03 / 07 | Dossier Menem

MENEM Y URQUIZA: OLVIDAR PARA GOBERNAR

¿Qué tienen en común el presidente que mandó a Juan Manuel de Rosas al exilio en 1852 con el presidente que repatrió sus restos en 1989? Una respuesta rápida nos llevaría a decir que ambos fueron vistos como traidores por los herederos de sus propios movimientos. Muchos federales vieron en Urquiza a un traidor por haberse levantado contra Rosas o por haber abandonado el campo de batalla en Pavón. Parte del peronismo hizo lo propio con Menem por haber llevado adelante un programa económico y social que se oponía a la tradición peronista. Pero no es ésta la similitud que quiero explorar aquí. El problema de los “traidores” es que han sido más juzgados que comprendidos y el objetivo de estas líneas no es juzgar sino comprender.

El argumento que propongo explorar es que a Urquiza y a Menem los acerca una misma forma de tramitar la memoria frente a un pasado sombrío, a partir del olvido, y una misma forma de pensar la política, a partir de la reconciliación. Urquiza tenía detrás suyo el terror rosista, con cuyos protagonistas debía convivir y gobernar. A Menem lo precedía el convulsionado regreso de la democracia luego del terrorismo de estado, con cuyos responsables disputaba el monopolio de la violencia. ¿Qué hacer con un pasado reciente cuyas heridas permanecían abiertas? ¿Qué hacer con los responsables y cómplices del terror rosista y del terrorismo de estado? Frente a estos dilemas, ambos apostaron al olvido y al perdón como la forma de convivencia posible en una sociedad dividida por el pasado.

"A Menem lo precedía el convulsionado regreso de la democracia luego del terrorismo de estado, con cuyos responsables disputaba el monopolio de la violencia. ¿Qué hacer con un pasado reciente cuyas heridas permanecían abiertas?"

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En una época en la que la memoria se presenta como un imperativo moral, vale la pena preguntarse, a la manera de Paul Ricoeur, si existe una forma respetable de olvido. ¿Hay coyunturas políticas en las que el olvido debe prevalecer sobre la memoria? Los primeros en tomar consciencia de los peligros de la rememoración fueron los antiguos griegos. En Atenas, a inicios del siglo V a.c, se prohibió la representación de una tragedia de Frínico porque narraba la manera en que los persas se apoderaron de Miletos, despoblándola y quemando sus santuarios. La asamblea ateniense castigó a Frínico con una multa por haber recordado las desgracias y convocado a los ciudadanos a restituir la memoria de sus propios males. Otro ejemplo clásico de usos del olvido es el de Enrique IV, el primer rey de la dinastía de los Borbones en Francia. Durante el siglo XVI, Francia atravesó sangrientas guerras de religión entre católicos y hugonotes (los protestantes franceses), y en 1589, en un plot twist histórico, Enrique de Borbón, líder de los hugonotes, se convirtió en monarca. Para lograr la obediencia de París, Enrique IV debió abrazar el culto católico y de allí que se le atribuya la frase “París bien vale una misa”. Pero el país seguía dividido luego de décadas de guerras civiles. En pos de la gobernabilidad, el rey estableció el olvido por decreto: “La memoria de todas las cosas pasadas de un lado y del otro permanecerá apagada y dormida como si las cosas no hubiesen sucedido”.

Ambos ejemplos, entre muchos otros a lo largo de la historia, ilustran momentos en los que el recurso del olvido fue invocado para poner fin al conflicto y la división. El mismo gesto adoptó Urquiza tras la batalla de Caseros y el exilio de Rosas, cuando llamó a “olvidar todos los agravios” y fusionar los partidos políticos. En un país sin Constitución, que todavía era un conjunto de provincias autónomas e independientes, había que reconciliar las tendencias en pugna para favorecer la tarea de organización nacional. Sin vencedores ni vencidos, los seguidores de Rosas convivieron con sus detractores. Vicente López y Planes, el gobernador provisorio de la provincia de Buenos Aires designado por Urquiza, era un ex funcionario del régimen rosista que tuvo como ministro de gobierno a Valentín Alsina, un militante antirrosista. La reconciliación fue corta, las grietas volvieron a abrirse y Urquiza gobernó un país que permaneció dividido los siguientes diez años.

