08 / 08 | Política

EL FRUTO AMARGO DE LA VENGANZA

“Es cierto que necesitamos la historia, pero de otra manera que el refinado paseante por el jardín de la ciencia, por más que este mire con altanero desdén nuestras necesidades y apremios rudos y simples. Es decir, necesitamos la historia para la vida y la acción, no para apartarnos cómodamente de la vida y la acción, y menos para encubrir la vida egoísta y la acción vil y cobarde. Tan solo en cuanto la historia está al servicio de la vida queremos servir a la historia.” 

Nietzsche, Friedrich (2000: 32) [1874]

Comentarios a Ferreyra, Silvana (2018). El peronismo denunciado. Antiperonismo, corrupción y comisiones investigadoras durante el golpe de 1955. Mar del Plata: EUDEM.


Gratamente sorprendido me sentí luego de devorar por primera vez el libro de Silvana Ferreyra, allá por febrero. Pensaba encontrarme con una simple monografía, de esas que pululan en los anaqueles de mis bibliotecas, un trabajo más que describe un aspecto de la infinita materia plástica del peronismo. Hallé, en cambio, una lúcida reflexión que levanta vuelo muy por encima del mero racconto de la experiencia de la Comisión Nacional de Investigaciones.

Brevemente, la Comisión Nacional de Investigaciones fue creada por el gobierno de Lonardi, y potenciada por el de Aramburu, para perseguir a los dirigentes del peronismo, pero, sobre todo, como subraya la autora, para aleccionar a las masas sobre la naturaleza corrupta y corruptora del peronismo en el poder, el “régimen depuesto”, según los términos del decreto 4161.

El trabajo va más allá, pues ilumina los tópicos fundamentales en torno a los cuales se edificó y edifica la segunda identidad más persistente de la política argentina del siglo XX: el antiperonismo. Lo hace, es cierto, a través de la reflexión en torno de una experiencia particular, reconstruida en todos sus niveles, desde lo alto hasta lo más capilar, cambiando constantemente la lente de análisis para iluminar grietas, porosidades, costados más y menos filosos del golpe cívico militar con mayor carácter de revancha clasista que hayamos conocido, al menos antes de 1976.

"En el marco de un golpe cívico militar con participación de los partidos más importantes del país opositor, aparecen las comisiones. Inicialmente, la Comisión Nacional de Investigaciones, una justicia paralela encargada de desenmascarar y difundir los crímenes del peronismo."

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Dije que el antiperonismo es una identidad, y puede parecer un error. En rigor, son varias, que se unen en el común rechazo de las experiencias políticas plebeyas, igualadoras, que animó el peronismo, en la mitologización de la república, en el reflejo antipopular, racial y de clase de una elite blanca que se sintió despojada de su propio país, y que en 1955 volvió con todo a tratar de borrar el pasado. Con optimismo, con confianza en que una represión eficaz, el exilio del líder y una pedagogía generosamente distribuida por todos los rincones del país iluminarían el oprobio al que había llevado el peronismo y permitirían volver a los buenos viejos tiempos, quizás también ellos mismos idealizados.

El trabajo se estructura en cuatro ejes: antiperonismo, comisiones investigadoras, imaginarios sobre corrupción, ligados -homologados, diría- al peronismo, y denuncias a ras de suelo. Del primero algo ya he dicho, creo se trata de uno de los grandes aciertos del libro, y que despega de la coyuntura por su continuidad, su duración en el plano de las mentalidades colectivas. La autora se pregunta frecuentemente en Twitter si, al final, contra todo lo que nos enseñaron, es la historia la que se repite; yo prefiero pensar que esas recurrencias, esas historias -allanamientos en busca de tesoros imaginarios, denuncias de mega negociados, políticos con prisión preventiva indefinida, empresarios arrepentidos que circulan por los tribunales declarando que fueron obligados a sobornar- tienen un inicio pero no un final, que hay más de un estándar en la población cuando la política se profesionaliza y se pone al servicio de los que más la necesitan.

En fin, volvamos al eje. Hablamos de varios antiperonismos, de fronteras porosas, de diversas estrategias frente al país peronista -la autora identifica, siguiendo a Estela Spinelli, a los radicalizados, los optimistas y los tolerantes-. Todos ellos interesados en una sola cosa, una sola meta a la que buscaban llegar por distintos medios: la erradicación del peronismo como identidad política.

