16 / 06 | Ciudades, Cultura

JULIO RAVAZZANO SANMARTINO, PROFESOR DE LUNFARDÍA MODERNA

“En bacana cuarentena / En esta vida rantifusa / De querusa encontré un broli / Del poeta de la zurda”

Suelo recordar a menudo con amigos, que fui muy dichoso cuando pibe. A mediados de la década del setenta del siglo pasado, promediando los diez años de vida, mi abuelo paterno, Don Américo, solía despertarme los sábados a la mañana en esa casa que compartíamos en Ramos Mejía, para que lo acompañara en su rutina inquebrantable de visitar a sus únicos dos tíos con vida. Eran un par de hermanos solterones, Ema y Vicente, que vivían en el barrio ‘las mil casitas’ en Parque Chacabuco. En verdad se llama “Emilio Mitre”, su origen deviene de 1913, cuando la municipalidad realizó un contrato de construcción de barrios para obreros y para empleados de la Compañía de Construcciones Modernas, empresa anglo-argentina creada especialmente para ese fin. Eran 10.000 las casas contratadas, sólo se construyó la mitad y para 1929 se rescindió el contrato. “El Mitre” es unos de los terminados. Así que viajábamos hasta Liniers en colectivo, para desde allí abordar otro, el colectivo 4, que nos dejaba en Emilio Mitre y Asamblea, justo la esquina del parque.

Desandábamos un par de cuadras para introducirnos en los pasajes de ese maravilloso barrio, cuyas calles llevan nombres tan curiosos como “De las artes”, “De la ciencia” y “Del buen orden”. La visita consistía en que ellos tomaban una buena ronda de mates, en tanto yo desayunaba un suculento café con leche, con ese café que salía de los filtros de tela, acompañado por un pan Felipe cortado al medio, untado con manteca y azúcar. Después, la diversión estaba asegurada: nos cruzábamos hasta el parque para disfrutar un rato en las hamacas. En ese momento, las hamacas más altas que había conocido. Promediando el mediodía, con el abuelo, nos íbamos caminando despacito hasta Rivadavia y Centenera. Allí, nos introducíamos en el Café El Progreso, pegadito a la entrada del Mercado homónimo, ahí sobre Rivadavia al 5400, a esperar a que mi viejo cerrara el puesto de la carnicería. 

En esas mesas de El Progreso, obtuve mis primeras clases de “cafetín porteño y barra de amigos”. A poco que nos sentábamos, arribaban los amigos del abuelo. Mientras ellos degustaban un Negroni, un Cinzano, y alguno hasta una Cubana, yo disfrutaba de una Coca y un triolet (bandeja que acompañaba al vermouth con 3 ingredientes: papitas, palitos y aceitunas). Y fue en una de esas teñidas de amigos y café, que un buen sábado entró al salón un señor que me llamó la atención. Al igual que mi abuelo, usaba un fedora (sombrero de fieltro y ala ancha) y llevaba un poncho sobre unos de sus hombros, tenía bigotes finitos al estilo Polaco Goyeneche de los sesenta. Saluda con gracia y mientras recorre las mesas, va dejando ejemplares de sus libros. Le pregunté al abuelo si sabía quién era y qué hacía. ‘Por supuesto que sé, es don Julio’, y ahí nomás despachó un: ‘Julio, vení, te presento a mi nieto, quiere saber quién sos’. El hombre vino hasta la mesa y recitó.

Yo soy un hombre sencillo/servicial y consecuente/el que atraviesa valiente/las cien barriadas porteñas/aquel que cantando enseña/su lirico corazón/el que vive, canta y siente/su gloriosa profesión. (Así me hizo la calle)

Quedé extasiado. La prosa y la manera de expresar me fascinaron. Al terminar, dejó unos ejemplares de sus libros sobre la mesa. No tenían precio y, según me explicó el abuelo, los vendía a lo que pudieran pagárselos. Así llegó a mis manos Academia Lunfarda, y hoy, como dice el verso del inicio de ésta nota, lo rescaté.

"Al igual que mi abuelo, usaba un fedora (sombrero de fieltro y ala ancha) y llevaba un poncho sobre unos de sus hombros, tenía bigotes finitos al estilo Polaco Goyeneche de los sesenta"

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Poco se ha escrito y poco se sabe sobre don Julio Ravazzano Sanmartino. Un personaje de una porteñidad y un Buenos Aires que ya no existen.

De los pocos datos que se pueden saber, hay que decir que nació en el mes de julio de 1914, por supuesto, en la ciudad de Buenos Aires, que era del barrio de Paternal y, según dicen algunos testimonios, compartió tiempo en la ‘gayola’ con Don Hugo Del Carril. Sí nos consta que ni siquiera es miembro emérito de la Academia Porteña del Lunfardo y una de las principales páginas web sobre tango lo ningunea como autor del tango: “En un feca” que interpretaran Edmundo Rivero, Adriana Varela y La Chicana, entre otros y, que justamente lo tiene publicado en el libro que cito aquí mismo. No debería extrañarnos el destrato para con su obra, otros tan grandes como él sufrieron el desconocimiento de parte de algunas élites.