Menem, a lo largo de su presidencia, también intentó replicar la inicial política urquicista. En su discurso de asunción propuso “serenar los espíritus” y no agitar fantasmas de lucha para lograr cicatrizar las heridas del pasado. Proclamó el fin del país “del todos contra todos” y el inicio del país del “todos junto a todos”. Se presentó como el presidente de la Argentina de Rosas y de Sarmiento, de Mitre y de Facundo. Así quiso exhibirlo a los tres meses de asumir, cuando repatrió los restos de Juan Manuel de Rosas. La recuperación de la figura del Restaurador de las Leyes no buscó avivar la polarización sino tender puentes de unión. En el desfile que traía sus restos caminaban los descendientes de Rosas junto a los descendientes de sus enemigos. Días después del acto, Menem indultó a más de 300 militares condenados durante el gobierno de Raúl Alfonsín. Una misma idea unía la repatriación con los indultos: había que dejar atrás la discordia, la desunión y los resentimientos.

"La asamblea ateniense castigó a Frínico con una multa por haber recordado las desgracias y convocado a los ciudadanos a restituir la memoria de sus propios males"

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Nicole Loreux, quien estudió el olvido en la antigua Atenas, sostiene que en el siglo V a.c la política era “hacer como si nada hubiera pasado. Ni el conflicto, ni el asesinato, ni el rencor. La política pues comenzaría donde cesa la venganza”. A la manera de los antiguos griegos, Menem veía en la memoria un riesgo político. La necesidad de paz se imponía sobre la búsqueda de justicia. Tal vez, esta fue una de las enseñanzas que le dejó a nuestro ex presidente leer las obras completas de Sócrates.


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8 Comentarios

  • Alejandro says: 3 julio, 2020 at 16:29

    Buena nota. Eso si, me parece una barbaridad comparar el terror rosista con el terrorismo de estado. Coyunturas diferentes, escalas abismalmente diferentes y objetivos muy distintos. En un caso se buscaba defender al país de caer en la garras del imperialismo de turno y en otro se lo servía en bandeja al neoliberalismo imperial. Ni hablar de que al traidor urquiza se lo sigue vanagloriando hasta hoy en municipios, trenes, estaciones de subte, calles, plazas, barrios y monumentos.

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    • Julio says: 4 julio, 2020 at 12:39

      Es ANACRÓNICO comparar el supuesto terror en Rosas (sus enemigos hacían exactamente lo mismo: lavalle, paz, sarmiento, mitre) con el TERRORISMO DE ESTADO DEL PROCESO…..

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  • Jorge says: 3 julio, 2020 at 20:30

    De cualquier manera creo que la gran traición de Urquiza no fue levantarse contra Rosas, sino retirarse de Pavón contra Mitre y liquidar así el federalismo. También creo que a Menem le cuestionariamos menos los indultos y el abrazo con Isaac Rojas si no hubiera destruido el tejido social, productivo y educativo del país

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    • Alejandro says: 6 julio, 2020 at 16:37

      Totalmente lo del turco. Lo de urquiza fue una traición en dos tiempos, toda una obra maestra de relojería (o masonería, según se prefiera). Le pagaron buena guita por eso y el, a su vez, pagó entregando lo que hoy es el lado brasilero de las cataratas. En lo de entregar si que se parece a Menem…

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  • Raúl González says: 4 julio, 2020 at 02:52

    Hay mucho rock del olvido sin tanto biri biri..

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  • Daniel says: 4 julio, 2020 at 08:15

    Esta historia lleva 200 años y los federales no la ganamos , yo como entrerriano opino , grandes federales de dichos y profundos unitarios de bolsillos , sigue pasando lo mismo después de 200 años , gracias

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  • Conrado says: 8 julio, 2020 at 22:44

    ¿Olvidar y que vuelva a suceder? NI olvido, ni perdón. Memoria, verdad y justicia.

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  • Pablo says: 18 julio, 2020 at 10:25

    No estoy de acuerdo con la conceptualización de terrorismo de estado por parte de la autora (a quien respeto intelectualmente en muchos otros aspectos) respecto a la actitud de Rosas. Básicamente porque el Estado no era tal durante el gobierno del mismo, porque el terrorismo de estado necesita de una organización sistemática como sucedió en el periodo de reorganización nacional. Puntos de vista. No pretendo negar la violencia reinante en 1829/1853 pero dentro de un clima de época de hostilidad y persecución entre las montoneras federales, las participaciones populares desbordadas y el unitarismo centralista.
    Muy gracioso el remate final del artículo. Touché.

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