04 / 05 | Cultura

LA ERA DORADA DE LA DOCUFICCIÓN

Hace diez años hubiese sido difícil suponer que los documentales, ya sea en formato largometraje o docuserie fuesen tema de conversación a la par del cine y las series del momento pero así es. Tiger King se convirtió en la serie más exitosa de la historia de Netflix. Para quienes no la vieron aun, se trata de una saga de siete capítulos que retrata ascenso y caída de Joe Exotic, un controvertido dueño de un parque que exhibe felinos salvajes. Tiger King nos muestra tanto el particular modo de vida de su protagonista como sus problemas legales al ser responsabilizado de un trama para asesinar a una activista por los derechos de los grandes gatos.

Aunque el mayor, no es el primer éxito documental de Netflix. Making a Murderer, The Keepers, Matthew Scheppard was a friend of mine y otros prepararon el terreno. Pero con Tiger King Netflix parece haber terminado una forma de confección definitiva. Una exaltación de lo estético que nos muestra personajes coloridos y desbordantes como los de los cuentos de Flannery O´Connor. En Tiger un plano emblema al estilo cine mudo nos muestra a la proteccionista animal Carole Baskin y su esposo sonriendo. El realizador nos indica así que no debemos confiar demás en las dulces formas de ese matrimonio. Podríamos darnos cuenta solos pero en épocas de déficit de atención y pandemias, mejor entregarle al espectador las cosas masticadas.

En un montaje y encuadre donde el subrayado es ley, los personajes culpables de la existencia política de Trump son vectorizados y estandarizados. El safari ya no visita tigres sino propone ver al interior profundo de los Estados Unidos, plagado de rubios pobres y subeducados que castigan con violencia la disidencia sexual y cualquier otra amenaza a un estilo de vida que nadie en su sano juicio occidental y urbano quisiera tener. El pacto funciona y es adictivo: vos, querido espectador, vas a poder quedarte con cada uno de tus prejuicios y yo, el señor Netflix, voy a entretenerte con una cuidadosa administración de la información.

"El pacto funciona y es adictivo: vos, querido espectador, vas a poder quedarte con cada uno de tus prejuicios y yo, el señor Netflix, voy a entretenerte con una cuidadosa administración de la información "

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Si bien el suceso de las series documentales es nuevo, Estados Unidos cuenta con antecedentes envidiables de documentales que, con más talento de sus realizadores que inversión, lograron dejar huella en la cultura popular. Tal vez el más recordado sea Grey Gardens (1975), uno de los primeros largometrajes en echarle mano a personajes que habían sido anónimos hasta ser encontrados por la prensa. A comienzos de los 70 la revista National Enquire se había hecho eco denuncias de vecinos hartos de los problemas estético-ambientales generados por dos mujeres. Una tía y una sobrina de Jacqueline Kennedy Onassis vivían en una derruida mansión e East Hampton, exclusiva zona en la costa-este norteamericana. Las ramas de los arboles rompían paredes y mapaches cruzaban los agujeros; moscas y pulgas invadían el terreno en verano. Frente al escándalo, Jackie O se hizo cargo de los costos de limpieza y refacción. Pero todavía había más para contar y dos años después llegaron los hermanos Maysles cámara en mano.

El retrato de madre e hija en Grey Gardens es encantador y despiadado. Big Edie, la madre, es una señora que perdió su fortuna con la muerte de su ex marido y prefirió caer en el abandono antes que vender la mansión donde construyó su vida. Little Edie, la hija, es una mujer de mediana edad que no para de contar sus frustrados intentos de convertirse en actriz y cantante. Juntas discuten y recuerdan anécdotas adornadas una y otra vez a lo largo de una relación simbiótica. Los Maysles no se ahorraron en maldad y permitieron que se vean fugazmente las tetas de la vieja Edie, demasiada corta de vista para cuidar sus movimientos. También la calvicie de la Edie joven que perdió su pelo por la alopecia nerviosa y usa siempre un pañuelo en la cabeza. Pero los realizadores también nos dejan encariñarnos con una mujer de más de cincuenta que aun parece guardar la ilusión adolescente y una vieja que aun quiere ser anfitriona en ese castillo en ruinas.

Si alguien sabía de del doble filo entre ficción y realidad era Orson Welles. Desde las consecuencias de la transmisión radial de The war of the worlds tuvo tiempo para reflexionar. En 1973 estrena el documental F for fake. En él, el director mezcla las andanzas de Elmyr de Hory, un famoso falsificador de arte, los mitos sobre la vida recluida de Howard Hughes y un sinnúmero de ideas sobre realidad y artificios.

Así el documental que fue pensado originalmente como una biografía de Elmyr de Hori evolucionó hacía una especia de ensayo cinematográfico. El largometraje trabaja sobre distintas modalidades para sumergirnos en capaz conceptuales: momentos expositivos, otros completamente prefabricados que su vez sirven introducen a etapas de representación reflexiva en las que el film dialoga con si mismo sobre el la naturaleza del arte y la autoría. A su vez, Welles en voz en off o frente a cámara, regresa una y otra vez a recordarnos que su película es un pacto. O más bien que su película evidencia que toda creación cinematográfica los es.

F for fake no fue un éxito rotundo dado su características exageradamente reflexivos y la superposición de narraciones. Pero sus aportes estéticos fueron tomados tanto por otros documentalistas como realizadores televisivos que imprimieron esa edición rápida y esa característica de visibilizar e invisibilizar el dispositivo cinematográfico tantas veces como sea útil. Varios recursos estilísticos de F pueden verse en programas que se volvieron corrientes en la década del 90 como los rockumentales de MTV y VH1.

Ya sean dos burguesas caídas en desgracia o un grupo de redneks en Oklahoma, este tipo de construcción audiovisual nos deja en una cómoda posición frente a la otredad que representan sus protagonistas. Nosotros somos los normales. Mientras que en el western clásico podíamos juzgar a los malos, en el spaghetti western mandábamos al cadalso a todo lo que se moviera dentro del campo visual. Ocurría porque la figura del héroe se desdibujaba y, por ende, también el sentido de justicia. Netflix, en lo que parece un constante homenaje a Sergio Leone, nos devuelve esa potestad a través de un entretenimiento casi adictivo que funciona a la perfección si estamos dispuestos a dejarnos engañar por unas cuantas horas.


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