16 / 04 | Cultura

EL ESLABÓN PERDIDO

Hay algunos músicos excepcionales de nuestra música popular que son reconocidos como verdaderos gigantes. Eduardo Lagos y Manolo Juárez serían los dos nombres más notables quizás, pero hay otros menos conocidos, como José Luis Castiñeira de Dios, líder del grupo Anacrusa, que en los setentas nos deslumbró con ese sonido que sintetizaba los arreglos de una gran orquesta con los de una formación típica de nuestro folklore. Nombres cuya riqueza es difícil de dimensionar en tiempos donde nuestro folclore se ha vuelto repetitivo, revolea ponchos, y condicionado a levantar el aplauso fácil.

"Manolo Juárez siempre tuvo el tino de diferenciar nítidamente sus arranques comerciales del músico comprometido a fondo con nuestra música popular"

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Pero volvamos a Eduardo Lagos. Con su piano, su humor,  altísima dosis de libertad y desacartonamiento abordó nuestra música folclórica rozando el jazz: este pianista, que en 1956 compuso “La Oncena”, esa chacarera que aún hoy es de vanguardia o esa cueca bellísima que se llama “La Bacha”. Manolo Juárez, otro maestro del piano con sólida formación sinfónica que en plenos setentas nos ofrendó trabajos lujosos donde la investigación estaba ligada a lo popular. Por ahí también aparece el pianista y contrabajista Oscar Alem, que entre sus trabajos más memorables nos dio el  disco “Movimiento” junto a Cacho Ritro, el mismo de Los Andariegos. ¿Qué unifica a estos nombres, protagonistas centrales de la vanguardia de nuestra música popular? ¿De dónde proviene su inspiración? ¿Dónde abrevaron? La respuesta más precisa es aquello que la pianista Lilián Saba denomina como el eslabón perdido. Y que no es otro que el pianista, arreglador y director Waldo de los Ríos.

Waldo nació en Buenos Aires en 1934 con el nombre de Osvaldo Nicolás Ferraro, hijo de la afamada cantante Martha de los Ríos y fallecido trágicamente en 1977 en Madrid, donde hacía algunos años vivía y ejercía el puesto de director artístico del sello Hispavox, muy importante por aquellos años. Pero es muy lúcida Lilián al caracterizar a Waldo de los Ríos como el eslabón perdido, porque nos remite a una etapa previa al surgimiento de esta camada de músicos, a un momento histórico inspirador que se condensa en este pianista que hoy parece un ilustre desconocido. ¿Por qué tanto olvido? ¿Por qué tan poco reconocimiento a un músico fenomenal como WDLR? Quizá la razón más potente sea que su intento de popularizar obras de la música clásica sirvió de excusa para que cierto mundillo de la música lo aprovechara de coartada para sacarse de encima un músico verdaderamente profundo e investigativo. El mismo Manolo Juárez condenó en su momento estos ataques comerciales de Waldo, llegando a llamarlo “Waldorf de los Ríos”. Sin embargo Manolo siempre tuvo el tino de diferenciar nítidamente sus arranques comerciales del músico comprometido a fondo con nuestra música popular. Y le dedicó una obra hermosa titulada Río de los Waldos. Hoy tenemos que el principal escollo para abordar la importancia de WDLR y su aporte inestimable al desarrollo de nuestra música es ese prejuicio que se instaló por su faceta comercial. Por eso es central adentrarse en su música como a un territorio extenso y lleno de matices. En un punto Waldo paga costos no muy distintos a Piazzolla, Rovira o Saluzzi. Como si ser un músico vanguardista fuese un certificado que autoriza el maltrato. Y, la verdad, buena parte de la investigación en nuestra música popular desde los años sesenta en adelante tiene como uno de sus objetos de estudio a Waldo de los Ríos. La mayoría de las grandes figuras reconocen en él una fuente de inspiración. Tiene discos célebres como la banda de sonido que compuso para el film “Pampa Salvaje”, o el “Concierto de las 14 provincias”, “La Suite Sudamericana”. O la orquestación del disco de Alberto Cortez dedicado a Atahualpa Yupanqui. También están los discos donde acompañó a su madre, donde deleita con arreglos de avanzada. La música de Waldo estuvo adelantada a su tiempo, pero fue arrojada a un costado. Admirador de Bartok,  Stravinsky y Ravel, realizó aportes en lo tímbrico al piano, algo que sumado al  tratamiento de lo instrumental lo colocan en un lugar de excepción.

Párrafo aparte es el aporte con el Quinteto Los Waldos a mediados de la década del sesenta. Formaban así: Waldo en piano, Roberto Stella en batería, Alberto Carbia en contrabajo, Roque Rubio se encargaba del vibráfono y de reproducir cintas con un grabador y César Gentili del exótico órgano Electone. Aquí tenemos una innovación instrumental trascendente para la época. Grabaron un disco en 1967 absolutamente vanguardita hasta hoy, cincuenta años después. Se puede apreciar la osadía creativa de Waldo en la introducción de un sonido eléctrico con el órgano Electone. Corría 1965, nada menos… El año que Los Beatles grabaron “Help”. Y algo verdaderamente nuevo fue la  selección de obras, donde la más popular fue sin dudas “Tero Tero”, un aire de chacarera donde el lev motiv es el canto mismo del ave. A propósito del “aire de chacarera” bueno es aclarar que se denominó de esta manera a la clasificación de formas de ejecutar un determinado ritmo, en este caso la chacarera, pero sin respetar la métrica original de su coreografía. En esto Waldo gestó transgresiones imperdonables que también hay que anotar como causales de la condena: hizo añicos la forma tradicional de los ritmos de nuestro folclore para ir a una forma novedosa donde la cantidad de compases en un tema podía ser ilimitada. Así es que se empezó a definir como “aire de” a temas que tenían ritmo de zamba, chacarera y otros, y que no respetaban las formas coreográficas tradicionales. En la obra del Quinteto Los Waldos hay músicas como “Zamba en New York”, “Fuera de ritmo” (un aire de chacarera en 10 X 8), “Así nació el carnaval” y otras que por suerte pueden encontrarse en Youtube.

"Waldo gestó transgresiones imperdonables que también hay que anotar como causales de la condena: hizo añicos la forma tradicional de los ritmos de nuestro folclore para ir a una forma novedosa"

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El primer paso para rescatar a este músico inmenso es conocerlo, escucharlo, adentrarse en su mundo. Conozcan a Waldo de los Ríos y, recién ahí, lo abrazan o descartan. Nos merecemos conocerlo. Porque Waldo le dio cien años más de vida a la música popular que amamos.


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2 Comentarios

  • José Pujana García Salmones says: 19 abril, 2020 at 10:27

    Que interesante conocer esta faceta de la obra de Waldo, el folklore argentino, pero siempre aportando un toque personal, y con un virtuosismo excepcional.
    Su capacidad y versatilidad musical fue impresionante. S

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  • Francisco González says: 19 abril, 2020 at 21:35

    Me gusto mucho el reportaje, y me gustaría también que hablarán de todos sus aportes a la música clásica complementandola con instrumentos eléctricos, batería, etc.

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  • Responder a José Pujana García Salmones Cancelar respuesta

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