de lo que se esperaba, pero en ese año de 1971 emitió mucho más por los gastos de la guerra de Vietnam y por su primer déficit comercial del siglo XX. Liberada la gran potencia de sus cadenas monetarias, los dólares se multiplicaron y se esparcieron por el mundo, fluctuando en su valor. Fue la condición necesaria para un fenómeno que todavía hoy nos acompaña: la globalización financiera, con sus idas y vueltas, que oscureció la noción de restricción externa como fenómeno puramente comercial. 

"Lo importante era que si el gobierno sufría la restricción externa, nadie en el llano accediera a una moneda extranjera nunca, nadie viera un dólar ninguna vez, no se probara la manzana. Y Perón tuvo bastante éxito en eso, consecuencia de los controles estrictos y de la ausencia de información"

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El derrotero (sin norte) del peso durante la globalización financiera (1975-2020)

Hace casi veinte años escribimos con Lucas Llach algo que la historia posterior ha reafirmado. Casi en simultáneo con las exequias de Bretton Woods, Argentina, agotado el mercado-internismo, se quedó sin patrón de crecimiento y durante 45 años no lo reemplazó por otro. Desde entonces, vivimos en el estancamiento tendencial y en la volatilidad, con las consecuencias sociales sabidas. Por momentos un peso caro y popular, insostenible macroeconómicamente; por momentos un peso barato e impopular, insostenible socialmente. Corsi e recorsi. Al comienzo de este ensayo me pregunté qué tenían que ver los desencuentros monetarios argentinos con las desventuras de su mundo productivo, y me contesté que mucho. Digo ahora, a diferencia de quienes piensan a la moneda estable como demiurgo del crecimiento, que una Argentina sin norte productivo difícilmente pueda tener moneda colectivamente aceptada ni finanzas sanas. Por eso quiero detenerme en este final en la cuestión que nos convoca, la cuestión de la moneda rechazada, entendida como síntoma emergente de la ausencia de un rumbo. Y para comprender ese síntoma tomemos como indicador la dolarización, más precisamente, la formación de activos externos, el tema estrella del momento.    

La marcha parsimoniosa de la Argentina hacia el bimonetarismo -esto es, hacia un escenario en el que los argentinos más o menos acomodados adoptan al dólar como instrumento de ahorro fuera del sistema financiero local en un exit dramático que empobrece al resto- se convirtió en vertiginosa. El primer episodio de vértigo fue el golpe inflacionario de 1975. El Peronismo -y no una figura ajena como había sido Frondizi en 1959- se encargó en esa coyuntura crítica posterior a la muerte de su líder de licuar la gran masa de pesos (no de bajar los salarios, que resistieron más o menos protegidos por el todavía vigoroso movimiento obrero). La diferencia entre un caso y otro fue que la inflación alta posterior a 1959 fue fugaz, propia de una economía que todavía no se había indexado, mientras que la inflación alta posterior a 1975 fue un régimen persistente que se prolongó hasta el programa de estabilización de abril de 1991. Quince años son demasiados como para que la dolarización mayoritariamente invertida -a diferencia de otros países de la región- fuera del sistema financiero local, no se profundice. Más aún con crisis de deuda como la de los años 80, periódicas mega-devaluaciones y expropiaciones financieras que no podían ser neutralizadas por ninguna tasa de interés, por alta que fuera. 

El segundo episodio de vértigo fue la integración a los flujos internacionales de capitales en 1978, no solo porque se llevó a cabo en medio de desequilibrios macroeconómicos que estimularon la dolarización de los ahorros, sino también porque la tecnología difundida de la apertura financiera es un potente facilitador de los veloces cambios de cartera, como en un juego de skate. Hubo en esos años un proceso de aprendizaje irreversible, principalmente de las clases medias, que el gobierno (a la inversa que el Perón de los 40 y 50) recibió con alegría pese a que, según los pocos cálculos que existen para la dictadura, significó un acelerador nunca igualado en la formación de activos externos del sector privado no financiero.

"Cuatro años de Cristina con control de cambios y caída incesante de reservas; cuatro años de Macri, con libertad de cambios y más de 50.000 millones de dólares buscando otras costas. Tradición nacional-popular, tradición liberal, convergencia en los resultados, y no solo en los resultados monetarios"

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El tercer episodio fue el de la convertibilidad, pero seguramente para perplejidad de muchos, no solo por su dramático momento final. ¿No fue acaso la que va de 1991 a 2001 la época de las reformas, la confianza y la recuperación del crecimiento y del crédito, en una economía más abierta y con salarios altos en dólares?; ¿no fue el peso atado al dólar un seguro equivalente al patrón oro de fines del siglo XIX y principios del siglo XX? La respuesta social fue más ambigua y menos entusiasta que lo que se esperaba y que lo que hoy recordamos. Quizás por los tempranos desequilibrios de la cuenta corriente de la Balanza de Pagos, quizás más por la progresiva dolarización de los contratos que revelaba la desconfianza de las propias autoridades, solo en 1991 y 1992 -según algunos cómputos- y en ningún año según otros cómputos, se redujeron o se estabilizaron los activos externos netos del sector privado no financiero. El peso valía un dólar, pero mejor un dólar, y todavía mejor si no estaba intermediado por el sistema financiero local.

Para terminar, miremos el presente, los nueve años “agobiantes” que van de 2011 a 2020, posteriores a las “buenas épocas” que de todas maneras -vale advertirlo- solo nos proporcionaron apenas un año -el de 2005- en que se redujeron los activos externos. Después fue un regreso al pantano. Cuatro años de Cristina con control de cambios y caída incesante de reservas; cuatro años de Macri, con libertad de cambios y más de 50.000 millones de dólares buscando otras costas. Tradición nacional-popular, tradición liberal, convergencia en los resultados, y no solo en los resultados monetarios. Efectivamente ese es el presente “largo”, que sin embargo remata dramáticamente con el rayo en un día de sol de un 2020 que, siendo puro instante, nos devuelve al pasado. Por proximidad conceptual, el año de la pandemia evoca al siglo XIX de las guerras, la inflación, las finanzas colapsadas y los controles de cambio. En lo profundo del pozo, la parábola se cierra con las tradiciones políticas e ideológicas en suspenso y congeladas frente a algo desconocido. Quizás sea una buena oportunidad para pensar, juntos, de nuevo. Para hacer un último intento por recuperar (o construir) una  moneda nacional, antes de que por alguna aventura irreflexiva se la descarte para siempre.  

Mi agradecimiento, por lecturas y conversaciones, a Roberto Cortés Conde, Gerardo Della Paolera, Tulio Halperín Donghi, Roy Hora, Alejandra Irigoin, Sebastián Katz, Susana Lumi, José Luis Machinea, Pablo Mira y Juan Carlos Torre.


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2 Comentarios

  • Sofia Kest says: 2 noviembre, 2020 at 20:46

    La cita es de René Pérez Joglar, el polaco sólo la interpreta. Plis, rigurosidad con el gotan

    Reply
    • Sofi2 says: 2 noviembre, 2020 at 20:47

      Ahh trolllllll jajajajjajajaj, SALI DE MI COMPUU

      Reply

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