19 / 02 | Cultura

EL CORSO Y LA PROCESIÓN

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Partimos de la visión porteña: El carnaval como fenómeno antropológico queda reducido, por el lente urbano, a una curiosidad que más o menos se sostiene en Gualeguaychú por contar con culos para ver o en Jujuy por ligarlo a la cultura autóctona que, vía escapada del fin de semana largo desde Aeroparque, se ameniza entre cerros, empanadas y vino. Pero si hablamos del carnaval porteño, el tener tan cerca a un grupo de personas golpeando un bombo, sudando bajo trajes de raso y recorriendo la ciudad en micros en pleno febrero resulta mucho más que curioso, teniendo que adosarles demasiadas equis a eso: es más que un exotismo, es una excentricidad, una manifestación cultural extravagante en plena avenida, una extraña forma de… ¿qué?, que año tras año se reitera y en cada vuelta resulta más inexplicable que la anterior.

Fueron cien barrios porteños y vamos más de un siglo de murgas. Y sin embargo nos preguntamos, cada vez que los vemos ensayar ¿qué hacen ahí?, ¿de dónde salió todo eso? Lo cierto es que no de un repollo sino de ciertos pliegues del Otro en el viejo continente y de eslabones locales ya perdidos: En cuanto instrumentos, el bombo posiblemente tenga un origen militar turco (de ahí, al Mediterráneo y a los Balcanes). En cuanto concepto, la murga uruguaya vino de Cádiz (así que lleva sangre gitana); y, en la apropiación, Montevideo le dio forma conservando la teatralidad gaditana aunque imponiendo un cante característico, del canillita cantor. En cambio, en Buenos Aires, tenemos varias líneas simultáneas que fueron desapareciendo y en el desoville de la historia sólo queda en pie la murga: el candombe porteño (extinto) con clave rítmica distinta al uruguayo, que precede a los centros criollos, comparsas de negros, músicos y bandas -con aportes de tanos y de Europa occidental- desfilando junto con carrozas en los carnavales de finales del siglo XIX, que sentaron el mestizaje para que entre 1920 y 1930 aparecieran las primeras agrupaciones infantiles que golpeaban tachos y cantaban canciones con impronta similar a la actual –picaresca, se dice en el ambiente-. Una década después, aquellas agrupaciones decantan, ya por siempre con bombo, en las formas actuales, que con el correr de los años fueron sumando una cadencia escénica más de cancha -las melodías elegidas, quizás las voces- y desarrollando un baile con un registro corporal realmente misterioso que todavía hoy los historiadores intentan encontrarle raíz: ¿de dónde carajo surgen esas patadas, por ejemplo? La historia de la murga porteña se construye de a retazos, parecido al origen de sus levitas, que algunos ubican en trajes o fragmentos descartados que al pasar de moda termina como disfraz en bailes paródicos de febrero. Así que recién se solidifica el concepto en 1940 a partir de todos elementos heterogéneos que estuvieron en danza y que vuelve difícil de asir, tornando casi invisible, esa historia.

"Sin descarga por redes sociales y sin guita para vacacionar, en otra época, queridos jóvenes, salir al encuentro de otro que estuviera en la misma era una forma de escape y a la vez de pelea"

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Sin ser candombe, sin ser comparsa, sin ser de Uruguay o, dicho de otra forma, sin ser nada que porteñamente podemos identificar como cercano pero extranjero y por lo tanto ubicar en algún cuadrante de tolerable otredad, la murga porteña es una incomodidad que históricamente funcionó como espacio de encuentro, como lugares de contención -de la juventud, de los “descarriados”, de los “otros” foucaultianamente anormales (putas, travestidos, trolos, locos y todos los nombres de aquello que no deberíamos nombrar así pero que en los barrios se nombraba de tal modo) e incluso como instancias de militancia -peronista, radical y también de izquierda-. La murga es barrio, grupo de vecinos, de jóvenes y viejos, que se juntan como lo hacen para tantas cosas pero esta vez con la idea de hacer algo para después compartir en otros barrios. Arte barrial, por supuesto. Algo que a muchos no les gustará porque quizás desafinan o porque suman a cualquiera a bailar, pero que debe entenderse como un movimiento que intenta abarcar, con generosidad, a todos los que quieran formar parte de él.

