26 / 12 | Política

LA CULPA ES DE YPF


Hace unos años, en una comunidad indígena del oeste formoseño, dos personas se pusieron a discutir. Una de ellas tomó una de las miles de piedras que YPF había colocado para mejorar la ruta de salida de los camiones que trasportaban el petróleo, y se la tiró a su oponente. El caso resonó en varias comunidades, y ante el reclamo, el agresor se defendió “la culpa es de la petrolera que trajo las piedras”.

Leemos notas, artículos y entrevistas que buscan explicar de forma desarticulada un discurso que solo tiene sentido en el propio territorio. La culpa es de la petrolera por haber traído las piedras, la culpa es de lo que vino sin ser invitado. La culpa es de todo lo que no sea indígena, ubicando al Estado en una falsa dicotomía con los derechos ancestrales.

Ese derecho que no es definido nunca de manera correcta por fuera de cada territorio que lo reclama. El derecho ancestral es el convenio 169 de la OIT, es la declaración de Derechos Humanos, es Occidente salvando errores de hace más de 70 años. Ahora bien, el error no se soluciona entregando títulos de propiedad.


El caso paradigmático de Formosa, la Comunidad La Primavera, tiró por el suelo más de 34 años de trabajo. Más allá de los dimes y diretes de la opinión pública, el caso fue un punto de inflexión para todos. Cada persona eligió un bando y, cuando hay que elegir en una situación que desconocemos, el progresismo sin sentido nos brota por los poros y nos ponemos del lado del que consideramos débil. Y en La Primavera el grupo Qom que estaba cortando la ruta fue el elegido.

"El caso paradigmático de Formosa, la Comunidad La Primavera, tiró por el suelo más de 34 años de trabajo"

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La construcción de la imagen era contundente. Policías armados de un lado e indígenas con arcos y flechas del otro: la elección más fácil de la historia. Se eligieron bandos, vino el premio Nobel, vino Lanata, vino Menchú y, en Buenos Aires, la facultad de Filosofía y Letras juntaba firmas para intervenir Formosa. Eligieron un bando, opinaron y protestaron. Algunos, en el proceso se desencantaron con la lucha pero ya era tarde para decirlo y Dios nos libre de reconocer que nos equivocamos.

Vinieron. Se fueron. Y acá, se quedaron los de siempre intentando reconstruir los lazos de una comunidad que cada vez se mostraba más reacia al contacto con “lo otro” porque eso otro, que vino como progresismo, volvió a colonizarlos. Hablando en su nombre, dirigiendo un discurso, eligiendo palabras, vestimenta y tono. Ese porteñismo que entra a los portazos diciendo “no sé de qué hablan pero me opongo”, al que le encanta venir a Formosa a ver indígenas pero desconoce a los Qom de Derqui. Pero se van, se van porque se aburren y se dan cuenta que de a ratos es divertido volver a ser el salvador pero poner el cuerpo, es otra historia.

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Pasan los meses y se decepcionan porque su referente indígena transa con el gobierno más reaccionario de los últimos años, se decepcionan porque ese buen indígena toma decisiones propias, porque ese indígena al que quieren enviar al monte termina sentado en una oficina pública. Se decepcionan porque al final de cuentas, ese indígena quiere lo mismo que tienen ellos. Entonces se les cae la bandera de la comunidad, de la naturaleza, la caza y la recolección y la vida en armonía. Se cae todo. De este lado quedamos nosotros, los de siempre, intentado reconstruir algo que se rompió hace tiempo.

"La construcción de la imagen era contundente. Policías armados de un lado e indígenas con arcos y flechas del otro: la elección más fácil de la historia. Se eligieron bandos, vino el premio Nobel, vino Lanata, vino Menchú y, en Buenos Aires, la facultad de Filosofía y Letras juntaba firmas para intervenir Formosa."

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Los pueblos indígenas tienen su historia, tienen su cosmovisión, tienen sus propias y diversas trayectorias que se entremezclan con la presencia o ausencia del Estado. Y es que el estado de naturaleza, el buen salvaje de Rousseau nunca existió, lo que sí existió y existe es un indígena con más o menos contacto, con más o menos derechos civiles, con más o menos expectativa de vida. Y en la suma y resta de estas posibilidades el azar no ejerce, ejerce la política pública.

El Estado formoseño no será perfecto, pero está. Porque la historia de Latinoamérica no es la de Occidente, y la de Buenos Aires no es la de Formosa. Y el azar no tiene lugar cuando vemos en alguna de las 360.000 hectáreas de propiedad comunitaria una de las 144 Salas de Jardín, de las 123 Escuelas de Modalidad Intercultural Bilingüe, de los 44 Secundarios, las 3 Escuelas Agrotécnicas y el Instituto de Formación Superior.

"Pasan los meses y se decepcionan porque su referente indígena transa con el gobierno más reaccionario de los últimos años, se decepcionan porque ese buen indígena toma decisiones propias, porque ese indígena al que quieren enviar al monte termina sentado en una oficina pública."

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El Estado está presente, cuando nuestras aulas se pueblan de niños y niñas acompañados por docentes indígenas. En el número cada vez mayor de estudiantes universitarios que se reconocen pertenecientes a pueblos indígenas. En los nuevos caminos, la luz eléctrica y el agua potable. En los 3 hospitales y en los 54 Centros de salud ubicados en las comunidades indígenas con población mayor a 700 habitantesEn el trabajo de las y los Agentes Sanitarios y Parteras tradicionales; en las enfermeras y enfermeros universitarios indígenas. En la reducción de la tasa de mortalidad infantil que en el año 1985 era de 131 por mil, y hoy se encuentra en 11.5 por mil.

Esa cosa que algunos ven como ineficiente, es la política pública. Es la piedra de YPF que en una discusión nos tiramos por la cabeza, porque tenemos la certeza de que tarde o temprano termina arreglando lo que otros rompieron.

 


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