Para algunos es el hermano menor de Julián Centeya y Carlos De La Púa. Horacio Sacco, integrante del grupo literario Cesar Vallejo, es uno de los pocos que ha rescatado su memoria:

Es imposible entender el significado integral de los poemas de Julio Ravazzano Sanmartino, si uno no es un lunfardólogo académico o sin un glosario a mano. Precisamente uno de sus libros se llama Academia de lunfardo. Esto es algo que el autor sabe muy bien. Astutamente juega con ese plus de hilaridad y atracción que ejercen sus versos. El no entender, curiosamente, lo hace atractivo, y ubica al lector como extranjero en su propio idioma. El no entender también invita al lector a ingresar a un espacio y un tiempo de pura ensoñación, donde se divierte y corre a sus anchas el autor. Cabalgando sobre Borges, dirá Foucault que para Occidente lo raro, lo extraño, lo inverosímil y lo imposible sucede en la lejana China. Un territorio real y a su vez irreal, como el Buenos Aires de ayer y los increíbles personajes de Julio Ravazzano Sanmartino. Publicista, marketinero y escritor, todo en uno. Don Julio, sin pedirle permiso a nadie, se nombró a sí mismo Vocero del suburbio, un suburbio fantástico e inverosímil. Un suburbio como máscara y cáscara de lo real, que como todo el mundo sabe, no existe. ¡Ah, sin embargo!, como diría aquel haiku japonés.

Y agrega en su semblanza: No hay excelencia en la obra de este curioso, querible y comprador personaje porteño, si por excelencia se entiende algo bien escrito, aún en lunfardo. Hay rimas apuradas, recurrencia abusiva de terminología lunfarda críptica, desaprensivas redundancias, lugares comunes, errores de sintaxis, en fin, hasta faltas de ortografía. Julio Ravazzano Sanmartino no es, claro está, Felipe Fernández (Yacaré), Dante A. Linyera, Carlos de la Púa, Julián Centeya o Celedonio Flores, a quienes seguramente leyó con avidez. Ni siquiera Carlos Waiss, el letrista de D’Arienzo, ni menos que menos Luis Alposta. Pero tiene creatividad, humor y una chispa desbordante. No hay excelencia en su obra: el excelente es el autor. Julio Ravazzano Sanmartino habla un lunfardo angelizado, pícaro y zumbón, o como dicen sus libros la gualén de la yeca posta, si usted prefiere la auténtica lengua de la calle. Porque quizás, no haya nada más auténtico que lo que pueda imaginar un melancólico corazón porteño.**

A los curdas

Atención presten los curdas/los amigos del escabio,/los de enardecidos labios/por el alcohol inmortal,/los que beben a raudal/pa’ callar al de la zurda,/los amigos del estaño/del boliche y de la curda.

Yo soy un curda de ley/y tomo porque me gusta,/el escabio no me asusta/ni le temo en realidad,/del licor la variedad/me gusta probar a diario,/y el que aprobó la ley seca/no fue un curda, fue un otario.

Mi apoyo es un mostrador/y mi amigo un botellón,/para aclarar la razón/nada mejor que un moscato,/en mis gloriosos relatos/al vino lo pinto en prosa,/y para mí el paraíso/yo creo que está en Mendoza.

Los envasados de origen/los prefiero en realidad,/pero aclarando la verdad/a ninguno lo desprecio./por el barril tengo aprecio,/¡la botella me engalana,/y tal vez porque son damas
quiera más la damajuana.

Secos, dulces y abocados,/claretes, rosados, tintos/yo no les miro el precinto,/ni me importa de sus nombres,/y aunque a muchos les asombre/mi forma clara de hablar,/a mí no me importa un pito./yo nací para chupar.

Si yo fuera Presidente/en la Rosada pondría un boliche/y en la puerta un afiche/invitando al tomador,/cien mozos y un mostrador/todo lleno de licores,/una guardia de chupadores/en honor a la virtud,/y un decreto que expresara/por el pueblo curdela.. salud.


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4 Comentarios

  • Marina says: 16 junio, 2020 at 15:00

    Hice toda la primaria en la escuela Zinny, que está en el centro de ese barrio de pasajes, y mi abuela me llevaba a comprar al mercado del Progreso al puesto de carne de Los Hermanos, solo porque eran de River como ella. Gracias por la descripción de tu infancia.

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  • OsvaldoTangir says: 16 junio, 2020 at 15:02

    Hermoso y sentido rescate de un poeta popular. Don Julio era ubicuo, parecía estar en todos lados a la vez, siempre con su paso blandengue y si sonrisa lastrada. Felicito al periodista por su nota, conmovedora.

    Reply
  • OsvaldoTangir says: 16 junio, 2020 at 15:05

    Hermoso y sentido rescate de un poeta popular. Don Julio era ubicuo, parecía estar en todos lados a la vez, siempre con su paso blandengue y si sonrisa lastrada. Felicito al periodista por su nota, conmovedora. Salú

    Reply
  • Ernesto Volturo says: 16 junio, 2020 at 15:35

    Como siempre lo tuyo es muy bueno. Éste es muy emotivo para mi. Abrazo [email protected]

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