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14 de junio de 2026

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2 de julio de 2020

LOS 90 DE MENEM

Martín Rodríguez

@tintalimon
Dossier Menem
Tiempo de lectura: 11 minutos

Carlos Menem cumple 90 años, aunque nuevamente internado. Hace más de veinte años que dejó de ser el presidente de los argentinos. Su nombre habita un silencio. Nombrar a Menem es entrar en problemas. Fue votado y reelegido, fue presidente diez años y su resultado histórico se resume en un hecho comprobable: sólo se habla mal de él en público. Creó una época y creó también las coordenadas de su propia condena histórica: un político es muchas cosas hasta que, los más selectos, hacen su trazo definitivo. De ese “giro” no se vuelve. Menem fue muchos Menem. Solidario con los Montoneros, solidario con Isabel, preso de la dictadura, renovador, plebeyo y periférico. Pero morirá como un peronista liberal. A todo pragmatismo le llega su última estación. Hace quince años Menem vive en un ostracismo particular. Un ostracismo con privilegios: los de un expresidente, los de una senaduría casi vitalicia que le concede el pueblo riojano. ¿Qué queda, entonces, de Menem? ¿Para qué desempolvar esa sombra terrible? Pensar esa década y esa figura se hace con lo que nos permite la distancia: no escribir eso en lo que estamos todos de acuerdo. Aunque tampoco apurar un gesto que engulle todo orden democrático en un mismo orden o toda política en una realpolitik (como si se pudiera contemplar lo que le salió bien no importa qué le salió bien), acaso tampoco un collage de peculiaridades al que se vuelve como una arqueología de revisionismo kitsch.

Empecemos por el principio: había un pueblo pobre que se empobreció más. Aceptar la economía de mercado, cueste lo que cueste. El secreto de esa coca cola se llamó 1 a 1. Un liberalismo del “aquí y ahora” con despojos, excluidos, familias diezmadas por el perjuicio desindustrializador y racimos de proletarios devenidos propietarios. Como apunta Ernesto Semán “ningún otro gobierno civil o militar desde 1945 está tan asociado como el de Menem a un ciclo que dejó al país cambiado y, en sentidos fundamentales, irreconocible”. Si el peronismo clásico alimentó la homogeneidad de la clase obrera, el peronismo de Menem consolidó su fragmentación. El gobierno para una nueva clase media y media baja de la economía de servicios que accede al consumo y el gobierno de los nuevos pobres. Fuego contra fuego: sobre la fractura perenne de arriba abajo, pero también una nueva fractura horizontal. La velocidad de las cosas en las que se amasó ese nuevo gran acuerdo entre política y economía resultó tal que fue tanto la velocidad con la que el decil más rico se alejó del decil más pobre como el mismo espejismo democratizador del comercio: las patas en la fuente del dólar. La igualdad del peso y el dólar fue, también, la gran máquina de producir desigualdades.

Menem fue muchos Menem. Solidario con los Montoneros, solidario con Isabel, preso de la dictadura, renovador, plebeyo y periférico. Pero morirá como un peronista liberal. A todo pragmatismo le llega su última estación

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Los que lo votaron

Menem podría esgrimir que nunca fue derrotado. No en elecciones, más allá de la derrota que esquivó en 2003. Si Menem primero fue un “traidor” por cambiar su “programa” de gobierno en 1989 (de “salariazo” y “revolución productiva” a la Reforma del Estado), nadie duda de que fue imbatible en las urnas. Pero si Duhalde se construyó a medias contra Menem, el kirchnerismo tiene en sus orígenes ahí un diseño a medida: organiza el anti menemismo eficaz, contra ese Menem en retirada. Las épocas fuertes no se construyen contra épocas blandas. Integración regional versus relaciones carnales, reapertura de los juicios versus indultos, nacionalización de YPF versus privatización, y así, uno a uno podrían ser nombradas las políticas del kirchnerismo operados sobre ese contraste grueso. Pero Kirchner se montó también sobre el consumo. Ahí no había antagonismo. Uno diría: se puede cambiar el Estado, pero la sociedad menemista estaba ahí. Un progresismo nuevo fundado sobre las espaldas de un orden democrático que el peronismo ya había armado una década antes. Menem fue, también, parte de eso mismo que lo iba a dinamitar. El kirchnerismo combatió a Menem, pero no a los noventa. Los usó a favor: el kirchnerismo fue Frávega y derechos humanos. Orden y progresismo.

