21 / 06 | Mundo, Uncategorized

LA TRAGEDIA DEL PRIMER (NO) FARAÓN

Tanto las vicisitudes de la muerte del único presidente egipcio electo de forma democrática como las circunstancias de su llegada al poder -y su traumático derrocamiento- pueden encuadrarse dentro de una tragedia griega ptolemaica. Durante el mediodía del lunes 17 de junio, el ex presidente Mohamed Morsi colapsó mientras se encontraba en un receso de la corte que lo juzgaba por los risueños cargos de espionaje y fuga. Antes de fallecer, Morsi había ensayado una diatriba contra la legalidad del proceso en su contra y le había pedido al juez la oportunidad de confesarle algunos delicados secretos sobre los intríngulis de su caída en una reunión privada. Cinco minutos después, sufría un paro cardíaco que le produjo una instantánea muerte a la edad de 67 años. Su fallecimiento cerró un ciclo: independientemente de lo que uno piense de la Hermandad Musulmana y su traumático gobierno de solo un año en Egipto, el juicio -junto al trato inhumano que recibió Morsi en su detención- fue un procesamiento simbólico contra todos los egipcios que tuvieron el valor de levantarse y derrocar al “presidente vitalicio” Hosni Mubarak en 2011.

Morsi nació en la provincia de Sharquia -fue el único presidente (o dictador) egipcio que no salió de la pequeña zona de Menoufia- y era hijo de un ama de casa y un campesino que trabajaba la tierra. Llegó a recibirse en la Universidad del Cairo como ingeniero y luego ganó una beca para seguir estudiando en los Estados Unidos (por un tiempo trabajó en la mismísima NASA), donde profundizó su desconfianza y desprecio hacia la cultura occidental (Morsi siempre recordaba que durante su estadía en una convulsionada Los Ángeles llena de pandillas, tomó la decisión de retornar a Egipto para educar a sus hijos -dos de ellos son ciudadanos estadounidenses- en un supuesto ambiente “mas libre y  tranquilo”). Ya de vuelta en el país de los faraones, comenzó a participar activamente en una Hermandad Musulmana que en los 80′ cambió su estrategia política decidiendo penetrar en la sociedad por medio de los influyentes sindicatos de profesionales egipcios. Mas tarde, en el año 2000, fue elegido diputado como candidato independiente debido a que Mubarak no permitía que nadie pudiese competir con el sello de una organización islamista como la Hermandad.

"Antes de fallecer, Morsi había ensayado una diatriba contra la legalidad del proceso en su contra y le había pedido al juez la oportunidad de confesarle algunos delicados secretos de su caída en una reunión privada"

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Durante principios de 2011, en el marco de una Primavera Árabe que envolvió al país luego de iniciarse en Argelia y Túnez, fue arrestado junto a otros líderes del grupo cuando la Hermandad decidió participar en las protestas y dejar atrás el enfoque de “esperar y ver” articulado al principio de la revuelta ciudadana. Por tres días el grupo debatió internamente si lo mejor para su futuro -y seguridad de sus miembros- era integrarse a las mismas y cuando observaron que las manifestaciones habían pasado de ser un improvisado encuentro ensamblado mediante un evento de Facebook (con el fin de protestar contra la brutalidad policial) para convertirse en una llamado contra la dictadura de Mubarak que desbordaba la Plaza Tahrir, tomaron la decisión de no quedar afuera de la historia. Otra de las explicaciones dadas por la Hermandad para explicar su resistencia inicial estaba en la suposición de que una resistencia no violenta contra regímenes autoritarios en la región solo podía encontrar eco en la comunidad internacional si no contaba con la presencia de los islamistas (suponían que el mundo -como había sido el caso de Argelia en los 90´- no se opondría a una violenta represión estatal contra los manifestantes si la organización participaba).


