09 / 03 | Cultura

LOS ALBERTOS

Cuando Pacho O’ Donnell durante una entrevista le preguntó con qué actor se había quedado con ganas de trabajar jamás imaginó el nombre que Alberto Migré iba a pronunciar sin titubeo: “Alberto Olmedo”, contestó firme y contundente el creador de telenovelas. “¿Olmedo?”, desafío Pacho. “Sí, me hubiera gustado mucho hacer una comedia con él”, remató Migré .

De haberse llevado a cabo esa insólita fusión hubiéramos sido testigos privilegiados de la mancomunión más destacada de los años artesanales y exitosos de la televisión argentina. Los Albertos, Olmedo y Migré, fueron durante décadas reyes de esa monarquía sin corona que fue la mal llamada “caja boba”. Uno, a pura improvisación y frescura; el otro, a fuerza de un lenguaje florido y parlamentos románticos.

"Los Albertos, Olmedo y Migré, fueron durante décadas reyes de esa monarquía sin corona que fue la mal llamada “caja boba”"

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Si bien Olmedo empezó como “tira cables” y Migré como “che pibe” en la radio, no tardaron mucho en destacarse en la programación televisiva hasta ser piezas fundamentales de la misma. Y como en un juego azaroso además de nacer bajo el mismo signo astrológico, virgo, los Albertos se despidieron de su público durante el mismo mes, Marzo.


Alberto Olmedo

El 5 de marzo de 1988 se bajó del escenario Alberto Orlando Olmedo. Un abrupto descenso de 11 pisos en un edificio tradicional de Mar del Plata, el Maral 39. Mucho se ha dicho ya sobre ese verano trágico aunque a veces se olvidan de agregar que el 6 de marzo, al otro día de la inesperada muerte del actor sin poder despedirse y ante la tristeza de la noticia, también murió Doña Matilde Olmedo, la mamá del cómico, coronando así la oscura y agitada temporada estival de ese año. El sombrío verano del 88.

Pero antes de ese triste y solitario final, Olmedo era el más taquillero y exitoso de los actores de la década. Señalado como burdo y chabacano (él mismo ironizaba en sus programas sobre esa descripción que hacían de su estilo) tuvo su reivindicación poco después de morir cuando parte de la crítica y el establishment cultural comenzó a valorar su paso por la televisión donde dejó una huella indeleble marcando un camino que hasta  hoy perdura: desacartonó con su ingenio y desfachatez ese espacio solemne que eran los estudios televisivos.

"Trunca la posibilidad de protagonizar la novela de Osvaldo Soriano “A sus plantas rendido un león”, su filmografía siempre ha sido catalogada como superflua, misógina y chata"

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Pero el ámbito donde las mieles del reconocimiento aún hoy le son esquivas es el de la pantalla grande. Trunca la posibilidad de protagonizar la novela de Osvaldo Soriano “A sus plantas rendido un león”, su filmografía siempre ha sido catalogada como superflua, misógina y chata. Olvidable. Pero a 31 años de su largo adiós quiero dedicarme a una película con poca e inmerecida suerte, la “mujer bonita” que no fue.

“El que quiere Celeste”

Ese iba a ser el título original del film pergeñado por otro injustamente relegado actor, Julio De Grazia, que además de escribir y participar en la película, fue su director. ¿De qué se trata “El que quiere Celeste”? Es una comedia romántica que se adelantó tres años al éxito de “Mujer Bonita”, con la que comparte más de una semejanza. Sí, Alberto Olmedo fue nuestro Richard Gere. Víctima del pánico de los productores por no cortar los suficientes tickets, la película terminó siendo rebautizada como “Susana quiere y el Negro también”, título que la acercaba más a la picaresca que inundaba el destape alfonsinista que a las verdaderas intenciones de su director que había imaginado una comedia protagonizada por una pareja con química romántica y timming para hacer reír.