Quienes revisen los archivos del debate constituyente de 1994 pueden ver una escena y tres puntos: Chacho Álvarez, Augusto Alasino y Raúl Alfonsín. Chacho, orador de fuste, en nombre de sus votos, pide romper el núcleo de acuerdos básicos que radicales y peronistas llevaban abrochados. Alfonsín, como decía Soriano, con “el alma en la cara” tras los costos del Pacto de Olivos, pide que le respeten su trayectoria y su capacidad pactista para hacer de esa constitución una hoja de ruta progresista. Le pide amablemente a Chacho que en esa hora decisiva le deje liderar la otra mitad con que se firma la nueva Constitución. Alasino, pícaro, hábil, deslucido en la oratoria, saborea el triunfo político viéndolos discutir. Junto a Alasino, sentada, seria, acaso admirada por el tenor del debate, está Cristina. Una mujer de partido. Distante, pero no rupturista. El peronismo era el poder de esos años. Pero un poder que se reconstruye también (y siempre) desde los bordes: ese mismo peronismo cocinaba la superación al menemismo, incluso en la alianza con eso creciente que crecía en los márgenes y que llevaba nombres diversos de pueblos, de vivos y muertos. Un mapa moreno: Cutral Có, Mosconi, Teresa Rodríguez, Víctor Choque, Quebracho, Norma Plá, el Perro Santillán.

Porque, digámoslo: los fracasos del Frepaso, la Alianza, la oposición radical de los 90 nos hablan también de que no hubo un peronismo opositor a Menem. El borrador legítimo de ese primer plan pertenece a Duhalde

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Kirchner pudo hacer anti menemismo porque tenía un manejo del poder amasado en esos mismos años 90. Porque, digámoslo: los fracasos del Frepaso, la Alianza, la oposición radical de los 90 nos hablan también de que no hubo un peronismo opositor a Menem. El borrador legítimo de ese primer plan pertenece a Duhalde. Menem condujo al peronismo de esos años. Entonces, también podemos agregar a la cuenta de Kirchner que firma un indulto: el de sí mismo y el de la clase política peronista que había sido parte de aquel poder. Con disidencias, con tomas de distancia, con fanatismos, en piloto automático, haciéndose un poco los boludos, depende quién, cuáles, dónde. Pero el núcleo central del peronismo estuvo en el menemismo.

En un discurso como senadora, hace pocos años, Cristina se refirió a Menem a la ligera, pero así: como un estadista. “Traigan a ese estadista”, dijo. ¿Y qué quiso decir? Quizás quiso decir que para hacer “eso” que el macrismo quería hacer hay que hacer política. Para achicar el Estado hay que agrandar la política, otra frase de un decálogo no escrito por Menem. Y la trayectoria política de muchos miembros de la generación del 70 no puede omitirlo. El ingreso de la antigua juventud maravillosa a la democracia  (de tomar el cielo por asalto al cielo posible, parafraseando un bello libro de poemas de Alicia Genovese) fue a un dentro de la democracia todo, fuera de la democracia nada. Y Menem también fue un “dentro de la democracia todo, fuera de la democracia nada” porque esa década que cambió al país lo hizo al calor de las masas, o de los votos, que no es lo mismo pero es igual (o la pregunta de los 90 que formulaba el sociólogo Ricardo Sidicaro en las aulas de esos años: “¿por qué los excluidos votan por sus excluidores?”).

“Justicia poética”

Eso dijo María Julia Alsogaray cuando Menem privatizó Entel. En vivo, al lado del presidente, en cadena nacional. Entel se privatizaba sola por su horrible servicio y a la vez proyectaba el sentido completo de las privatizaciones: modernización es comunicación. María Julia: la chica que en los 60 compartió cursos de marxismo con Rodolfo Galimberti, sabía de qué hablaba. “Vieja, ¿a que no sabés de dónde te estoy llamando?”, la voz de ese policía en un teléfono semi público de Telefónica. 1993. Te hablo desde Clemente Onelli. Ramal que para ramal que cierra, pero te llamo desde el pueblo fantasma. Menem fue el autor de esas “modernidades” pendientes que no pudieron hacerse a sangre y fuego. Agarró al partido de Álvaro Alsogaray, que en los años 80 también había tenido un lugar en el centro de la época. María Julia y Adelina, liberalismo recoleto, liberalismo plebeyo. Tarea más importante que ENTEL: comprender el proceso de privatización de SOMISA. Pero el “menemismo” como tema (la pizza con champán) nos tapó la década, organizó –quizá demasiado- los enojos. Nació ¡y zás!, nació su crónica impresionista, un humor anti menemista del que Menem fue su primer reidor. En una parte podemos decir: el menemismo fue el museo de la convertibilidad que curó Menem para que no veamos su estructura. Hablar de menemismo para no hablar de la década. Menem más que una identidad política fundó una ecología (¿“menemistas fuimos todos / menemista nadie fue”?). Tal vez incluso se entiende más esa época en el humor de Gasalla (el paseo por el clóset sexual, traumático, de solterona, de empleada pública, de la clase media) que en el humor chabacano a lo Soldado Chamamé. ¿Se acuerdan ese canto: “yo no lo voté”?