El ingreso de la Hermandad en una colmada Plaza Tahrir vigorizó las protestas: se encargaron de asegurar el perímetro de los improvisados campamentos y centros médicos que atendían a los heridos, acercaron comida, mantuvieron el orden y fueron  el único liderazgo cohesionado y jerárquico que pululaba por esos días entre cientos de miles de entusiastas y desorganizados manifestantes. A pesar de la novel decisión, los islamistas trataron de bajarle el tono a su participación pues consideraban que un “alto perfil” no solo conspiraba contra la unión de la oposición, sino también temían despertar el poder del “veto estadounidense”. Con la idea de neutralizar mas de tres décadas de apoyo estadounidense a la autocracia egipcia -y convencidos de que Estados Unidos podía llegar a apoyar la “revolución” y las aspiraciones democráticas de la Hermandad Musulmana – la organización instruyó a sus seguidores a no emplear eslóganes partidarios o cantos religiosos. Pero cuando la mukhabarat egipcia (policía secreta) dilucidó la estrategia de la Hermandad en las protestas, tomó la decisión de atacar a su jerarquía y mandó a detener a casi todos sus líderes, entre ellos a un poco carismático y segundón Mohamed Morsi. Aunque solo 48 horas después de su encarcelamiento, Morsi se escapaba de la cárcel en una sospechosa fuga -una que aún muchos sostienen fue orquestada por los propios servicios- que lo perseguiría judicialmente hasta el final de sus días. 

Cuando Mubarak finalmente renunció a su cargo y se instauraron elecciones legislativas (las anteriores en noviembre de 2010 habían sido las más fraudulentas de la historia provocando que los islamistas pasaran de 88 diputados a cero representantes), la Hermandad fue el único partido que estaba preparado para materializar su apoyo ciudadano en materia electoral. En cambio, los principales grupos revolucionarios que habían encabezado las protestas desde el primer día (reformistas, idealistas y jóvenes), se encontraron desorganizados sin un candidato en común, lo que hizo que tuvieran un mal desempeño en las contiendas. En 2012, las fuerzas armadas -que habían quedado a cargo del gobierno- anunciaron que a mitad de ese año se realizaría una votación para elegir presidente. La oportunidad de elecciones presidenciales dividió a la Hermandad pero luego de incontables deliberaciones, el grupo expuso -en un principio- una visión pragmática. Los líderes islamistas tenían un mantra por esos días, repetido a todo aquel que quisiera escucharlo: no presentarían un candidato presidencial y buscarían formar un consenso electoral entre todas las fuerzas políticas.

"los islamistas presentaron un candidato alternativo, de más bajo perfil, notablemente menos poderoso y uno que pudiese sortear los miedos de los militares y liberales: Mohamed Morsi"

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La decisión no era un acto per se, sino una arista de la “penetración y aceptación” que el grupo había desarrollado durante dos décadas de moderación basadas en una estrategia a largo plazo (el “juego largo” como siempre lo denominaron). Una que fue establecida mucho antes de la Primavera Árabe y la llegada de la democracia. Es decir: la Hermandad no se moderó por la llegada de la libertad democrática, sino mucho antes de ella, y fue precisamente la constante represión que sufrió a lo largo de los años, la que obligo a los islamistas a suavizarse. Y cuando el control y la veda política del régimen militar parecía estar llegando a su fin, el grupo se encontró ante un escenario que nunca en 83 años de existencia habían experimentado. No había precedente o modelo al que remitir ante tal novedad.        

En los meses subsiguientes, el parlamento encabezado por los islamistas experimentó gradualmente los límites reales de su autoridad: mientras sus miembros desarrollaban leyes en una amplia gama de temas, las mismas no eran aprobadas por el Consejo militar a cargo de la presidencia (SCAF) o podían ser repelidas por el poder judicial. Situación que provocó que la Hermandad tomara una decisión que tendría un numero de esperadas e inesperadas consecuencias para su futuro: acordaron -a pesar de un considerable disenso- cambiar su inicial posición y presentar un candidato a presidente. La primera opción fue Khairat al-Shater, brillante y millonario estratega de la organización, pero el aparato judicial desestimó su candidatura apelando a un tecnicismo legal que lo dejó fuera de la contienda. La movida parecía confirmar los temores de la Hermandad, de que los poderes fácticos de Egipto harían todo lo posible para impedir el ascenso del grupo. Entonces los islamistas presentaron un candidato alternativo, de más bajo perfil, notablemente menos poderoso y uno que pudiese sortear los miedos de los militares y liberales: Mohamed Morsi.