La Susana del título no era otra que Susana Traverso, una bellísima vedette con  dotes para el humor que fue compañera estelar del rosarino en una exitosa temporada televisiva. Susana además fue la primera vedette en ser capocómica. El histórico zar, Alejandro Romay, al ver su destacada participación  en el programa “No toca boton”, se la birla a la troupe de Hugo Sofovich y la convierte en la cabeza de su propio show “Oh Susana” antes del muy exitoso “Monumental Moría” de la Casan.

En la película, Aristóbulo Rey (Olmedo) es un rígido y opaco viudo con tres hijos que un día se cruza con Celeste Bruzza, una bella prostituta que le termina cambiando la vida. Cual Profesor Higgins de “Mi bella dama” o como el millonario Edward Lewis en esa Cenicienta moderna que lanzó al estrellato a Julia Roberts. Pero a pesar de lo trillada de la historia sus particularidades la unen a otro film interesante del cómico, “Mí novia él”. Son historias románticas con una dirección más profesional y una muy buena compañera de rubro. Dentro de la filmografía olmediana podría decirse entonces que la erróneamente bautizada “Susana quiere el Negro también” es una perla.

Lástima que en el momento del estreno, el público aspiraba a ver chicas con poca ropa y oír chistes simples antes que ser testigos de un Olmedo sufriendo por asuntos del corazón. Y así fue que nuestra “Pretty  Woman” pasó por los cines con más penas que glorias. Desilusionando así a su protagonista que había puesto muchas expectativas en ese film, muchas más que en otras de sus películas. Quería el reconocimiento actoral que nunca había obtenido.

"Dentro de la filmografía olmediana podría decirse entonces que la erróneamente bautizada “Susana quiere el Negro también” es una perla"

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La crítica obviamente la ignoró y la tele no le dio siquiera la oportunidad  de transformarla, a fuerza de repetición, en un clásico como en el que si se han convertido “Rambito y Rambón” o “Las mujeres son cosas de guapos”

Alberto Migré

El 10 de marzo de 2006, y soñando vaya uno a saber con qué, dejó este  mundo de lágrimas, casas chorizo, diálogos extensos y tórridos romances Felipe Alberto Milletari, más conocido por todos como Alberto Migré.

Dentro de su habitación y en la placidez de la noche su corazón se despidió de todos los corazones que había roto y reconstruido con sus historias de amor. Hacedor de un estilo único, sus novelas estuvieron teñidas siempre de una porteñidad con aroma a patio de la que se jactaba como devoto.

Adelantado a su tiempo, hizo abortar a una de sus protagonistas, incluyó organizaciones armadas (“Rolando Rivas, taxista”), fantaseó con un romance entre una jugadora de fútbol y un ex futbolista (“Fabián 2- Mariana 0”), incluyó el tema de la violencia de género (“Piel Naranja”) e hizo del teléfono y la incomunicación un eje fundamental del amor (“Una voz en el teléfono”). Pero de todas me voy a quedar con una  cuyo  impactante final  ha hecho historia: “Piel Naranja”.

"“Piel naranja” es, entonces y más que nada, el espacio del deseo femenino relegado. En esos convulsionados años setenta, Migré decide contar una historia de amor clandestino"

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En 1975 irrumpe en la televisión una historia poco convencional para el “medido” mundo de las telenovelas. La bien casada señora Clarita, joven, bella y sumisa, se siente magnetizada por el pretendiente de su hijastra, un muy atractivo almacenero paraguayo llamado Juan Manuel. Pero lo interesante en esta historia es que la piel a conquistar, a explorar, a disfrutar del título no es la de ella, sino la del galán, poniendo esta vez sobre el tapete un tema negado en la televisión hasta ese entonces, el deseo femenino.