“Vieja, ¿a que no sabés de dónde te estoy llamando?”, la voz de ese policía en un teléfono semi público de Telefónica. 1993. Te hablo desde Clemente Onelli

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El menemismo parecía tan argentino que nos hizo perder de vista que eso que hacía Menem se hacía en el mundo. Color de Melo, Salinas de Gortari, Fujimori, Cardoso, Clinton, la tercera vía. Era una coordinación fanática con las coordenadas mundiales. Y repetía la fórmula del liderazgo exitoso peronista: recurrir a la “magia” entre tradición y novedad, entre el poder del peronismo y el signo de los tiempos. Como quiso Cafiero en los 80 (anclar el peronismo a la socialdemocracia), como hizo Kirchner en 2003 (anclar el peronismo al boom de los commodities y el populismo). El rayo de Menem volvía “antiguo”, “republicano”, “progresista” porque había domado lo que nadie doma para después domar al resto: la inflación. Y si nos gusta pensar que la inflación en la Argentina es el síntoma también de nuestra puja distributiva, Menem hizo una década solucionando el dilema del huevo y la gallina: no habrá inflación… ergo, no habrá puja distributiva. La democracia de la desigualdad. La producción de la pobreza estructural. La solución fue popular porque el 1 a 1 mató a la “híper”. Entre 1989 y 1991 ocurrió, en algún punto, el nudo gordiano de la transición democrática: gobernar la economía, tener moneda. Podíamos escapar de Menem pero no de la sociedad menemista. Fukuyama de facón: destripó la inflación, derrotó al remarcador de supermercados (además de los Carapintadas). El fin de la inflación, el fin de esa Historia.

Hace dos años escribí un artículo (“Un busto ahí”, pensando al presidente democrático que construyó esa orden: dispararle a esos, los impiadosos, el 3 de diciembre de 1990) en el contexto del macrismo y los desvaríos de su política algorítmica. La sociedad que vio irse de las manos muchos derechos en los años 90 amasó quizás en esos mismos años un derecho no escrito: el derecho al consumo. La gran transformación de la época es que el “consumo” se convirtiera en el verdadero (o posible) derecho de masas. Pero a los pies de ese “derecho” se hizo polvo el macrismo. Menem no se llevó mal con el presente. El macrismo odió el presente. Me interesaba reponer la figura del riojano, sobre cuyo silencio se volvió más sonoro ahora que gobernaban, a su modo, sus hijos políticos. La estatua que inauguró el macrismo de Alfonsín fue un monumento al subconsciente: era el Alfonsín de traje y cabizbajo que caminaba por los jardines de Olivos. Esa foto que vimos todos. Al lado caminaba Menem, el invisible. El innombrado. ¿Se acuerdan aquel código temprano del anti menemismo? “No lo nombren, que trae yeta”. Decir Menem y tocarse el huevo izquierdo. Pero esa estatua de Alfonsín con su adversario invisible se llama “1989”. ¿Por qué el macrismo no nombró a Menem? A esa pregunta, mi respuesta. El macrismo nombraba a Frondizi, que es lo que se dice cuando no se dice nada.

Una que sabemos todos

En los 90 germinaron metáforas de divulgación con las que se piensa mucho la política: gobernabilidad, partido del orden. Con Menem el peronismo “gobierna”. Con Menem el peronismo da gobernabilidad y orden. Estabilidad. El pasaje del antiguo peronismo plebeyo (cuya proscripción suponía la garantía de orden) a un peronismo de la democracia cuyo gobierno ES la garantía de orden. Menem es el peronismo de la desigualdad: gobernar la sociedad fragmentada.

La sociedad que vio irse de las manos muchos derechos en los años 90 amasó quizás en esos mismos años un derecho no escrito: el derecho al consumo. La gran transformación de la época es que el “consumo” se convirtiera en el verdadero (o posible) derecho de masas

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Menem habló poco y nada. Todos sus gestos parecerían decir: que hablen las cosas por mí. Que hable el enano menemista que tienen adentro. Alfonsín se habló todo. Duhalde se habló todo. De la Rúa incluso pretendió su vaga defensa en algún homenaje en el Lalín o una tarde en el legendario programa “Poder vacante” de Jorge Asís en Crónica. El kirchnerismo es una máquina parlante. Relato, luego existo. Menem no. Silencio. Diez años y nada más. Si todo habla de menemismo, yo no hablo. Si Tinelli es menemismo, si el nuevo cine argentino es menemismo, menemismo es la sociedad civil. Las condiciones de la época. ¿De qué se hizo ese tabú, apenas quebrado a veces por un juego de incorrección política de vuelo corto? Sobre ese instante de felicidad entre 1991 y 1994, sobre esa caída entre 1998 y 2002, organizamos nuestras cuitas del presente. Esos dos legados. El sabio negro, el sabio blanco.

