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EVANGÉLICOS Y POLÍTICA: MÁS ALLÁ DE LOS CLICHÉS

Marcos Carbonelli @carbonellimarc1 Doctor en Ciencias Sociales UBA. Investigador Adjunto en CONICET. Docente en las Universidad Nacional Arturo Jauretche y en UBA.

El apoyo de algunas iglesias a la candidatura de Jair Bolsonaro en Brasil y las alusiones religiosas presentes en los protagonistas del golpe de Estado en Bolivia posicionaron a los evangélicos en el centro del debate público en Argentina, conmocionado a su tiempo por las controversias en torno a la despenalización del aborto, donde se pudo ver en la calle y de manera masiva, a fieles cristianos manifestándose contra esta posibilidad. En particular, cierta trama académico- periodístico- militante avizoró en este tipo de expresiones una suerte de materialización en nuestro presente del guion distópico de la serie Handmail´s Tale.

No es la primera vez que esto ocurre en tiempos democráticos. En los inicios de los noventa, cuando ya era evidente que los evangélicos crecían a expensas del catolicismo, publicaciones periodísticas como “Las sectas invaden la Argentina” de Alfredo Silleta y más tarde “Cristo llame ya” de Alejandro Seselovsky, construyeron e hicieron circular la nominación de esta forma religiosa como una fuerza extraña, poderosa y anti- derechos.  En el 2008, cuando el predicador Luis Palau realizó dos jornadas multitudinarias en el Obelisco porteño, las páginas de los diarios se llenaron de infografías y descripciones para describir “la novedad evangélica” e identificar sus conexiones políticas, esto es, los réditos que la clase dirigente argentina deseaba obtener a cambio de la concesión simbólica. No faltaron las alusiones al evangelista como un “puntero espiritual”.[1]

En las líneas que siguen me interesa problematizar estas tres etiquetas mediante un esfuerzo intelectual a contramano de la mirada hegemónica sobre evangélicos y política. Mientras que esta desencarna al objeto de sus matrices históricas y espaciales, “achatándolo”, simplificándolo, procuraré historizar su emergencia, mostrar sus heterogeneidades internas y de esta manera, ofrecer un panorama más complejo de las relaciones político religiosas como reemplazo a los clichés fabricado por ciertas tribunas progresistas.

"ser evangélico es ser siempre un extranjero. Una otredad. Un forastero que no habla nuestras lenguas ni comparte nuestras costumbres. Un extraño que siempre guarda segundas intenciones"

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La ajenidad evangélica

En lo que se dice y lo que se escribe usualmente sobre los evangélicos en Argentina se parte de una premisa: su total exterioridad y ajenidad con respecto a la cultura y el ser nacional. Desde esa perspectiva, ser evangélico es ser siempre un extranjero. Una otredad. Un forastero que no habla nuestras lenguas ni comparte nuestras costumbres. Un extraño que siempre guarda segundas intenciones. A pesar de integrar nuestra comunidad casi desde los tiempos de la independencia, cuando los evangélicos se movilizan son conceptualizados por las élites intelectuales rápidamente como lo novedoso y, acto seguido, rotulados bajo el halo de la sospecha. ¿Y estos quiénes son?, ¿de dónde salieron?

Contradicciones y perplejidades de nuestra historia, el mismo proceso migratorio fenomenal que entre finales del siglo XIX y principios del XX cambió para siempre nuestras costumbres y nuestros apellidos, que trajo a estas pampas a italianos, españoles, judíos, franceses y polacos (entre tantos otros), y con ellos, ideas socialistas y anarquistas, también consolidó el arribo de rezos, prédicas y versiones de la Biblia distintos a los de la catolicidad.

Rápidamente la jerarquía católica conceptualizó a estas formas religiosas como competidores implacables. Haciendo gala de sus contactos privilegiados con el poder político, los acusó de ser una fuerza extranjera, dañina y ajena a la identidad nacional, católica claro está. Y cuando ese relato encontró eco en los militares (dándole vida y forma al mito de la nación católica), la acusación trocó en persecución. Junto con otras minorías étnicas, sexuales y religiosas, en los frecuentes períodos dictatoriales los evangélicos pagaron el costo alto de la disidencia: prohibición de proselitismo en las calles, cierre de templos, represión a sus líderes.[2]