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Los años de oro de la murga porteña quedaron atrás. Fueron durante la resistencia al menemismo, sumándose como invitados a la carpa docente en el Congreso y con talleres en el Centro Cultural Rojas que de cierta forma validaban aquel ritmo de bombo con platillo que sonaba en las esquinas. Sin descarga por redes sociales y sin guita para vacacionar, en otra época, queridos jóvenes, salir al encuentro de otro que estuviera en la misma era una forma de escape y a la vez de pelea. Adolescentes rolingas en plazas y también sus viejos des o subocupados daban esa pelea y se mitologizaban a través de una historia: según lo que contaban los murgueros de entonces, el carnaval -los vecinos juntándose- incomodaba, y eso se evidenciaba en que había sido abolido por la dictadura vía decreto 21329/76. La murga ahí encontró su gran bandera por la que luchar, sobre la cual se hicieron infinitas canciones que se sumaban a otras de corte más punk que lo que podamos imaginar, condenando los indultos a represores y cantando las cuarenta sobre las privatizaciones y la maldita policía, líricas que también incluirían el pase de mando a De la Rúa hasta el estallido del 2001. El piquete y cacerola de aquel entonces era un espíritu que también corría para la murga: ese fue un período donde centros culturales, unidades básicas, plazas, escuelas y clubes por igual albergaron murgueros. El pintarse la cara quedó por arriba de toda diferencia social entre clases medias y populares, golpeadas por igual, hermanadas por la malaria.

A finales de los 90’ la murga logra su primera victoria, siendo declarada Patrimonio Cultural de la Ciudad de Buenos Aires en jefatura de gobierno radical, a partir de la Ordenanza 52039 en 1997. Validación institucional mediante, se avanzaba un escalón hacia la meta de conseguir la vuelta al feriado del lunes y martes de carnaval. Poco después llegaría otro avance con la creación del Programa Carnaval Porteño por Ley 1527 en 2004 -el horror de corsos pagados con mis impuestos para ser montados en la esquina-. Luego, al fin, la vuelta a nivel nacional de los feriados de carnaval a partir del 2011 en un gesto del kirchnerismo.

"La historia de la murga porteña se construye de a retazos, parecido al origen de sus levitas, que algunos ubican en trajes o fragmentos descartados que al pasar de moda termina como disfraz en bailes paródicos de febrero"

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Si lo sintetizo con liviandad es porque el problema en ese punto fue, quizás, que sólo se pudo dar la pelea hacia arriba y no se puso atención hacia el agua que corría debajo, a las bases arenosas donde se pretendía montar el retorno. Todas las vías permitirían llevar la alegría a los barrios, pero hoy intuimos con nitidez que aquella vuelta a la alegría nunca podría encajar con el ethos de rumiación, frustración y amargura porteña, sumado al detalle de que, a diferencia del mapa mental de los murgueros y a las representaciones en sus canciones, ya no hay más barrios que existan como tales.

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No hay GPS que te lleve a un barrio en 2021: no hay más referencias sólidas. Un barrio implica personas desarrollándose, ligando su identidad al espacio que los ve crecer, a su rutina, a sitios de referencia, es una continuidad de compras en negocios donde un padre funda ferretería que después quizás agarre el hijo, o sea de lugares de cierta comunión. Buenos Aires fue loteándose para después volverse un gran inquilinato de nómades jugando al juego de la silla en cada renovación de alquiler. Nómades obligados a rotar por cuadrados de durlock, sin posibilidad de arraigo y sin intención de aferrarse a algo que después no van a tener más remedio que perder.  Las murgas son de otra época, y como apelan a una presencia que dice con sus bombos acá estamos, acá venimos, es la bati-señal para un barrio que no existe más. Una vieja “esencia” de fiesta popular parece girar en falso, ya “todos” nos reconoceríamos de clase media -incluso con sueldos de cien mil pesos de distancia entre aquellos a los que preguntes qué son- y hacemos equilibrios entre consumos globales y locales, con cierta condescendencia. La murga porteña casi no tiene representantes en Spotify y tenemos la idea de que es un fenómeno ligado sólo a las clases populares (aunque en la práctica no sea así) y que por eso aceptamos a cierta distancia.