A la vez, la selección de Morsi se encuadraba perfectamente en una ley no escrita de la Hermandad. Para la organización islamista, los miembros del grupo gozan de influencia o poder no por sus talentos políticos individuales sino por ser parte de la gama’a (organización), una que es presumiblemente mucho más importante que las capacidades propias de sus partes. Hoy, mientras muchos -y con el resultado puesto- están de acuerdo en que la decisión de participar en la elección presidencial (marcada por la depresión económica y a una fluctuante inestabilidad política) haya sido probablemente la decisión más fatídica de la Hermandad, dejan de lado que haber seleccionado a un candidato nada carismático y con pocos talentos como Morsi fue un ejemplo total de una falta de visión política. Pero para la Hermandad, la ecuación no era sobre el nombre propio del candidato sino sobre el futuro y supervivencia de la organización. Por ese tiempo la dirección de los islamistas había alterado su pronóstico para el futuro de Egipto y  creían que si no se acomodaban en el poder, una contrarrevolución los pondría en la primera línea de fuego. Situación, que a pesar de ganar la presidencia, resultó una profecía auto cumplida.

"Consideraban que el conflicto principal con sus oponentes -militares y liberales- estaba basado en el miedo que estos tenían de que se democratice Egipto y surgiera un orden donde el Islamismo tuviese la mano cantante"

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El mediocre Morsi terminó por ganar la elección por un escaso margen del 51,7 por ciento de los votos en un balotaje realizado en junio de 2012. Sin embargo, el ejército egipcio había anticipado la movida y, poco antes de la segunda vuelta electoral, reinstaló la ley marcial, le quitó al presidente muchos de sus poderes y -aun más importante- disolvió un parlamento que había sido electo democráticamente. Un mes después, la Hermandad afirmó que poseía inteligencia de que el ejército estaba planeando un golpe de estado, por lo que Morsi descabezó a las Fuerzas Armadas y reemplazó a su jefe Mohamed Hussein Tantawy por el director de Inteligencia Militar Abdel Fattah el-Sisi (entre las explicaciones que Morsi le dio a sus allegados para justificar la elección de Sisi, estaba la que este era un militar religioso). La siguiente batalla de Morsi fue contra el poder judicial, dominado por jueces elegidos por Mubarak y el aparato militar. En la mañana del 22 de noviembre anunció un decreto constitucional que le otorgaba poderes casi ilimitados para volver inmunes sus resoluciones presidenciales de una revisión judicial. La Hermandad Musulmana sabía que el decreto no era lo que se espera en un contexto post dictatorial pero pensaban que la contrarrevolución estaba a la vuelta de la esquina y que esa era única opción para que su gobierno no quedase vació de poder. Consideraban (correctamente) que el conflicto principal con sus oponentes -militares y liberales- estaba basado en el miedo que estos tenían de que se democratice Egipto y surgiera un orden donde el Islamismo tuviese la mano cantante. Pero también fue parte de un proceso que el grupo islamista retroalimentó: mientras esperaban lo peor (como estaban acostumbrados a hacerlo), actuaron de una manera que provocó que el resultado que más temían, terminase por ser el más probable.

Los siguientes seis meses de Morsi en el poder continuaron con declaraciones impopulares (de tinte religioso) junto a la sanción de  una nueva constitución que fue un anatema para los ciudadanos seculares. Siendo un obstinado creyente, creía inocentemente en la idea de que el islamismo podría reformar las instituciones totalitarias de Egipto junto a una economía que seguía derrumbándose. Al final, su intransigencia fue su perdición. Sin acuerdo o consulta con las otras fuerzas políticas o revolucionarias, Morsi trató de colocar su propia toma de decisiones más allá de cualquier responsabilidad o supervisión, imitando -accidentalmente o no- lo hecho por los tiranos que lo precedieron. Eventualmente, todos -excepto sus partidarios- se volvieron contra él y en junio de 2013 la Plaza Tahrir volvió a desbordar de personas que pedían su remoción mediante la acción del ejército. Para completar la tragedia griega ptolemaica, fue el mismísimo Sisi (el supuesto “amigo” que Morsi había puesto como jefe del ejército) quien lo sacaría del poder y lo detendría hasta su muerte. Pocas semanas después, el ejército y la policía egipcia cometería la mayor masacre de la historia moderna de Egipto cuando asesinaron a 800 manifestantes que protestaban en la rotonda de Raba’a contra el golpe de estado. Una de las verdades más incómodas sobre la fatídica situación de esos días fue que tanto la interrupción del sistema democrático como la matanza de manifestantes contó con el inestimable apoyo de la mayoría de los activistas liberales revolucionarios (Movimiento Juvenil 6 de Abril), de destacados políticos pro-democráticos (Mohamed Al Baradei), de encumbrados artistas progresistas (Alaa Aswany) y de todas las autoridades religiosas del país (El Papa Copto y el Gran Mufti islámico) .    