La recuperación democrática en 1983 oxigenó el espacio público, y brindó inéditas oportunidades para las actividades proselitistas de esa diversidad religiosa, hasta ese momento invisibilizada. Una nueva generación de pastores pobló las plazas, los teatros y cines venidos a menos por las crisis económicas con un mensaje fervoroso, cargado de redención. Sin embargo, la transformación más espectacular y al mismo más secreta y silenciosa se desplegó por fuera de las estridencias de los megáfonos, los estadios multitudinarios y las jornadas de salvación. Frente a un catolicismo cada vez más racionalista y enfrascado en los laberintos de la exigencia moral, los nuevos pobres encontraron en el discurso y práctica pentecostal un recurso eficiente para tematizar y acompañar su proceso vertiginoso de descenso social. Como escribió Pablo Seman en un texto pionero[3], los pobres no se hicieron evangélicos por desesperación o por cooptación: se convirtieron haciendo gala de una elección sólida, sustentada en la cercanía cultural con un discurso que les decía que Jesús sana y salva aquí y ahora, que el milagro se materializa en cotidianeidades tales como conseguir trabajo, salir de las drogas, reintegrar la familia diezmada.

Cierto es que ni la democracia pudo salvar a los evangélicos del hostigamiento. Hacia fines de los ochenta y principios de los noventa, nuevamente círculos católicos se preocuparon por los competidores, y reactivaron el discurso de la otredad adicionándole la etiqueta sectaria. Alertas sobre grupos “lavadores de cerebros” comenzaron a circular por los medios masivos de comunicación y hasta impulsaron un proyecto de ley de cultos orientado a redoblar las desigualdades y el control policíaco sobre la diversidad.[4] Pero el contexto ya era otro y los evangélicos tomaron la calle y bloquearon esta iniciativa, visibilizando la injusticia de la que eran objeto y exhibiendo, ante la sorpresa de no pocos, sus credenciales de argentinidad de larga data. Paradojas de la dinámica de nuestras arenas públicas, casi veinte años más tarde son los autodefinidos grupos progresistas los que aplican la última etiqueta: la del fundamentalismo.

"Frente a un catolicismo cada vez más racionalista y enfrascado en los laberintos de la exigencia moral, los nuevos pobres encontraron en el discurso y práctica pentecostal un recurso eficiente para tematizar y acompañar su proceso vertiginoso de descenso social"

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Las premisas falsas del poder

Los malentendidos en torno al poder evangélico echan raíces en la equivalencia trazada entre crecimiento demográfico y poder electoral. Tal como acontece con la producción y reproducción social de los clichés, una serie de datos verdaderos son objeto de una hipérbole que opaca el análisis e impide establecer matices y esquivar planteos lineales.

Ataquemos en primer lugar la parte de la “verdad”. Es cierto que los evangélicos crecieron en términos demográficos en Argentina. Según la última encuesta nacional realizada por el programa Sociedad Cultura y Religión del CEIL CONICET, [5]en un poco más de una década los evangélicos pasaron a ser del 9% al 15.3 % de la población argentina, mientras que en el mismo período el catolicismo retrocedió casi 14 puntos: eran el 76.5 % de la población argentina en 2008 y ahora son el 62.9%.  El cuadro se completa con el aumento vertiginoso de un tercer grupo: los sin religión ascienden en nuestro país al 18.9%, mientras que en el 2008 conformaban el 11.3% del total población. Resulta interesante analizar en simultáneo la relación entre estas tres fuerzas estructurantes del campo religioso, porque de allí se desprende la corroboración que el desgranamiento católico ha reforzado tanto las filas de los evangélicos como las de los desencantados de cualquier identificación religiosa. 

Estos datos demográficos, (sin duda importantes en la caracterización de los procesos de secularización y cambio religioso que atraviesan nuestro país), no legitiman, sin embargo, el salto analítico que enlaza estos números con la existencia y gravitación de una fuerza electoral evangélica. Si se examina la historia reciente se constata que los liderazgos evangélicos fracasaron sistemáticamente en sus intentos de alcanzar puestos de poder político, traccionando el voto de sus hermanos en la fe. Fracasaron en los mediados de los noventa cuando armaron el movimiento cristiano independiente, tanto en Córdoba como en Buenos Aires;  fracasaron en los dos mil cuando en diferentes distritos del conurbano diferentes pastores se candidatearon a intendentes y también más tarde cuando la diputada Hotton intentó constituir el espacio Valores para Mi País en el eje referencial de un voto interconfesional “a favor de la vida” y en contra del matrimonio entre personas del mismo sexo y el aborto.[6]Inclusive si se establece una comparación con las conquistas obtenidas en democracia por otras minorías, los evangélicos se contabilizan en el bando perdedor: en Argentina tenemos ley de matrimonio igualitario y ley de identidad de género, mientras que la ley de igualdad de cultos sigue en el debe, a pesar de haber sido la prioridad número uno de este grupo religioso durante muchísimo tiempo.[7]

