25 / 05 | Política

HUMORES POLITICOS: DE LA INTENSIDAD A LA PRUDENCIA

“Un espacio liso como el mar no tiene cualidad política”.

Carlo Galli

1. La grieta tiene una expresión emocional. Si algo divide al campo político argentino es la distribución de los humores: de un lado el amor y la pasión; del otro el odio y el resentimiento. Y en el medio lo tibio: la moderación, la neutralidad, lo gris, Corea del centro. Pienso, por supuesto, en la autopercepción, en el modo en que los actores se ven orgullosamente a sí mismos y críticamente a sus adversarios: “nosotros intensos/ ellos tibios”, “nosotros moderados/ellos desmesurados”. Hablo del kirchnerismo, de Cambiemos, del peronismo pragmático y de la posibilidad de existencia de algo así como un progresismo socialdemócrata: ¿es posible pensar una política de la moderación en la Argentina agrietada? ¿Puede la moderación ser el combustible de un proyecto político durable?


2. Basta con remitirse a dos acontecimientos recientes: la presentación del libro de Cristina Kirchner, Sinceramente, en la última Feria del Libro y el anuncio de la fórmula Fernández-Fernández, con solo diez días de distancia; y las reacciones de la dirigencia y de cierto periodismo a esos acontecimientos políticos desbordantes de emociones intensas. 

Del libro, Joaquín Morales Solá dijo que era “un repaso de sus odios”, en línea con el síndrome de Hubris que Nelson Castro supo diagnosticarle a la expresidenta: síndrome de personalidad desmedida, excéntrica, desenfrenada, ambiciosa. También de Eva se decía que era una “descamisada sin frenos”. Se trata del mismo periodista que escribió Los Kirchner, la política de la desmesura (2003- 2008), donde decía, sobre el ex presidente: “Kirchner ha hecho un elogio de la desmesura. Su desmesura existe. Pero ¿es elogiable la desmesura?”. La desmesura es válida como hecho literario propio del realismo mágico: trasladada a la política es destructiva. 

Sobre el anuncio, Mariana Moyano dijo que iba “directo al corazón” (“CFK tomó el mando y rearmó el triángulo calma-emoción y política que andaba medio difuso entre ceños fruncidos, intensidades, expedientes y absolutos”. También Fernando Rosso refirió al anuncio como un gesto de “audacia y moderación”. Otros manifestaron sentir tristeza por no ver a su líder encabezando la fórmula. Fernández Diaz, por su parte, dijo, en su columna dominical, que “la Pasionaria del Calafate (…) sabe que hay que abandonar la intransigencia, hacer concesiones y sacarse fotos poco heroicas” y que “el kirchnerismo en sangre es una una patología contagiosa y chavista”.

"La moderación se modula, habitualmente de forma peyorativa, en torno a las figuras de lo neutro, lo gris, lo tibio:"

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De allí han surgido también las resignificaciones sobre el propio ethos intenso, desmesurado y apasionado: “Nosotros tenemos el amor, ellos el odio”, “CrisPasión” y “KiciLove”, “Yegua, puta y montonera”. La desmesura como épica.

¿Qué emociones se autoatribuye Cambiemos? Llama a “entusiasmarse” y a “apasionarse” por un proyecto. El político macrista es un “apasionado por hacer (lo que hay que hacer)”. En tanto ingeniero, en tanto “hacedor”, Macri dice sentir amor por las obras: “por ahí influye mi carácter de ingeniero, debo confesar que siempre las obras me apasionaron, porque la transformación produce como algo mágico y para siempre en cada comunidad” (29 de julio de 2017, La Rural). Pero ¿se puede ser un apasionado del deber-ser?

3. La moderación se modula, habitualmente de forma peyorativa, en torno a las figuras de lo neutro, lo gris, lo tibio: “En esto se es evangélico: o se es frío o se es caliente, a los tibios los vomita Dios”, le dijo Julián Dominguez a Scioli en el 2013, evocando el verso del Apocalipsis: “Yo conozco tus obras, que ni eres frío ni caliente. ¡Ojalá fueses frío o caliente! Pero por cuanto eres tibio, y no frío ni caliente, te vomitaré de mi boca”. También Evita decía, en Mi mensaje: “Solamente los fanáticos –que son idealistas y son sectarios– no se entregan. Los fríos, los indiferentes, no deben servir al pueblo. No pueden servirlo aunque quieran. Para servir al pueblo hay que estar dispuestos a todo, incluso a morir. Los fríos no mueren por una causa, sino de casualidad”. En el espacio de la efervescencia militante la tibieza es indicio de traición y falta de fidelidad a la causa, pero también de falta de vitalidad. Así lo dice Gramsci: “Creo que vivir quiere decir tomar partido. Quien verdaderamente vive, no puede dejar de ser ciudadano y partisano. La indiferencia y la abulia son parasitismo, son bellaquería, no vida. Por eso odio a los indiferentes”.

