15 / 08 | Política

LA MÁQUINA DE DERECHIZAR

Emilio Perina es un personaje olvidado. Pero con su libro La Máquina de Impedir fue uno de los forjadores de las principales ideas de la derecha vernácula. Según él, que pasó por el desarrollismo, el videlismo y que acabó como asesor sin cargo de Carlos Menem, la traba de la Argentina para encontrar su desarrollo radicaba en las corporaciones. ¿Quién era este hombre que solía decir que a los capitales no se les mira el origen sino el destino?

Quedan pocos rastros de Emilio Perina. No hay entradas en Wikipedia ni bajo ese seudónimo ni bajo su nombre original, Moisés Kostantinovsky. Hoy apenas es recordado como el autor de La Mary, la novela corta que inmortalizó a la pareja Susana Giménez-Carlos Monzón. Pero Perina fue algo más. Fue un hombre de militancias y virajes, de protagonismos y sombras. Fue un forjador del pensamiento de la derecha vernácula de este país llamado Argentina.

Emilio Perina todavía vive en frases como “la máquina de impedir” o “los capitales no son buenos ni malos”. Latiguillos repetidos una y otra vez por buena parte de la derecha y que son de su autoría. Carlos Menem -que tuvo a Perina de asesor sin cargo- fue, probablemente, quien más las utilizó. Sus ideas fuerza tampoco murieron en los ´90. Podían rastrearse en el gobierno de Cambiemos y en su actual rol opositor. En definitiva, en todo el cuadrante liberal argentino.

"Emilio Perina todavía vive en frases como la máquina de impedir o los capitales no son buenos ni malos. Latiguillos repetidos una y otra vez por buena parte de la derecha y que son de su autoría"

Compartir:

Moisés Kostantinovsky, hijo de gauchos judíos entrerrianos, se radicó en Buenos Aires en su adolescencia. Durante los años de militancia en la Facultad de Derecho de la UBA creó a su alter-ego en la política: primero bajo el nombre de Constantino Costas y luego bajo el de Emilio Perina. Con una militancia todavía joven, se integró en un grupo de jóvenes radicales frondizistas a los que, con la llegada al gobierno de su líder, se los conoció como “el jardín de infantes”. Tal vez el más destacado de esa generación haya sido el siempre disponible para la prensa, Carlos Corach.

A lo largo de sus años de militancia, Perina fue afilando su pluma y complementando su actividad partidaria con el periodismo. Tal vez su mayor capacidad fue la de escribir de sí mismo. A lo largo de su carrera usó la primera persona para venderse como un espectador privilegiado de intrigas palaciegas. Una voz del lado de los justos y, como se verá más adelante, de los perdedores.

Un breve paso por la actividad empresarial en los ’50 resultó un traspié útil a la larga. Como productor de espectáculos protagonizó la quiebra fraudulenta de un cine en Villa Crespo. Frente a una condena inminente buscó refugio en Brasil. Según sus propias palabras, eso le trajo cierta bonanza económica gracias a su desempeño como periodista en ese país. Y la plata trajo influencias y la posibilidad de ser benefactor de los exiliados del golpe del ’55. El radical bueno se acercaba a los peronistas caídos para llevar agua al molino desarrollista.

A su regreso a Buenos Aires volvió para ser parte del armado de la prensa oficialista y comenzó a publicar sus libros. En Detrás de la Crisis (1960), armó una suerte de autorreportaje cargado de reflexiones sobre el periodo 1955-1960, la relación Frondizi-Perón y el intento de desarrollar un Frente Nacional.

Pero su boleto partidario estaba picado por orden de Rogelio Frigerio y el tapir sabía envestir fuerte. La visión de Perina había evolucionado a un privatismo canónico que se daba de frente con la visión de los sectores nacionalistas y reformistas a los que el resto del partido no quería irritar. Para cuando el gobierno naufragaba, él ya estaba raleado. Así que hizo lo que mejor sabía hacer: contar con voz propia. Fue cronista de la caída de Frondizi en El Presidente Cautivo (1962) y El Frente Nacional (1963).

En estos textos cristalizó dos pilares de su pensamiento. Primero, su visceral odio al frigerismo. Culpaba a esta facción de un excesivo e inútil respeto a la palabra frente a Perón. Segundo, y tal vez lo más profundo de su legado intelectual, la idea de un país obstaculizado por sus propias corporaciones. Su particular visión del país dejaba en un segundo plano conceptos como el de distribución internacional del trabajo y entendía el progreso como un trazado de ferrocarril: algo lineal y estadual. Es la falta de organización lo que nos obstaculiza el camino hacia el futuro promisorio, decía Emilio.

Otros hombres tuvieron más suerte en consagrarse rápidamente en el espectro del discurso de las élites argentinas. Tal vez el nombre más obvio que podamos recordar sea el de Mariano Grondona. Un hombre de asombrosas similitudes con Perina.

La profesora Luz Rodríguez Carranza lleva años enseñando en universidades europeas los contextos socioculturales que dan como fruto a la literatura sudamericana. También fijó su mirada en revistas de circulación masiva. Analizó 16 columnas de Grondona en la mítica Confirmado, publicadassemanas antes del golpe que derrocó a Arturo Illia. En la revista convivía el conservadurismo político-económico con la vanguardia cultural de los sesenta, hija del boom latinoamericano. Ambos esquemas de pensamiento coincidían en la idea de salir del inmovilismo en el que estaba sumergido el país. “Cultura sin censura”, “tolerancia” y “eficiencia” eran términos que surgían como antídotos frente a al país que no se liberaba de sus cadenas. Para Grondona, Illia era un hombre atado por los límites de un partido legalista y Onganía era un caudillo excepcional surgido de un contexto excepcional.