Se dice que los años 90 fueron los años de olvido, amnesia, consumo, cinismo. Ninguna época nació con tantos adjetivos puestos. Pero la palabra “Memoria” hizo su talle ahí. Fue una década veloz y melancólica, y nunca hubo tanta “memoria” como en los años 90. No memoria de Estado, no ExEsma, sí memoria de la sociedad civil. La marcha por lo veinte años del golpe de Estado (24/3/96) mostró ese coágulo definitivo. Si no hay justicia hay escrache. El kirchnerismo es hijo de las dos cosas: del “partido de Estado” que Menem preservó y de la sociedad civil que preservó la memoria, la sacralidad del “relato”.

“Siglo 20 Cambalache” fue un programa pionero de lo que vendría: una televisión educativa. Cruzó los años 90 en las tardes de sábado familiar del eclesiástico TELEFE, con Fernando Bravo y Teté Coustarot como pareja de conducción que reunía un rompecabezas de época: el periodista y la ex modelo. Pasaban informes del siglo que se iba con invitados. Una bella despedida en la melancolía familiar y liviana de un sábado a la tarde en las familias que eran sobrevivientes de tantas cosas. La dictadura militar de 1976 era tratada como tal. Y los repasos de modas, música, cine y el calor de las masas: nazismo, Hiroshima, 17 de octubre, revolución cubana, Vietnam, beatlemanía, Ezeiza y Woodstock. La historia migraba a la televisión, se la podía contemplar como un álbum de fotos familiares, con sobrevivientes, muertos, mutilados, indiferentes. La abuela que recuerda el peronismo, los padres que recuerdan la guerra de guerrillas.

La década menemista también afianzó el consumo a la cultura progresista que cantaba glorias perdidas: biblioteca y videoteca Página 30. Menem y una década filantrópica: se puede consumir la Historia pero no hacerla. Por supuesto que estaban los márgenes. El Perro Santillán, Moyano, De Genaro, Hebe. Los irreductibles. Los que no aceptaban la retirada. Pero incluso la izquierda social de los años 90 construía sobre la memoria su campo, su lenguaje, sus siglas. Y Menem se construía contra el horror de la híper.

Menem y una década filantrópica: se puede consumir la Historia pero no hacerla. Por supuesto que estaban los márgenes. El Perro Santillán, Moyano, De Genaro, Hebe. Los irreductibles

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Una de esas tardes diáfanas el programa pasó un informe sobre la muerte de John Lennon, ocurrida el 8 de diciembre de 1980. Corearon los tips trillados: el pacifista, el loco, el rebelde escolar, el que devolvió la condecoración a la Reina en 1968 por la intervención británica en Biafra, la cama de la paz con Yoko, así, en secuencia, la vida del músico hasta el final en la puerta del Dakota con los anteojitos redondos y gandhianos estallados en el pavimento. El informe concluye mientras suenan las teclas del piano golpeando la melodía de esa canción imposible llamada Imagine, en la imagen final John y Yoko caminan por un sendero oscuro, rodeados de árboles, rumbo a una casa blanca en cuya sala Lennon concluirá la canción mientras Yoko abre las cortinas para que entre el sol. Teté, acongojada, nos lleva al recuerdo personal: su mañana de diciembre de 1980 cuando lee el diario y se entera de la muerte de John Winston Lennon a tiros en la puerta del edificio Dakota de Nueva York. Teté vio la noticia, lloró y sintió algo. Y ahí nos dice qué es lo que sintió en 1980, el cuarto año de dictadura militar: “siento que están matando a mi generación”. ¿ESMA? Puesto menor. Lennon dijo Teté, nuestra miliciana “internacionalista”. Una generación se descubre en sus muertes.

Nosotros también querríamos decir como Teté: somos una generación. Aunque cada uno tiene grabado el pedazo de la conversación rota de su caja negra. ¿Qué tenemos? Como decía Chiche Gelblung llevándose el dedo índice a la sien: memoria. Sangres más pesadas que el agua. El museo del futuro que no fue y del que vuelven a contarse sus historias. Ahí fuimos y ahí vamos, los países siempre van al frente.

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