Ahora ya vindicado por el apoyo civil, Egipto volvió a ser un “estado militar” como lo es desde que recordado líder pan arabista Gamal Abdel Nasser lo instaurara poco tiempo después del fin de la monarquía en 1952. Y junto a la vuelta de los militares al control total del estado, las fuerzas de seguridad volvieron a atormentar a la sociedad egipcia mediante la violencia estatal y la suspensión del estado de derecho, incluso de una forma como nunca antes se habían atrevido a hacerlo (hoy hay mas de 60 mil presos políticos en las cárceles egipcias). Mientras tanto, Morsi fue juzgado -junto a otros lideres de la Hermandad-  por “espionaje” y “fuga” (precisamente de la cárcel de la cual huyó durante la revuelta de 2011). Todo el  juicio que sufrió el fallido presidente fue una farsa y nada tuvo que ver con sus errores de gobierno sino con la venganza del estado militar contra la Hermandad Musulmana: el caso que planteó la fiscalía fue que Morsi y su organización conspiraron “contra la patria” junto al grupo palestino Hamas para crear un estado de caos en Egipto y que de esta manera todos los detenidos del grupo pudiesen escapar de la cárcel en el periodo revolucionario de 2011. (Cuando escuché por primera vez este increíble argumento recuerdo que todos se burlaban de él. En la actualidad nadie se ríe y es una de las narrativa dominantes de la “calle eguocia” sobre la caída de Mubarak).

"Todo el juicio que sufrió el fallido presidente fue una farsa y nada tuvo que ver con sus errores de gobierno sino con la venganza del estado militar contra la Hermandad Musulmana"

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Es imposible para cualquiera que sigue el devenir egipcio día a día no estar un poco conmocionado por las trágicas condiciones del fallecimiento de Morsi en la sala de un tribunal. El único presidente democrático de Egipto sufrió una muerte vil facilitada por una detención cruel e inhumana que prácticamente no recibía ninguna condena internacional. Vivía en confinamiento solitario 23 horas del día, solo pudo ser visitado tres veces por su familia en 6 años, dormía sobre un piso de cemento y se le negaba una atención médica acorde a sus problemas físicos. Es cierto que Morsi cometió muchos errores pero no fue un fascista ni un dictador. Uno podría argumentar que Morsi no estaba a la altura de un Egipto revolucionario, que no era un verdadero demócrata y que su elección fue un accidente; pero nadie puede dejar de lado que fue el primer civil elegido democráticamente en toda la historia de Egipto. No fue tan brutal como los dictadores que lo precedieron o tan monstruoso como el carnicero que lo derrocó.

Fue sin dudas un político sin muchas luces, que empleó su poder de manera desacertada en un contexto atípico y que terminó siendo la víctima principal de la revancha de los verdaderos dueños de Egipto: el establishment militar. Una revancha que hoy se extiende a otros políticos, artistas, activistas, periodistas, estudiantes, deportistas, entre muchos otros. Parece estar claro que todos los que se atrevieron a desafiar el poder de Mubarak  (quien hoy se saca fotos para el Instagram de su acaudalado nieto y da entrevistas para medios del Golfo como un encumbrado estadista) se pudrirán en la cárcel o morirán antes que él. Lo que me recuerda a esa vieja broma, escuchada en más de una ocasión en Egipto, en la cual el Ángel de la Muerte se reúne con Mubarak y le exige que se despida de su pueblo. A lo que él dictador le responde: “¿Por qué? ¿A donde se van?”.

"El único presidente democrático de Egipto sufrió una muerte vil facilitada por una detención cruel e inhumana que prácticamente no recibía ninguna condena internacional"

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