Clarita desea. Desea dejar su oprimida vida matrimonial. Desea a un hombre. Desea tener el control de su vida. “Piel naranja” es, entonces y más que nada, el espacio del deseo femenino relegado. En esos convulsionados años setenta, Migré decide contar una historia de amor clandestino. Una historia a puertas cerradas, como el país que de a poco iba bajando sus persianas para no ver lo que pasaba afuera.

Lejos de sus clásicos y concurridos patios, esta historia se desarrolla dentro de un edificio y en el subsuelo del almacén del galán. No hay conflicto de clases ni embarazos que aten destinos. Solo hay necesidad de cuerpos. Para la pacatería reinante de la época el éxito de la novela reflejaba una realidad que asomaba tenue, un nuevo mapa demográfico: menos nacimientos más píldoras.

Clarita parece tenerlo todo: casada con don Joaquín vive adorada por este hombre mayor, aparentemente noble y dedicado, pero que la somete a la peor de las torturas. La “ama” asfixiantemente. Para completar el rompecabezas Joaquín es impotente y la acusa a ella de su desgracia. Pocas historias en la televisión pudieron reflejar tan bien la violencia de género. Opresión y violencia psicológica. Ese “amor” desmedido que termina agobiando a la heroína que encima siente culpa de no corresponder a los “buenos sentimientos” de su manipulador cónyuge.

"Para la pacatería reinante de la época el éxito de la novela reflejaba una realidad que asomaba tenue, un nuevo mapa demográfico: menos nacimientos más píldoras."

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Lo notable  además es que no solo Clarita desea, otras mujeres se muestran sexuales, activas y decididas en la tira. Desde Marili, la hijastra feminista de 17 años que no quiere compromisos con Juan Manuel y trata de sacarselo de encima cuando esté le propone algo serio (motivo por el cual entra en acción Clarita, que con solo 29 años era más la hermana mayor de la chica que una madre) hasta doña Angélica, la abuela materna de Marili, una espléndida mujer mayor de 60, que tiene un amante de su edad al que maneja con sus encantos.

Clarita, en otro punto interesante  de la novela, llega a huir de ambos hombres cuando nota que Juan Manuel empieza a presentar los mismos mecanismo opresores de su marido, haciéndola dudar si no es mejor dejar lo malo conocido y también abandonar lo probablemente malo en el futuro para quedarse sola.

Pero por los hechizos de la pluma del autor, la joven pareja se reconcilia y decide huir de ese marido que solo quiere seguir aprisionando a Clarita.

“Piel naranja” además retrata esa oscura zona previa al golpe, sin bajada de línea, pero con el ojo puesto en ese tiempo gris que parece anunciarnos que los jóvenes nunca van a estar seguros  aunque escapen a otro país.  El marido contrata a un ex policía para seguirlos y no detiene su plan de aniquilarlos aunque hayan cruzado la frontera con Paraguay. El plan Cóndor de Don Joaquín.

Otro hallazgo de Migré es la elección de la pareja central. Marilina Ross es Clarita y Juan Manuel es interpretado por Arnaldo André. Un dúo amplio y diverso, convenciéndonos de su pasión desmesurada. Así, esta historia hermética, oscura y pasional tiene un final imperdonable para el estándar de la telenovela: no hay un desenlace feliz. Como un adelanto de los años venideros. La osadía de los jóvenes buscando la felicidad va a tener un alto costo. Felicidad que hasta último momento Clarita deja en claro que no tiene que ver ni con los hijos ni con la familia.

Es feliz ahí, bajo la cálida noche guaraní, hamacándose mientras  le roza las manos a su amado.

Nos queda la gran duda sobre la respuesta inesperada de Alberto Migré a Pacho es: ¿qué hubieran hecho juntos los Albertos? ¿Qué romance hubiera inventado el apasionado Migré para Olmedo, el dueño de la risa? Solo nos queda entonces crear nuestra propia historia sobre eso que nunca jamás sucedió y pedirle al cielo que el artesano Alejandro Romay se encargue de producirla desde el más allá.


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