09 / 06 | Política, Sociedad

DIME QUIÉN ES TU CUCO Y TE DIRÉ QUIÉN ERES

Suponerse del lado del bien sobre la base de un mal encarnado por los otros.

A mis primos y a mí, cuando éramos niños, nuestros abuelos nos asustaban con el cuco. No creíamos en su existencia, pero su mención tenía un significado implícito que servía para disciplinarnos: el que siga jodiendo será separado del resto. El cuco como antesala de la penitencia más temida. A los cuatro años, mi primo Pablo rompió una porcelana y mi abuela pretendió conocer al responsable sometiéndonos a un interrogatorio. En un gesto que nunca olvidaremos, Pablo respondió “Fue el Cuco”.

Como un comodín, el cuco en la Argentina de la grieta y la segmentación, toma muchas formas cualitativamente diferentes, adaptables al gusto del consumidor. Es un traje que se le puede calzar a cosas buenas, malas o neutras porque lo que importa es su función de cuco, más allá de la verdad. En los territorios del cuco no se entra, con el cuco no se dialoga, al cuco hay que sacarlo del camino porque es el enemigo más grande que hay. Los feminismos lo identificarán con el patriarcado, las derechas con un comunismo de última hora, las izquierdas con nacionalismos xenófobos de extrema derecha. Ni el patriarcado, ni el comunismo, ni el nacionalismo ni la xenofobia son mentiras, pero proliferan las exageraciones y las interpretaciones aviesas, legas o descontextualizadas al momento de definirlos. La construcción de grupos de filiación política tiende a apoyarse más en el señalamiento de estos cucos que en el intento de diseccionarlos para comprender de qué se tratan realmente, cuál es su origen real y a qué intereses responden. Esto se hizo posible gracias a la reconfiguración obligada de las categorías políticas tradicionales de las que habla la pensadora norteamericana Nancy Fraser: “Hace mucho tiempo que observo y escribo acerca del desvío neoliberal de los movimientos sociales. Pero de alguna manera, la última elección en Estados Unidos, la campaña, todo eso me ayudó a verlo con mayor claridad. Porque creo que Hillary Clinton lo encarnaba a la perfección. Y luego pude atar los cabos sueltos y dije, ‘¡Ajá! Lo que tenemos en la carrera electoral entre Clinton y Trump es un concurso entre dos opciones horribles, que denominé Neoliberalismo progresista y Populismo reaccionario. Y llegué a entender que lo que ha sido el bloque dominante, hegemónico en Estados Unidos por lo menos desde que asumió Bill Clinton en 1992, representa una alianza nefasta entre corrientes corporativizadas de los nuevos movimientos sociales y ciertos sectores de la clase capitalista que dependen de un capitalismo simbólico y cognitivo como Hollywood, Silicon Valley y, obviamente, Wall Street y las finanzas. (…) Durante todos los años en los que los se abría un cráter tras otro en su industria manufacturera, el país estaba animado y entretenido por un discurso de diversidad, empoderamiento y no-discriminación. Esa comprensión individualista del progreso vino gradualmente a reemplazar a la comprensión anticapitalista –más abarcadora, anti jerárquica, igualitaria y sensible a la clase social— de la emancipación que había florecido en los años 60 y 70′.”

"La construcción de grupos de filiación política tiende a apoyarse más en el señalamiento de estos cucos que en el intento de diseccionarlos para comprender de qué se tratan realmente, cuál es su origen real y a qué intereses responden"

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En este esquema de postulados engañosos y políticas tendientes a proteger a las elites, la figura fantasmagórica que condensa aquello que se odia o se teme, es indispensable. Para muchos de los argentinos que militan en cualquiera de nuestras propuestas políticas, el cuco puesto afuera de la órbita personal, da la tranquilidad -falsa pero efectiva- de un mal que está enfrente y no nos toca. Pero los villanos y las villanías para definirnos como héroes por oposición, no existen de la manera absoluta, quimérica y radical en la que los imaginamos.

Creer o reventar

El comunismo que denuncian muchos votantes de Cambiemos, el patriarcado que combaten buena parte de los feminismos o el sistema de control dispuesto por un Nuevo Orden Mundial con el que insisten los libertarios, son elucubraciones que, aún con un pie en la realidad, han mutado en cuco, vaciándose de significado, multiplicando conflictos estériles. En el afán de tener algo que nos sostenga en el bando “correcto”, se gestan, en tiempo record, categorizaciones, etiquetas y grupos de pertenencia edificados bajo alguna creencia común, una creencia que, por amor a la coyuntura, no se propone llegar a la médula de ningún asunto. “Creer” no es un verbo elegido al azar porque en todo esto hay mucho de ejercicio de la fe, entendiéndola como idolatría o, mejor aún, como pensamiento mágico. Un autopercibido liberal jura que “vamos a ser Cuba” mientras un progresista dice que el conspiranoico “Cree en Soros y en el 5g”.

"En el afán de tener algo que nos sostenga en el bando “correcto”, se gestan, en tiempo record, categorizaciones, etiquetas y grupos de pertenencia edificados bajo alguna creencia común, una creencia que no se propone llegar a la médula de ningún asunto"

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La necesidad de tener un cuco propio imanta a Cuba, a Soros, al 5g -y a cuanto otro leitmotiv pueda aparecer- de un halo de divinidad. Ya no hablamos de un país, ni de un millonario, ni de una tecnología, hablamos de algo que es mucho más, algo que se niega o en lo que se cree más allá de su verdadera dimensión. Personas, hechos o sistemas políticos se vuelven inapelables por el peso que sus mismos detractores les adjudican. Así como se redujo la idea de patriarcado a un slogan que termina por ser muy difícil de analizar con justicia y rigor histórico, anarquismos, liberalismos y nacionalismos pueden ser esto o aquello de acuerdo a quien los mire, y del peronismo –monstruo polimorfofavorito al momento de conjeturar- circulan tantas definiciones sesgadas que muchos ya no saben bien qué es. En su intento por sobrevivir al menos nominalmente en el mar de nuevas tribus o etiquetas, muchas corrientes de pensamiento tradicionales se vieron obligadas a aggiornarse, traicionando a veces sus mandatos primigenios, caricaturizándose y perdiendo credibilidad. Si, como propone Fraser, nos atrevemos a librar a nuestros presuntos enemigos de su condición de cuco, desmitificándolos y pensándolos en su contexto, quizás podamos cuestionarlos por lo que realmente son y ganarles la partida o, por qué no, comprobar que teníamos algunos intereses en común. Con cuatro años, mi primo Pablo, dio un paso que muchos adultos nos debemos: usó el arma con la que habían querido engañarlo a su favor.


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3 Comentarios

  • Lorena says: 9 junio, 2020 at 13:58

    Único y tan pero tan necesario este punto de vista. Me encato!

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  • Lanena says: 18 junio, 2020 at 10:19

    #giampaoloclubdefans

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  • Diego says: 19 junio, 2020 at 15:18

    Excelente!

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