27 / 03 | Mundo, Política

LA CULPA ES DEL OTRO

Breve crónica del comportamiento del oficialismo francés ante la expansión del Coronavirus.

El domingo 15 de marzo, en un gesto elocuente de capitalización política de la desgracia, Emanuelle Macron ordenó el cierre de bares y comercios dedicados a la venta de productos no esenciales, pero no suspendió la primera vuelta de las elecciones municipales, previstas para el mismo día. La acumulación de personas en las escuelas donde había que votar fue propiciada institucionalmente al tiempo que se reprochaba a los ciudadanos “apiñarse en parques, pasear al perro o a los niños y salir a correr o a hacer ejercicio”. Doce días antes, los periodistas Cédric Mathiot y Fabien Leboucq habían publicado en el legendario diario Liberation que el gobierno optó por “no almacenar barbijos hasta finales de febrero”, un hecho repudiado por los médicos locales, “que están en la primera línea en la lucha contra la pandemia”. El Ministro de Salud, Olivier Véran, respondió a las quejas recién el 23 de febrero, encargando varias decenas de millones a diversos fabricantes.

Las consecuencias de esta dilación se pusieron de manifiesto en numerosos artículos que hicieron pública la inquietud del personal de salud. En el Télégramme, un médico contó: “Fuimos a buscar barbijos a los negocios de bricolage, el único lugar que nos quedaba. Encontramos máscaras para pintura. Estoy furioso, sobre todo tras recibir en mi gabinete un paciente potencialmente afectado por el coronavirus. Cuando veo a alguien que tose en mi sala de espera, me pongo una de esas máscaras para pintura, pero no tengo nada para el paciente. ¿Y después se nos va a poner en cuarentena si encontramos un paciente sospechoso, reduciendo cada vez más la cantidad de médicos? Se dice que se hace lo posible por mejorar la situación rápidamente, lástima que lleven acumulado tanto retraso.” Otros medios notificaron que se están usando barbijos encargados durante crisis similares anteriores, pero se trata de partidas vencidas que datan de diez años, o más. También consignan que en 2005, dentro del plan de prevención de la pandemia de la gripe aviar, se creó una estructura nacional en la que cinco empresas francesas fueron contratadas por el Ministerio de Salud para fabricar máscaras respiratorias, pero que, a partir de 2010, el Estado clausuró los encargos, paralizando la iniciativa y dejándola fuera de servicio. Macron no acusa recibo e insiste en la responsabilidad individual del ciudadano, en que es él quien libra personalmente esta “guerra contra un enemigo invisible” y en que el confinamiento es la llave maestra de la salvación.

Los chalecos amarillos, las manifestaciones de la CGT, las protestas de estudiantes por la reforma educativa y el oprobioso comportamiento de la policía, que arrastró de los pelos a feministas que marcharon el 8 de marzo, parecen hitos de un pasado remoto, cancelado gracias al encierro forzoso. Muchos franceses, quizás desinformados, quizás rebeldes o temerarios, se resisten, sin embargo, buscando pretextos absurdos para salir a caminar bajo los primeros soles de la primavera, otorgando al gobierno más argumentos para incriminarlos.

"Macron no acusa recibo e insiste en la responsabilidad individual del ciudadano, en que es él quien libra personalmente esta “guerra contra un enemigo invisible” y en que el confinamiento es la llave maestra de la salvación"

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El 4 de marzo, Jérôme Salomon, Director General de Salud Pública, dijo en diálogo con BFMTV, primera cadena de radio y televisión del país: “Los barbijos no tienen ningún interés para el gran público”, al tiempo que otros funcionarios alentaban a los ciudadanos a “votar bien en las municipales”. Veinte días después, Christian Lemann, médico y escritor, publicó en Liberation “… proliferan discursos de políticos que intentan desesperadamente cubrir sus errores, mintiendo descaradamente con la esperanza de que todo pase pero no se gana la confianza de las tropas sosteniendo una mentira. Jérôme Salomon, director general de Salud Pública, llegó a decir en televisión, siguiendo a Sibeth Ndiaye (senegalesa nacionalizada francesa, encargada de las relaciones públicas de Macron) que la ausencia de máscaras no era grave porque de cualquier manera los franceses no hubiesen sabido usarlas. Cuando se es médico infectólogo y especialista en salud pública hacen falta las pelotas de un toro para emitir tamaña enormidad. Imagínese, en el comienzo de los años del Sida, un director general de salud declarando que si se lo supiera usar, el preservativo para todo el mundo hubiese podido ser una estrategia.” En otra de sus columnas, Lemann fue todavía más crudo: “Un colega, socorrista en Compiègne, murió por el coronavirus. Su hijo celebró la abnegación del padre y sus horas extras voluntarias. Sabemos que habrá otros cuidadores infectados, que algunos de nosotros moriremos por el virus y por la falta de material y protecciones adecuadas. Sabemos que muchos profesionales de la salud absorberán, cuidado tras cuidado, vida salvada tras vida salvada, cargas virales repetidas capaces de matarlos. Véran es médico, podría haber sido nuestro capitán, incluso si no teníamos ninguna confianza en las acciones de un gobierno que se autofelicita en los medios. En cambio, se atrevió a decir: «La mayor parte de los cuidadores infectados van a ser contaminados fuera del hospital, es por eso que nosotros insistimos mucho sobre el respeto de los gestos defensivos y el confinamiento» Esta frase es grotesca e insultante. Es irrespetuosa de los profesionales cuidadores (médicos, enfermeros, kinesiólogos, ayudantes, brigadistas) que van a ser expuestos durante largas horas al coronavirus y, en el caso del personal de urgencias y reanimación, a cargas virales mayores y repetidas. En lugar de haber estado provistos con material de protección adecuado y con una cantidad de camas suficiente, han sido víctimas de un dogma económico neoliberal que privilegió la gestión a corto término y las economías emparchadas. Si seguimos la explicación de Olivier Véran, los cuidadores están más expuestos fuera del hospital, caminando por la calle o un parque que rodeados de enfermos entre cuatro paredes.” Mientras tanto, los franceses testimonian día a día el endurecimiento de las penas a quienes no cumplen con el confinamiento. Periódicamente se renuevan los formatos de una suerte de declaración jurada con la que los ciudadanos deben justificar su presencia en la calle, aunque, al menos en París, la normativa parece excluir a los sin techo, que siguen viéndose refugiados en sus carpas o pidiendo limosna en las puertas de los supermercados. Casi semanalmente, el presidente Macron amonesta por cadena nacional a quienes insisten con salir a la calle en plena cuarentena, sin acusar recibo de las deficiencias sanitarias acumuladas a lo largo de los últimos años. Pareciera que la expansión del virus en Francia es, para el oficialismo, una consecuencia exclusiva de la irresponsabilidad ciudadana.

Fotos: Nancy Giampaolo


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