06 / 09 | Cultura

EL VÉRTIGO FINAL

Terminó la serie Monzón, dirigida por Jesús Braceras y que vimos por Space. Y todos quedamos con la sensación de que habíamos visto una maravilla. Un casting perfecto, una banda de sonido y un vestuario impecables. Basado en el libro de María Adelina Staiolo (“Monzón, secreto de sumario”), pero con libertad para alterar algunos hechos en pos de sintetizar, terminamos otra vez todos pegados a una pantalla despidiendo el final cultural de varias décadas.

El verano del 88, el año dónde nuestra aristocracia vernácula dijo adiós frente al mar y nosotros le dijimos “chau, no va más” a buena parte de nuestras costumbres.

Verano del 88


En la serie hay una escena que seguro no ocurrió, pero para muchos es la imagen poética para cerrar un pasado cultural que se instaló allá lejos, en los 60: un balcón del Casino de Mar del Plata, ubicado dentro del emblemático hotel Provincial, la noche, el mar y un breve diálogo entre Olmedo y Monzón. El cómico fuma una pitada y le dice al ex campeón: “Se vienen otros tiempos”. Y en ese instante uno vuelve a sentir la despedida de una forma de vida, de una cultura, de una economía. Mar del Plata, con sus veranos populosos, sus teatros repletos, los chalets en barrios coquetos, los departamentos con balcones de vidrio polarizados. La imagen sepia del ascenso social. Y lo que vino fue otra cosa: el supuestamente democrático “uno a uno” que nos permitía a “todos” viajar al exterior o comprar un jean o un perfume a cien dólares, la trampa para la exclusión.

"El cómico fuma una pitada y le dice al ex campeón: “Se vienen otros tiempos”"

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El verano del 88 se llevó hasta la posibilidad de ser una belleza, pues ser bella a partir de los 90 consistió en medir 1,78 y ser muy joven y delgada aunque con formas sinuosas. Pasamos de una tapa de la revista “Libre” con una morocha rotunda más parecida a una vecina, como Susana Traverso, a una tapa de Gente con una Valeria Mazza de exportación, rubia gringa de labios carnosos y nariz perfecta. No teníamos una vecina así.

Por eso ni siquiera podemos ponerle punto final a la década en el verano trágico del 89, ya que lejos de ser un asunto de farándula, fue el desenlace de un gobierno que no daba para más. La Tablada, jamás nos fascinó como despedida de década. Fue el punto final sangriento del gobierno de Alfonsín, un coletazo de las cosas que habían quedado pendientes: el problema militar, los derechos humanos, y una última patrulla de izquierda que no quiso rendirse tampoco.

El verano 90 fue de la híper y en el 91, volvió el color. Pero ni fluo ni pastel, dorado.Un dorado importado de Punta del Este. La nueva Meca de las clases medias hasta el 99.

Por eso, cada capítulo de la serie nos traslada a otro país, varios países. Los 60, los 70 y los 80. Y aún cuando evita el contexto político, uno percibe por detrás el devenir de buena parte de “la sociedad”, esa que al igual que Monzón u Olmedo, surfeaba los gobiernos.

"Pasamos de una tapa de la revista “Libre” con una morocha rotunda más parecida a una vecina, como Susana Traverso, a una tapa de Gente con una Valeria Mazza de exportación"

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Por ese mismo motivo, la serie saltó del cable e inundó toda la televisión de aire. Ningún programa de chimentos de la tarde dejó de hablar de ese verano. Desfilaron por los livings ex vedettes, amantes desconocidas de Monzón, la ex mujer del Facha Martel, su hijo Román, que aparece en la serie (que fue uno de los dos nenes que estuvieron en la casa de Pedro Zanni dónde se cometió el crimen). Por supuesto volvió Nancy Herrera, la mujer de Olmedo y hasta cartonearon pantalla amigos de amigos. Y Cacho Fontana, el tercero en discordia entre Olmedo y Nancy, también relató sus adicciones y desmadres.

Ver tele estos días fue ubicarse en aquellos años una vez más. Como si no se hubiera hecho nunca el duelo profundo de esa década. Como si algo nos hubiera anclado entre los Lobos de la Bristol. Hasta Susana, conmovida por la serie, llevó a su programa a los protagonistas de la ficción y al nieto de su ex pareja, el hijo de Silvia, la única hija mujer de Monzón. Tapas de revista para “Pelusa”, la primera esposa, y para Susana, que terminó confesando su volcánica relación. Y dos emisiones, en cable y en tele de aire, “La Mary”, la película mitológica donde la pareja se conoció. Nadie pudo resistirse al salitre vintage de esa temporada.

Crimen y castigo

La serie empieza la noche del asesinato de Alicia Muñiiz y enseguida se remonta al pasado del púgil.  Pobreza, raquitismo, ira contenida, Amilcar Brusa, su entrenador y “padre contenedor”, sus noches de exceso, sus golpes a la Pelu, su pasión por la velocidad, sus hijitos. Y así, en zigzag, cada capítulo va del  pasado a la reconstrucción de la caída. El mayor logro es que todos queremos saber cómo termina algo que conocemos perfectamente.

"Como si no se hubiera hecho nunca el duelo profundo de esa década. Como si algo nos hubiera anclado entre los Lobos de la Bristol"

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Incluye datos olvidados, guiños que traen a la memoria los motivos hasta ideológicos por los cuales muchos defendían a Monzón en esa época. Bernardo Neustadt era el periodista que más hablaba del tema y no ponía en duda la culpabilidad del boxeador, entonces  uno como en un frenético viaje al estilo de “Volver al futuro”, recuerda qué difícil era coincidir con Neustadt y hasta qué punto mucha gente defendía a Monzón por el simple motivo de no coincidir con el acomodaticio Bernardo, el Majul, más brillante y eficaz, de esos años.

El último capítulo es una maravilla: una Alicia entrampada en su deseo de tener una familia y a la vez en una relación imposible de sostener. Carla Quevedo, como esa Alicia llena de miedo y Jorge Roman, como ese Monzón irascible, violento y paranoico, nos ofrecen una escena cubierta de oscuridad y desesperación que traspasa la pantalla y nos deja una sensación de ahogo y asfixia, el vértigo del descenso final.

Se trata de la ficción del año. A través de la cual, al fin, nos despedimos de una buena vez de esa nostalgia tramposa. Eso que sí sucedió y añoramos como si nunca hubiera sucedido.


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1 Comentario

  • Mariana says: 6 septiembre, 2019 at 16:44

    Muy buena nota! Un placer leerla

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