06 / 08 | Mundo

EL FUTURO YA ESTABA ESCRITO EN BEIRUT

Beirut ha sufrido importantes atentados, guerras civiles, invasiones, oleadas de refugiados, crisis económicas y divisiones territoriales bajo líneas sectarias. Explosiones tampoco han faltado en la ciudad: en 1982 una bomba explotó la vivienda en que se encontraba el presidente Bashir Gemayel, en 1983 dos camiones bomba destruyeron los edificios que albergaban a los marines estadunidenses que habían entrado al país como una fuerza multinacional de paz durante la Guerra Civil Libanesa (también durante ese año voló por los aires la embajada estadounidense en la ciudad), en 1987 el primer ministro Rashid Karami perdió su vida cuando detonó una bomba en el helicóptero que viajaba, en 1989 el presidente René Moawad falleció por la acción de un  coche cargado con una bomba, y ya en 2005 un poderoso explosivo fue activado bajo la comitiva que transportaba al también primer ministro Rafic Hariri. Y esto es solo el resumen de una lista interminable, que ha convertido de los atentados y el asesinato de líderes libaneses casi una herramienta política. No obstante, una explosión de la magnitud experimentada el martes en el puerto de Beirut -que causó más de 140 muertos y 4000 heridos- y que no fue un atentado político o sectario, es inédita para el país de los cedros.

Primero los escenarios ya descartados. En un comienzo se nombró a los sospechosos de siempre. Se apuntó a un posible ataque israelí desde el aire contra el puerto libanes (donde se rumoreaba que la organización político-paramilitar Hezbollah guardaba armas) aunque dicha alternativa parecía complicada pues nadie llegó a escuchar el potente sonido de un avión caza israelí. Después se habló de un atentado del Hezbollah debido a que en 72 horas estaba planeado el veredicto por el asesinato del asesinado primer ministro Hariri (donde el grupo esta sospechado) pero la elucubración era descabellada debido a que hoy la organización chiita integra la coalición de gobierno libanesa y nadie ha podido explicar coloquialmente como una acción de esas características los beneficiaría.

"los funcionarios libaneses, durante muchos años y bajo distintas administraciones políticas, sabían que tenían una bomba de tiempo en el puerto de Beirut, y no hicieron nada al respecto."

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La verdad era más simple y no por eso, menos terrible: en septiembre de 2013, un barco que enarbolaba una bandera de Moldavia -y había salido del puerto de Georgia con destino a Mozambique- fue abandonado por sus propietarios en el puerto de Beirut luego de registrar problemas técnicos. Los miembros de la tripulación que permanecieron a bordo quedaron sin provisiones y tuvieron que ser retirados del barco mediante intervención legal. Cuando las autoridades portuarias registraron la embarcación encontraron 2700 toneladas de nitrato de amonio, un químico altamente explosivo utilizado en fertilizantes y bombas (el estadounidense Timothy Mc Veigh utilizó solo 2 toneladas de nitrato de amonio para volar un edificio federal en Oklahoma y asesinar a 168 personas en 1996). Por lo tanto, y considerando los peligros que conllevaba tener nitrato de amonio en el barco, se decide descargarlo en los depósitos del puerto. 

Durante 7 años, varios comités y jueces no pudieron ponerse de acuerdo si el material debía ser retirado o eliminado y el martes 4 de agosto de 2020 se reporta un incendio en el almacén 9 del puerto -donde obreros trabajaban para soldar una abertura- que albergaba fuegos artificiales. Luego, en horas de la tarde, el fuego se extendió al almacén 12, donde se encontraba almacenado todo el nitrato de amonio, provocando una cinematográfica explosión en el área portuaria que extendió su onda expansiva por una ciudad que es tan pequeña que hasta puede ser recorrida a pie.

A pesar de la consternación de los libaneses ante la destrucción y las muertes, pocos se sorprendieron de que un hecho de esa magnitud haya ocurrido en el Líbano y más precisamente en el puerto. Cómo bien lo explicó el analista político libanés Faysal Itani (quien en su juventud trabajó en el puerto de Beirut): “Los puertos son propiedades inmobiliarias de primer orden para facciones políticas, criminales y de milicias. Múltiples agencias de seguridad con diferentes niveles de competencia (y diferentes lealtades políticas) controlan varios aspectos de sus operaciones. Y el reclutamiento en la burocracia civil está dictado por cuotas políticas o sectarias. Existe una cultura generalizada de negligencia, corrupción y cambio de culpa endémico a la burocracia libanesa, todo supervisado por una clase política definida por su incompetencia y desprecio por el bien público”.

Luego de la explosión, empezaron a aparecer en el ciberespacio las diferentes cartas que el propio jefe del departamento de aduanas había enviado al poder judicial y a las autoridades políticas libanesas advirtiendo, sucesivamente a lo largo de los años, que una gran reserva de nitrato de amonio, almacenada en el hangar portuario de una ciudad calurosa, era un peligro sin precedentes que había que eliminar con celeridad. Es decir, los funcionarios libaneses, durante muchos años y bajo distintas administraciones políticas, sabían que tenían una bomba de tiempo en el puerto de Beirut, y no hicieron nada al respecto.