"Si se examina la historia reciente se constata que los liderazgos evangélicos fracasaron sistemáticamente en sus intentos de alcanzar puestos de poder político, traccionando el voto de sus hermanos en la fe"

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En definitiva, las hipótesis más agoreras sobre el poder político y el poder electoral evangélico parten de una premisa no corroborada: la traducibilidad directa de las adhesiones religiosas en conductas políticas. En otras palabras, la idea que la adopción de un corpus de creencias religiosas y la puesta en marcha de prácticas devocionales convierte inmediatamente al creyente en parte de un rebaño que obedece siempre sumiso la voz de su pastor. Bajo este planteo, los evangélicos serían algo así como el espacio nunca alcanzado por las dinámicas de individuación y cuentapropismo religioso a la orden del día en otros grupos religiosos. Un campo donde la doctrina política y el mensaje político están siempre pegados, en todos los participantes. Esto puede ser cierto para la visión de los líderes, pero para los creyentes, ¿funciona de la misma manera? ¿Qué nos hace pensar que una persona, por convertirse al Evangelio, por haber sido rescatado de las drogas o por haber abandonado cualquier otro vicio, automáticamente va a sacrificar en el altar pastoral sus pertenencias políticas previas y va a claudicar en la rutina de producción de sus propias interpretaciones y decisiones políticas? En los diagnósticos apresurados, esos que confunden adrede creyente con votante, subyace una distancia de clase que se refuerza vis a vis con una presunción clientelar: por vivir en un mundo de urgencias y desesperanzas, las tribunas progresistas no consideran a los sectores populares (el núcleo duro de la creencia evangélica) actores capaces de ejercer a título propio la separación, en sus corazones y en sus mentes, de lo político y lo religioso. La citada encuesta del CEIL CONICET también muestra que el 64, 4% de los evangélicos está en desacuerdo con la idea de la existencia de un partido dirigido por líderes religiosos (pastores inclusive).[8]Como se puede ver, la urna no está siempre pegada al templo. 

Conservadurismo moral y legitimidad sociopolítica. Fundamentalista y fundamentales.

Resta desmontar la última etiqueta. La del fundamentalismo.  Un rótulo difícil, espinoso, porque es un concepto preñado de discusiones importadas y porque en su instalación en nuestro medios e intersecta en caliente con una de las políticas más sólidas: la de la extensión de derechos, sobre todos aquellos conectados con la esfera íntima. La intervención de federaciones y líderes de iglesias evangélicas, en Argentina y en el resto de Latinoamérica, pronunciándose en contra de la extensión de derechos sexuales y reproductivos (matrimonio para personas del mismo sexo, despenalización del aborto, ley de educación sexual en las escuelas) es innegable, un dato empírico corroborado por decenas de investigaciones y con el agregado de valor de sus alianzas inéditas con la jerarquía católica en estos procesos. Ahora bien, cabe insistir hasta el cansancio en la distancia existente entre el convencimiento, el proyecto y el lobby de las dirigencias religiosas, y el sentir de la feligresía de a pie y también en el hiato entre el proyecto público de los pastores más famosos, con más contactos políticos, y la conducta política de los creyentes. Un ejemplo a modo de refutación: cuando el matrimonio igualitario fue ley en Argentina en 2010, la federación evangélica ACIERA publicó y difundió en sus redes la nómina de los diputados y senadores que habían votado por la afirmativa, pidiendo que los hermanos en la fe se abstuvieran de votarlos en las elecciones de 2011.[9] Ningún análisis electoral de aquel entonces detectó la gravitación del voto evangélico.

Por otro lado, mientras las citadas intervenciones conservadoras refuerzan el etiquetamiento fundamentalista, en sentido opuesto crece una corriente cultural basada en la legitimación sociopolítica de este grupo religioso, un proceso menos rimbombante y de largo plazo, pero no por eso menos real. Esa legitimación se afinca en el trabajo social realizado por pastoras y pastoras en los lugares más empobrecidos del conurbano, su abordaje pionero del consumo problemático de drogas[10], su pastoral que integra restauración espiritual y material de las personas y que se encarna en comedores, talleres para la violencia de género, etc. Este reconocimiento sin brillo ni amplificadores, hace síntoma en ejemplos sencillos, como la música cristiana que se escucha y se vende en la vía pública; pero también en acciones más densas, como la integración de los pastores en la implementación de políticas sociales, que como mínimo data de la crisis del 2001. En un contexto de mayor desigualdad y empobrecimiento, con un Estado que tiene problemas estructurales para llegar con sus programas al territorio, para un número creciente de vecinos, dirigentes y militantes los evangélicos son fundamentales antes que fundamentalistas. Lo decía Esteban “el Gringo” Castro, referente de la UTEP en una entrevista concedida a Mariano Schuster en esta misma revista: “Pensaba que en esos espacios estaba disociada la fe de la lucha. No me daba cuenta de lo que hacían de verdad en muchas iglesias evangélicas en los barrios. Quizás yo esperaba que vinieran a una marcha o a un corte conmigo, como si todo tuviera que ser ese compromiso. Pero de repente empecé a ver lo que hacían en sus iglesias, sacándome ese prejuicio. Y por ahí tenían opiniones que nada que ver con las mías eh, pero lo que hacían tenía mucho que ver con el amor al pueblo”.