Grondona, como buen nominalista, nos advierte que no debemos confundir tirano con dictador. El tirano oprime indefectiblemente. Pero el dictador, según la tradición romana, es investido del poder para solucionar un contexto adverso. Según este criterio, Onganía era el hombre ideal para ponerle un freno a los obstaculizadores seriales.

La Máquina de Impedir, el libro que Perina, publicó en 1981, se convirtió en la máxima expresión de su pensamiento. La guerra sucia (sic) era para el `81 una triste posguerra (sic). Según sus particulares puntos de vista, si la dictadura triunfaba saldríamos de la nación cambalachesca donde el peronismo era izquierda y derecha. Videla se consagraría como un nuevo Roca, que al igual que el original, espada en mano juntaría los restos de una nación fragmentada por la anarquía que vuelve inútil la nación.

En el pensamiento de Perina la UCRI fue un proyecto fallido pero que, de alguna manera, revivía en la dictadura. Lo hacía en la forma de un conjunto de políticas que, sin la mística del radicalismo de antaño, conservaba el espíritu modernista de la generación del 80. La dictadura era, en definitiva, una espada moral que rompía con las trabas que un proyecto democrático había impedido.

La Máquina de Impedir era una versión poco exitosa pero bien lograda de una vieja tradición literaria: un libro para el amigo con poder. Virgilio contó el linaje divino del emperador, Perina cuenta la valía intelectual de un aristócrata medio pelo: José Martínez de Hoz.

En el libro lo llama Joe. Lo trata cancheramente, como su compañero de militancia. Un tipo que fue su igual, aun cuando uno era parte de una tradicional familia argentina y el otro fuese un judío de clase media en una universidad plagada de antisemitismo. Esa igualdad era posible porque el ministro de Videla había saltado al sempiterno mundo de las ideas. Emilio Perina volvía a ser el espectador privilegiado de las cualidades de ese hombre sin igual y estaba llamado a revelarnos la información.

A la distancia, el discurso de Perina puede resultarnos casi infantil o al menos parecerían necesitar ser matizado para aplicarse a la discusión pública actual. Pero como señala en sus trabajos académicos la socióloga y actual secretaria de Estado, Ana Castellani, las elites de fines de los ’70 aún no habían culminado su proceso de cierre. En otras palabras, las corporaciones empresarias aun contaban con un buen número de exponentes de mi hijo el dotor. Va a ser recién en los ’90 cuando culmine ese proceso Los principales cargos ejecutivos-corporativos vayan a parar a manos de hijos de empresarios, recibidos en determinadas universidades y, más acá en el tiempo, con determinados posgrados cursados preferentemente en el extranjero. Pero en los años que Perina afilaba su pluma, aun las capas medias podían sentirse sumamente atraídas a narraciones del tipo self-made men. Tipos inteligentes que supieron sortear las ataduras del Estado y las corporaciones atávicas y prebendarias.

Después de la dictadura, Bernardo Neustadt y Mariano Grondona tuvieron que reconvertir sus programas televisivos en shows de noticias. Bernardo trataba el caso del ingeniero Santos, Mariano entrevistaba a La Mary luego de su divorcio de Huberto Roviralta. Emilio Perina no tuvo que hacer tanto esfuerzo. Si bien ocupó un lugar destacado en el universo mediático, su relevancia era menor.

"La Máquina de Impedir era una versión poco exitosa pero bien lograda de una vieja tradición literaria: un libro para el amigo con poder. Virgilio contó el linaje divino del emperador, Perina cuenta la valía intelectual de un aristócrata medio pelo: José Martínez de Hoz."

Compartir:

Roberto Alemann, otro ex desarrollista devenido en procesista, lo llevó a conocer a una rara avis peronista: Carlos Saúl Menem. En esa reunión, el escritor de La Máquina de Impedir intentó hacerle entender al riojano en ascenso que a los capitales no se les mira el origen sino el destino. Ya como presidente, Menem utilizó ese argumento para justificar la polémica por los fondos Gaith Pharaon, destinados a construir un hotel cinco estrellas.

Cuando Carlos Menem asumió la presidencia Perina llevaba años quemándose con leche y decidió mantenerse sin cargos oficiales. Pero siguió siendo un consejero constante. Murió en 1998, a los 75 años, de un cáncer de pulmón. En sus últimos días lamentaba la última detención de Videla y que Menem no claudicara en su intención de un tercer mandato.

La existencia de corporaciones amparadas en privilegios, no coincidentes con contextos ideales para el desarrollo de una nación, puede ser realista. Pero en el pensamiento de nuestros conservadores fue y es la causa del atraso por antonomasia y esto debe ser expresado como un grito de guerra.

El 7 de agosto de 2019, el entonces presidente Mauricio Macri tuiteaba un flyer que decía:

“Los burócratas, los mafiosos, los corruptos, los mitómanos, los vagos, los matones, los coimeros, los delincuentes, los narcotraficantes, los falsos…todos ellos hacen crecer su poder saboteando el progreso. Ellos son los máximos enemigos del cambio”.

Por estos días, el líder de Cambiemos se mantiene mayormente al margen de la discusión política. Pero no deja pasar oportunidad para apoyar, desde esa misma red social, marchas que asocian control de la pandemia con una restricción de libertades individuales.

El enemigo es una voluntad contraria al grupo elegido para desatar las fuerzas productivas que refundarán la Nación. Es un adversario interno que se opone al cambio, o que no entiende que el amor vence al odio y por eso la batalla es cultural. Como si la cultura no se formara de múltiples capaz de sentido, a veces excluyentes a veces coincidentes entre sí. Ojalá fuese todo tan sencillo.


You Might Also Like

Comentarios

Dejanos tu comentario

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.