Y en ese contexto, en el marco de un golpe cívico militar con participación de los partidos más importantes del país opositor, aparecen las comisiones. Inicialmente, una, la Comisión Nacional de Investigaciones, una justicia paralela encargada de desenmascarar y difundir los crímenes del peronismo. Comisión que pronto se multiplica, y aparecen las provinciales, la de la Capital, la que se ocupa del Partido Peronista, de la CGT, de la Fundación Eva Perón, del empresario Jorge Antonio, del exgobernador Aloé… un importante esfuerzo colectivo, descentralizado y autónomo de entrecruzamiento de datos y de archivos con la justicia ordinaria, para imponer sanciones y conocer itinerarios. ¿Cuántas eran? La autora sugiere que el número mínimo ronda las 600 comisiones y subcomisiones, las tres mil personas movilizadas. ¿Quiénes las integraban? Militares, por supuesto. Políticos opositores, pero también profesionales desplazados del Estado, miembros de corporaciones empresariales, etc.

"Los radicalizados se quedan con sabor a poco: hubieran querido ir hasta por el último peronista, para preguntarle si esa camioneta la había comprado con plata lícita o si se la habían facilitado. Pero no se puede. El costo para la economía es ya bastante alto"

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Y un día, todavía en 1955, se anuncia que las comisiones deben cesar su labor a inicios de 1956. Experiencia que se extiende unos meses, pero que finalmente, entre el malhumor de muchos y la comprensión de unos pocos, llega a su fin. Los radicalizados se quedan con sabor a poco: hubieran querido ir hasta por el último peronista, para preguntarle si esa camioneta la había comprado con plata lícita o si se la habían facilitado. Pero no se puede. El costo para la economía es ya bastante alto. Las empresas extranjeras no se interesan en quién es Perón para los nuevos caciques argentinos: quieren cobrar sus deudas y amenazan con no invertir. La producción está en riesgo de parálisis. Al fin y al cabo, entre optimistas y tolerantes hacen mayoría y convienen en que es imposible perseguir a más de medio país. Estos últimos terminarán pactando con el propio Perón, pero esa es otra historia.

"la labor de las comisiones permeó el imaginario colectivo, asociando peronismo y corrupción de un modo perdurable en la mente de aquellos ajenos al hechizo populista."

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Y entonces, ¿por qué detenerse en esta breve experiencia? Porque no fue lo bastante breve. Como lo muestra Ferreyra, la labor de las comisiones permeó el imaginario colectivo, asociando peronismo y corrupción de un modo perdurable en la mente de aquellos ajenos al hechizo populista. Irónicamente, esa misma enseñanza no funcionó como pedagogía para los oprimidos, que vieron reforzada su identidad en la persecución, pero sí para construir, ya lo adelantamos, una identidad fuerte, persistente, donde peronismo, enriquecimiento ilícito, conductas inmorales y vocaciones tutelares se combinaban para reforzar los prejuicios de un sector de la sociedad frente a quienes se habían colado en su camino, tomando la feliz ocurrencia de Ezequiel Adamovsky.

El libro se cierra, pero no se agota, en la reconstrucción del otro acierto de la autora: el seguimiento de las denuncias “a ras de suelo”, con técnicas y archivos propios de la historia social y popular, y de la microhistoria. Vemos allí, en ese apartado, cómo lo personal y lo político se imbrican para que el patrón peronismo / antiperonismo se vuelva poroso, y dé lugar a lo que realmente está en juego, incluso en el nivel local: el intento de restaurar un orden perdido, un orden social pero también un orden moral que el peronismo había quebrado, para angustia de élites, clases medias tradicionales y clérigos. La trampa estaba clara: si las comisiones seguían su trabajo indefinidamente, en las fábricas, en las escuelas, en los municipios, en la administración pública, en las empresas, en los barrios, se corría el riesgo de antagonizar hasta el punto de aniquilar toda chance de conciliación, de desperonización del país. Quizá por ello las comisiones debían detener su tarea, pero el daño estaba hecho. La conciliación, durante las décadas siguientes, se mostraría imposible: la sociedad estaba polarizada, quizá, para siempre. El peronismo perduraría, y con él, sus aristas heréticas. El antiperonismo estaba sembrado, y de sus frutos amargos todavía nos alimentamos.


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