31 / 07 | Cultura, Política

EL VAGO ORDEN

“En el mejor de los casos, la timidez no se pierde, se combate” dice distraídamente Mario Wainfeld al describir a Sergio Maldonado. Bien podría estar refiriéndose a sí mismo. Sus amigos dicen en efecto que es el caso, que ambas personas se parecen. En lo que no se parecen es en elegir la exposición. Mario, abogado de profesión, periodista de vocación, escritor talentoso y lleno de recursos, eligió la exposición como parte de su métier. Desde entonces, todo lo que escribe alcanza a los demás, los pone a discutir, los lanza al maravilloso oficio de pensar, reflexionar y, cuando corresponde, valorar.

En su último libro (“Estallidos argentinos. Cuando se desbarata el vago orden en que vivimos”, Siglo 21), Wainfeld se vale de algunos episodios de la Argentina reciente para, en una gala que expone una prosa depurada, razonamientos siempre lógicos, principios éticos y convicciones firmes, arraigadas en una vasta experiencia de lo popular, narrar el tenso equilibro entre calle y palacio de que está hecho el orden cotidiano en la Argentina. Desde las inmediaciones de la Casa Rosada hasta las rutas del sur, desde la Boca hasta Avellaneda, toma diez acontecimientos como puntos de partida para la reconstrucción. Muestra, y espero que no se ofenda el autor, que aún el historiador más comedido requiere de cierta magia imaginativa, de la que el cronista no carece, de algo de humor y de olfato, para que una buena historia convenza. ¡Y vaya si convence!

"narrar el tenso equilibro entre calle y palacio de que está hecho el orden cotidiano en la Argentina"

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Agrupemos los capítulos. Contra lo que pretende el título, no todos implicaron rupturas del orden. Los hechos del 19 y 20 de diciembre, narrados como la consecuencia de las políticas -económicas y no tan económicas- de Fernando De la Rúa, los hechos de Avellaneda de junio de 2002, con la muerte de Maximiliano Kosteki y Darío Santillán, quizá el asesinato del Oso Cisneros y la posterior toma de la Comisaría 24 de la Boca, el asesinato de Rafael Nahuel y la muerte de Santiago Maldonado en el marco de sendas represiones propias de una guerra inventada, pueden agruparse de un lado. Son, en todos los casos, circunstancias en que el orden que debe imperar, el orden de las cosas entre la calle y el Palacio se rompió con destino trágico. La muerte no fue el resultado de la impericia política, de la desidia para actuar, aunque puedan existir elementos de impericia y desidia, sino del acicate a las fuerzas represivas, acicate que, entre la orden de mirar y la orden de matar, eligió traspasar el mandato legal y cobrar vidas inocentes.


Distinto es el caso de la renuncia de Adolfo Rodríguez Saá, un hecho que parece detonar por elementos puramente palaciegos. Distinto el asesinato de Carlos Soria, un evento en el sentido historiográfico, que viene a alterar el curso que parecían tomar las cosas. Y distinto, sin dudas, es el intento de construcción de una ucronía, con rasgos de sátira, en que Wainfeld se pregunta qué hubiera pasado si un desconocido Néstor Kirchner hubiese hecho lo que ahora hace Macri con la oposición de 2004.

Llamativa es la ausencia de quien tranquilamente podría haber sido protagonista de un capítulo entero: Mariano Ferreyra, apenas nombrado en la página 234. Muerto en 2010 a los 23 años, si la memoria no me falla, Mariano era militante, como el Oso, como Darío y Maxi, como los muertos del 19 y 20 de diciembre. Si bien es cierto que no murió por una bala policial -tampoco el Oso, vale recordar- se dijo de esa bala sindical que “rozó” el corazón nada menos que de Néstor Kirchner, quien nos dejó apenas siete días más tarde. El autor intelectual del crimen, el otrora combativo José Ángel Pedraza, fue condenado a prisión por el asesinato y murió el año pasado.

"La muerte no fue el resultado de la impericia política, de la desidia para actuar, aunque puedan existir elementos de impericia y desidia, sino del acicate a las fuerzas represivas"

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Pero bueno, toda historia es una selección. En todo caso, el vínculo común entre los episodios no tiene que ver con el apego estricto a la cronología, sino con el ejercicio de una pluma que -imagino- ya escribe sola, desde aquellos años en la Revista Unidos, pasando por la redacción de Página 12. Una pluma que -pocos casos son más notorios- nació para escribir, para narrar, para hacerse amiga, cómplice del lector, para hacerlo parte de la historia, del argumento, de la lucha por la idea. Una pluma a la que, claramente, las notas del periódico más literario de Buenos Aires le quedaban cortas. Bienvenido seas, Mario Wainfeld, escritor. Que la calle de la que venís nunca se te olvide.


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