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Es cierto que la mayoría de las murgas no son permeables a nivel estético, a nivel escénico, a las tendencias de la época. También es verdad que a casi ninguna agrupación de carnaval le interesa aggiornar sus toques, y es posible que sigan haciendo ritmos de “tequeteque, toca toca”. También ocurre que son pocas las que toman en serio de canto, a lo mejor creyendo con vigencia actual aquel pasado romantizado de inmigrantes artistas donde el idioma universal del canto y la música -que todos sabían practicar- hacía la comunión en las fiestas populares, algo que sin dudas se fue perdiendo… En febrero emergen a la ciudad como un monstruo algo torpe, que quiere acercarse, y eso, en sí mismo, horroriza. Un Godzilla que irrumpe en lo cotidiano sin llegar a romper nada pero entorpeciendo el tránsito y haciendo ruido. Un fenómeno que busca miradas, quizás aplausos, pero al cual le bajamos la persiana. Antes, en la cosmovisión murguera, para tener público bastaba con animarse una vez al año a calzarse la levita. ¿Qué blanqueó el feriado de carnaval de 2011? El decreto de extinción de la fiesta convertida en viaje de fin de semana largo. El ritual de los corsos fue dejando, desde entonces, de tener un relato detrás que lo sustente y, por lo tanto, se vuelve un exabrupto en el pavimento sin sentido.

"Antes, en la cosmovisión murguera, para tener público bastaba con animarse una vez al año a calzarse la levita. ¿Qué blanqueó el feriado de carnaval de 2011? El decreto de extinción de la fiesta convertida en viaje de fin de semana largo"

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Pero la murga sigue su lógica. Un mecanismo que se volverá más visible cuando la crisis apriete y que diluirá su sentido en períodos de bonanza económica: la juntada, el tomar las calles, el agarrar un micrófono para criticar pero también para decir, simplemente, acá estamos, se perpetuará cada año mientras el sueldo siga a la baja, porque es eso y no otra cosa es lo que le da sentido a la voz en los escenarios. Un sentido que pocos, los que todavía siguen yendo a los corsos y compran espuma a sus hijos -un gustito para el nene que en algún momento era barato y hoy es carísimo- todavía validan, por más que muchos no nos guste, por más que nos resulte un delirio inconcebible que nos interrumpan algún capítulo que quedó colgado de la última serie de Netflix.

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Antes de la pandemia, durante y seguramente después también, Buenos Aires es sinónimo de embotellamiento, de quilombo por arreglo innecesario de vereda cada seis meses, de subte con frecuencia habitual de demora. Es decir, Buenos Aires es un hartazgo donde por defecto se está cansado de darse codazos con el otro. Si no estamos aguantando el olor de bife que hace el de al lado y que se filtra como si estuviera en nuestro departamento, son sus gritos jugando al playstation retumbando en el monoambiente. Y ninguna reunión de consorcio solucionará el problema de raíz: la sobrepoblación, con lo cual las pocas plazas que quedan rodeadas de torres serán codiciados espacios de escape del otro, donde sólo se lo podrá tolerar de lejos paseando a su perro y donde esperamos tirar una lona para tomar sol o leer buscando algo de paz. Paz y nada más que eso, silencio y abstracción. Así que si además de sufrirlos copando las plazas, cada febrero los murgueros y su historia parecen fantasmas que vienen a incomodar sin importar y sin que sepamos qué estilos de baile y de toques diferenciados por barrio puedan presentar, ni qué tengan para decir, no es nuestra culpa. En parte es su responsabilidad por no saber ofrecer, en su mayoría, algo que resulte interesante a los ojos y a los oídos de hoy, más si pensamos que un requerimiento tan obvio como la profesionalización a través clases y profesores, y una estricta evaluación por jurados (el Programa de Carnaval Porteño lo implica), son asuntos que divide aguas entre los directores.

Pero también si hay algo de todo eso que nos parece que no debería existir y sin embargo está ahí, algo que es de otra época y lo percibimos insistiendo, persiguiéndonos y molestándonos, es porque ya no hay forma de encontrarse con otro -el cual preferimos mediado, a distancia- y menos que menos en la calle. En ese sentido, incluso cuando odiemos al pelado y sus políticas, el Pro supo interpretar un sentir, lo representó y ganó hasta los cimientos la batalla emocional: aceptamos el malestar como norma y al otro como hostil. Aceptamos que una persona al lado de otra da cero, que una le resta a la otra. Se arraigó la creencia de que pasarla bien en la ciudad no es más disminuir el malestar, y eso ocurre cuando el otro está lejos, cuando el otro está callado y nos deja dormir para aguantar un día más, cuando el otro deja de escucharse para que podamos existir. Esa es la realidad y, por lo tanto, la única verdad. Por eso, aunque no votemos al Pro ni en joda, aunque nos parezca pésima la desfinanciación de Salud, de Educación, y todos elementos que a nuestro progresismo nos parece importantes, como también es la Cultura (lo que, por supuesto, incluye al carnaval) también es cierto algo que podría advertirnos el General: larretistas somos todos.


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