Coda

Los evangélicos no son actores novedosos en el paisaje socio-religioso de nuestro país. Su presencia estaba más bien invisibilizada por mecanismos políticos que estructuraron y aún estructuran de manera desigual la definición legítima de lo religioso. Multiplicaron su masa de creyentes merced a la eficacia simbólica de un discurso que religa lo trascedente y el barro, pero en la política y sobre todo en la política electoral, ganan y pierden como cualquier otro actor democrático y no están exentos del hiato entre dirigencias y bases. No son un rebaño: a veces sus líderes pueden conducir, otras veces no. Sin negar entonces la agenda conservadora de una parte importante de sus iglesias, la legitimación sociopolítica que ganaron “desde abajo” (legitimidad que se siente y se respira tanto en las calles de tierra de los barrios populares como en las oficinas donde se piensa cómo paliar la pobreza) obliga a complejizar los análisis y a tomarse un tiempo más antes de circular etiquetas que sólo producen más discriminación y que simplifican en demasía el tablero de alianzas y antagonismos del juego democrático.


[1]Alejandro Seselovsky, “El poder de la fe”, Crítica de la Argentina, 14 de marzo de 2008, 2-4.

[2] Para un análisis de las persecuciones de las que fueron objeto los evangélicos en la primera mitad del siglo XX en Argentina, ver Bianchi, Susana. (2004). Historia de las religiones en Argentina. Las minorías religiosas. Buenos Aires: Sudamericana.

[3] Semán, Pablo (2000). El pentecostalismo y la religiosidad de los sectores populares. En M. Svampa (comp.). Desde Abajo. La transformación de las identidades sociales. (pp. 155-180). Buenos Aires: Biblos-Universidad Nacional General Sarmiento.

[4] Ver Frigerio, Alejandro (1993). La invasión de las sectas. El debate sobre Nuevos Movimientos Religiosos en los Medios de Comunicación en Argentina. Sociedad y Religión. Sociología, antropología e Historia de la Religión en el Cono Sur. 10/11, 32-69.

[5]Mallimaci, F.; Giménez Béliveau, V.; Esquivel, J.C. & Irrazábal, G. (2019) Sociedad y Religión enMovimiento. Segunda Encuesta Nacional sobre Creencias y Actitudes Religiosas en la Argentina. Informe de Investigación, n.º 25. Buenos Aires: CEIL-CONICET. ISSN 1515-7466

[6] Analicé esta secuencia de derrotas en mi libro “Los evangélicos y la política en Argentina. Crecimiento en los barrios y derrota en las urnas”, publicado por Biblos en el corriente.

[7] Para entender el fracaso evangélico en su lucha por una ley de igualdad religiosa en Argentina, invito a leer el artículo que escribimos con Daniel Jones “Igualdad religiosa y reconocimiento estatal: instituciones y líderes evangélicos en los debates sobre la regulación de las actividades religiosas en Argentina (2002-2010)”, publicado por la Revista Mexicana de Ciencias Políticas y Sociales. Año LX, N.º 225, 139-168.

[8]Mallimaci, Esquivel, Giménez Béliveau & Irrazábal (2019) Segunda Encuesta Nacional de Creencias y Actitudes Religiosas en la Argentina

[9]Pulso Cristiano, Año 7, N.º 191, 18 de agosto de 2011

[10] Cfr. el trabajo de Algranti, J., & Mosqueira, M. (2018). Sociogénesis de los dispositivos evangélicos de “rehabilitación” de usuarios de drogas en Argentina. Salud Colectiva, 14(2), 305-322.


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1 Comentario

  • moonadaescasual says: 14 octubre, 2020 at 18:16

    Sin lugar a dudas el trabajo pastoral de contención que han realizado y realizan, ahí donde a veces no llega el Estado y tampoco el partido político, es que, en lugar de estigmatizarlos, hay que sumarlos al movimiento nac&pop. Hoy, los pastores pueden ser en esas barriadas, los nuevos punteros políticos, lo que por supuesto, coincido con el autor, no quiera decir que se traduzca en votos, pero ningunearlos de ninguna manera. Gracias Marcos

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