En la presentación de Sinceramente  Cristina dijo no creeren los que se consideran neutrales: “Jamás fui neutral”. “Yo me muero como viví” parece ser el lema de los necios, es decir, de los incorregibles que Cristina reivindicó esa noche intensa, retorciendo también las palabras de Borges. Aunque en Borges lo incorregible parece ser una figura neutra, que rompe el paradigma bueno/malo (“los peronistas no son ni buenos ni malos”), termina pareciéndose a la intensidad, por ser del orden de lo que no cambia. En el video de presentación de la fórmula presidencial, en cambio, esta intensidad aparece moderada: es necesario deponer ambiciones personales en pos de un proyecto más amplio: “dejando de lado ambiciones o intereses personales asumo con gran compromiso y responsabilidad este nuevo desafío, con el convencimiento absoluto de que es lo mejor para nuestro pueblo y nuestra Argentina”.

La intensidad es vitalidad, entrega, sacrificio, insistencia (incluso obstinación), perdurabilidad y, sobre todo, estabilidad: sin embargo, también se suele acusar de “inestable” a quien experimenta emociones intensas. Lo moderado aparece en contraposición como el dominio de lo parcial, lo provisorio, lo contingente (la “casualidad”, retomando a Evita), aunque también se pretende estable, pero menos por su continuidad que por su carácter sereno: “La vi serena” fue quizás el eco que más circuló, con iguales dosis de entusiasmo y decepción, a propósito del tono de Cristina. Ysin embargo a los tibios se los suele acusar de “veletas”, cambiantes e inestables.

"Leer políticamente la división supone no atribuirle mecánicamente un origen sociológico-económico (la grieta como reedición de dicotomías históricas o como lucha de clases o “Macri es la dictadura”) y no adjudicarle un carácter moral (la grieta como división inexorable entre corruptos y probos"

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4. De modo que en la distribución de los humores está en juego el orden y la estabilidad, así como el combustible, la energía que mueve la máquina política. ¿Puede la moderación mover esa máquina?

Vivimos en la Argentina de la intensidad política pero también, según el diagnóstico acertado de Durán Barba, en una Argentina apática. Rechazo y apatía son dos formas de la negatividad política, aunque muy diferentes entre sí. Si el primero lleva a la radicalización y a la exclusión del otro, la segunda lleva al repliegue y a la privatización de la vida. ¿Implica esto que la apatía es una vía hacia la moderación, hacia la democracia tocquevilleana de las asociaciones comunitarias y el small talk? ¿O también conduce al conflicto y la división?

5. La pregunta por el lugar para la moderación política en un terreno polarizado es una pregunta genuina pero también interesada, en la medida en que presupone una preferencia ética, que todavía requiere ser definida y defendida: la preferencia por la moderación “bien entendida”. Dice Barthes: “lo Neutro es una manera de buscar –libremente– mi propio estilo de presencia en las luchas de mi tiempo”; lo Neutro es una guía de vida, un proyecto ético: “quiero vivir según el matiz”. 

"Para pensar la modulación de los humores quizás sea necesario trastocar moderación por prudentia. Una prudencia menos en clave aristotélica, concebida como virtud ética, que en clave maquiaveliana, como capacidad de dirigir la acción, como arte de decidir"

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La posibilidad de la moderación bien entendida apunta menos a ganar elecciones que a concebir un horizonte democrático común, un modus vivendi, y en esa medida comporta una serie de apuestas ético-políticas: la primera es el derecho a la duda, a no disponer de certezas últimas. Esto supone, ante todo, la oportunidad de cambiar de opinión sin que eso ponga en jaque el horizonte de estabilidad. Esta es una apuesta por la crítica, y especialmente por la autocrítica, como lugar de enunciación no fundado en verdades únicas. Es en ese sentido que, para Barthes, lo Neutro no puede decirse “francamente”: “lo peor de la franqueza es que, en general, es una puerta abierta, muy abierta, hacia la necedad”. Tal vez la política deba pensarse más como “corregible” que como “incorregible”.

La segunda apuesta es a la politización del conflicto, no a su cristalización en lecturas instrumentalistas o morales. Leer políticamente la división supone no atribuirle mecánicamente un origen sociológico-económico (la grieta como reedición de dicotomías históricas o como lucha de clases o “Macri es la dictadura”) y no adjudicarle un carácter moral (la grieta como división inexorable entre corruptos y probos: “está en juego el alma de la Argentina”, en palabras de Peña). Una moderación del conflicto político requiere de acuerdos institucionales fuertes capaces de encauzar la crisis en partidos, organizaciones sociales y líderes. ¿Qué tipo de cualidades políticas pueden, de facto, llevar adelante esta tarea? 

La tercera apuesta es entonces, por la prudencia. Para pensar la modulación de los humores quizás sea necesario trastocar moderación por prudentia. Una prudencia menos en clave aristotélica, concebida como virtud ética, que en clave maquiaveliana, como capacidad de dirigir la acción, como arte de decidir. Como en otras coyunturas de crisis terminal, vuelve a emerger la tensión entre el arquetipo del político romántico y el político pragmático. La política de la convicción nunca es moderada, así como el amor y el odio no son moderados; el pragmatismo, en cambio, es plástico, sabe surfear las olas de su tiempo, puede polarizar o neutralizarse según su conveniencia o según las demandas de la hora. En eso reside, a grandes rasgos, la prudencia. El mar que navegamos no es una superficie lisa sino picada: es el terreno ideal para el despliegue de una política prudente. El anuncio reciente de Cristina Kirchner parece ir en ese sentido.


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