Las consecuencias de la explosión del martes no finalizaron con la destrucción, los heridos y los muertos. Líbano vive una crisis económica sin precedentes que ha puesto de rodillas a sus ciudadanos desde hace varios meses. La moneda del país se ha derrumbado y los libaneses han visto desaparecer su poder adquisitivo junto a sus ahorros mientras ya no pueden acceder a medicamentos, combustible o comida. El plan de austeridad propuesto por el FMI y el gobierno -que incluía importantes recortes en el área publica y supresión de subsidios- despertó masivas movilizaciones alrededor del país contra un poder político que no tiene el respaldo popular para implementar dicho plan de “saneamiento” (las marchas solo se detuvieron por la crisis del coronavirus). A todo esto, hay que sumarle problemas en la recolección de la basura que datan desde 2015, una catástrofe ambiental en las costas libanesas y cortes de energía que en algunos casos pueden llegar a durar prácticamente todo el día. 

"Las consecuencias de la explosión del martes no finalizaron con la destrucción, los heridos y los muertos. Líbano vive una crisis económica sin precedentes que ha puesto de rodillas a sus ciudadanos desde hace varios meses. La moneda del país se ha derrumbado y los libaneses han visto desaparecer su poder adquisitivo junto a sus ahorros"

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Y si esto fuese poco, ahora explotó por los aires el principal puerto del Líbano. El mismo que se encargaba de la mayor parte de las exportaciones libanesas y el que manejaba el 60 por ciento de la mercancía que ingresaba al país. El Líbano importa el 80 por ciento de lo que consume, incluido el 90 por ciento de su trigo y alrededor del 60 por ciento de esas importaciones pasaban por del puerto de Beirut.  A pesar de que el puerto de Tripoli, el segundo más grande del país, ha sido designado como alternativa, las autoridades están preocupadas de cómo un país dependiente de las importaciones ingresará alimentos, suministros médicos y otros bienes de primera necesidad

El sistema político libanés está basado en una división sectaria de poderes constitucionales y posiciones administrativas, que garantiza la representación de ciertos grupos y al mismo tiempo contribuye a la parálisis en la toma de decisiones. Los nombramientos burocráticos se hacen sobre la base de lealtades sectarias o tribales donde la competencia técnica no es una prioridad (las principales confesiones beneficiadas son los maronitas cristianos y los musulmanes sunitas y chiitas, pero también reciben su tajada otras denominaciones religiosas). Sin dudas, la explosión va a amplificar todos los problemas que el Líbano venía sufriendo: devastación económica, tensión política basada en una crisis de representación y legitimidad junto a creciente ira popular contra el gobierno.

El primer ministro libanés Hassan Diab describió la explosión como un “gran desastre nacional” y se comprometió, sin tomar ninguna medida concreta, a castigar a los responsables. Pero su propio gobierno pende de un hilo: el ministro de Relaciones Exteriores del Líbano, Nassif Hitti, renunció un día antes de la explosión del puerto, acusando a sus colegas de no tener la más mínima intención de realizar reformas estructurales y alertando que el país estaba a un paso de convertirse en “un estado fallido”. La retirada de Hiti de un ministerio que solo condujo por seis meses es un claro reflejo de las disfuncionalidades que acosan al Líbano y que imposibilitan una reforma estructural del sistema.

"No es difícil de creer que, más temprano que tarde, surgirán multitudinarias manifestaciones que dependiendo de su unión y objetivos compartidos pueden llevarse puesta a gran parte de la clase política actual"

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El hecho de que el establishment político y judicial haya hecho la vista gorda ante un arsenal masivo de nitrato de amonio almacenado de forma insegura en un área cercana a zonas residenciales habla de la corrupción desenfrenada en el Líbano y de una elite gobernante más preocupada en el enriquecimiento personal que en la prosperidad de sus ciudadanos.

Cualquiera que haya prestado atención a los últimos 20 años del Líbano sabrá que el enojo y el resentimiento de sus ciudadanos, que día a día tienen menos que perder, está in crescendo. No es difícil de creer que, más temprano que tarde, surgirán multitudinarias manifestaciones que dependiendo de su unión y objetivos compartidos pueden llevarse puesta a gran parte de la clase política actual. Lo que estalló en Beirut no solo fue material explosivo, sino también la paciencia de todos los libaneses. Sucedió una catástrofe, pero una que era predecible, como lo son la mayoría de los desastres del Medio Oriente moderno.


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2 Comentarios

  • Mario says: 7 agosto, 2020 at 09:52

    Excelente!!!

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  • Horacio says: 9 agosto, 2020 at 23:23

    Muy instructiva y clara la nota. No conocía como llegó el nitrato a estar allí. Gracias !.

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