01 / 02 | Cultura, Mundo

EL CHILE DE LA CONCERTACIÓN

Y tú quieres oír, tú quieres entender. Y yo

te digo: olvídalo que oyes, lees o escribes.

Lo que escribo no es para ti, ni para mí, ni

para los iniciados. Es para la niña que nadie

saca a bailar, es para los hermanos que afrontan la borrachera y a quienes desdeñan

los que se creen santos, profetas o poderosos

Botella al mar, Jorge Teillier

Terminó el año, y aún en pandemia, se hicieron las listas de los mejores y peores momentos, los mejores y peores libros/discos/lugares -¿escribí lugares?, no creo, si no fuimos casi a ningún lado-. Soy poco original así que voy a decir que el libro que más me gustó en el 2020 es “Poeta Chileno” de Alejandro Zambra.

El mismo Zambra que conocí gracias a que mi amiga Lucía me prestó “Formas de volver a casa”, esa nouvelle sobre el Chile con y sin Pinochet o del Chile que hizo posible a Pinochet. Años después busqué ese libro a la manera analógica, recorriendo librerías, hasta que en un viaje a Santiago lo encontré en una librería del barrio Lastarria, cerca del bar The Clinic (cita obligada como visitar el monumento a Allende en la Moneda, Casa ideas y Falabella o comer las gambas al ajillo y los mejillones del Mercado central).

Tengo en la biblioteca la edición de Anagrama en la que están juntas “Bonsai” y “La vida privada de los árboles”; otras novelas cortas que se leen como secuenciales y que hablan de la vía chilena a la transición democrática y de la transición entre proyectos y amores. Hasta sus protagonistas se llaman parecido: Julio y Julián. Las compré en un viaje a Temuco, al sur de Chile sin ser tan sur, en plenas movilizaciones del 2019. Dormí en un hotel de puertas tapeadas, di clases en la universidad ocupada y tuve miedo cada vez que los carabineros empezaban a avanzar, a manera fotográfica, con su paso marcial. “No saques fotos huevón, tira piedras” escuché cerca de una barricada, al costado de uno de los hospitales. Ahí aprendí que la movilización iba del centro al hospital porque así la policía está obligada a tirar menos gases lacrimógenos y a los heridos se los puede trasladar más rápido. Las sirenas no dejaron de sonarcada tarde noche ni las fogatas se apagaron en varias esquinas, pero igual la librería atendía con la persiana entre abierta.

"“No saques fotos huevón, tira piedras” escuché cerca de una barricada, al costado de uno de los hospitales. Ahí aprendí que la movilización iba del centro al hospital porque así la policía está obligada a tirar menos gases lacrimógenos"

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También tengo “Mis documentos”, su libro de cuentos, muchos autorreferenciales, aunque ya sabemos que casi no hay literatura que no pueda mimetizarse un poco con las cosas que uno vivió. Uso para clases y artículos el cuento “Instituto Nacional”, que habla de mensajes anónimos escritos en el pizarrón, del repitente 34 -hay un lindo “sólo para entendidos” cuando en la novela hay un repitente y una carta no mostrada -, de la crueldad de algunos profesores. Ese que cierra con el suicidio del Pato Parra (rara esta generación que tiene un amigo que se suicidó). Ya no se usa más escribirlo así, pero es una daga en el corazón, no hay consuelo. Nunca compré sus libros de ensayos “Tema libre” y “No leer”, ni los de poesía.

¿Por qué “Poeta chileno”? Así como el tenis es el deporte para después de los 30 este Zambra es ideal para después de los 40. Para leer desde una experiencia de vida de vericuetos, recorridos y vicisitudes. De búsquedas, amores perdidos, intentos de ser algo o alguien. Es la novela de amor entre el protagonista y Carla, entre Gonzalo y su hijastro Vicente; una novela de reivindicación de amores no sanguíneos. Más de 400 páginas de amor y literatura. O amor por la literatura. O de amar a quienes nos hacen amarla.

No me animaba en la pandemia a leer esas novelas de largo aliento. Pero Zambra, a la manera del Ford de “Canadá” más que de la trilogía de Frank Bascombeo el Franzen de “Las correcciones” logra contar la historia de Chile a través de la historia de poetas. El protagonista, como todo poeta, acarrea sus fracasos, fiestas y esperanzas, vive de dar clases, viaja, se enamora, quiere creer en algo (quizás algo forzadas las referencias a la coyuntura política chilena, incluso a figuras que protagonizaron las movilizaciones estudiantiles). Poetas que son beautiful losers: “el ejercicio de la poesía no da dinero pero prolonga notablemente la juventud” como nos gusta también creer a los académicos y docentes. Una novela sobre el confort de la clase media chilena, la que creíamos feliz, ordenada y obediente. Eficiente. Cómoda y de búsquedas sin estridencias, aunque la vía chilena al socialismo y las protestas del 2019 se empeñen en mostrar otra cosa: “Generalmente Carla quería estar donde estaba y quería ser quien era. Dicen que eso es la felicidad: nunca sentir que sería mejor estar en otra parte, nunca sentir que sería mejor ser alguien más. Otra persona. Alguien más joven, más viejo. Alguien mejor”.

"Una novela sobre el confort de la clase media chilena, la que creíamos feliz, ordenada y obediente. Eficiente. Cómoda y de búsquedas sin estridencias"

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Así como Chile nos da en el cine miradas políticas, algo más complejas que las que a veces se construyen de este lado de la cordillera -perdón, quería decirlo, casi que todo el texto es para caer en ese lugar común- con “Machuca” o “No” (ojo, también nos dio al mejor mandaloriano posible), Zambra construye una novela que narra su época. No sé si acá tenemos una novela que cuente nuestra época o, ni siquiera, haya narrada al hecho maldito del país agro exportador, el kirchnerismo. Está claro que “Ocio”, “El traductor” o “Bajar es lo peor” pueden ser la puerta de entrada que cada quien elija para leer los noventa, pero no parece haber una triada similar para el kirchnerismo.

Es también la novela de padrastros e hijastros y del coming-of-age de Vicente. Más de 400 páginas que tienen, seguro, algún bache con historias transversales y la tentación de la legión de fanáticos de convertirlo en la nueva Lorrie Moore. Tal vez en exceso, y como parte de una búsqueda editorial que le da más contemporaneidad y cosmopolitismo a la novela que necesaria para el texto, Poeta chileno nos presenta poetas y poetisas a través de la nota que quiere escribir una joven periodista estadounidense. No es eso lo que llama más la atención, aunque resulta muy agradable encontrase con poemas como el que abre este texto. Sus páginas atraen por ser las de el Chile de la comodidad, el que gustamos juzgar como neoliberal -aunque sea “más complejo”. Así como para Ford o para el Irving de “La última noche” en Twisted River, “Canadá” es lo que la costa este norteamericana quisiera ser, “Poeta chileno” habla de un Chile ordenado y jerárquico, pero menos neoliberal y mucho más creativo y sensible de lo que quisiéramos creer.


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