16 / 10 | Lo de siempre, Política

NEGRO SOBRE NEGRO

Mamá contaba que antes de la revolución boliviana de 1952, en la Plaza Murillo de La Paz había un cartel que advertía: “Ni perros ni cholos”.

Y no había.

Como tampoco es cierto que hubiera un cartel en el Huangpu Park de Shanghai que dijera “Dogs and Chinesenotadmitted”.

Resulta que la modernidad que llegó para librarnos del yugo de la tradición y a abrir los espacios públicos para todos no era tan moderna ni venía a liberarnos. Ah, pero el yugo. Porque aunque los carteles y ordenanzas nunca hubieran existido, lo cierto es que perros, chinos y cholos no estaban permitidos.

En cambio, sí es cierto que en agosto de 1800, en un descampado inhóspito llamado Littlepage’s Bridge, un grupo de esclavos de Virginia reclutaba socios para una rebelión de masas en la que planeaban entrar a Richmond, secuestrar al gobernador James Monroe, evitar la matanza de metodistas, cuáqueros y franceses, quizás liquidar al resto de la población blanca, abolir la esclavitud. Un lugar de reclutamiento para la Rebelión de Gabriel, una insurrección frustrada en el tiempo. Littlepage’s Bridge no era la plaza neo-agórica de la esfera pública burguesa sino un pastizal perdido en medio de uno de los sistemas de control más cruentos de la vida moderna. Hoy está bajo una rampa de la ruta 301. A Gabriel Prosser lo colgó el gobierno de Virginia el 10 de octubre de ese año, en las horcas del Estado junto al cementerio de negros, un conjunto arquitectónico mísero que, en sus propios términos, era la versión temprana del espacio público como espectáculo para ver y ser vistos, reconocerse y diferenciarse, los colgados y los colgantes. Una plaza en plena campaña: veinte días después Jefferson ganaba las elecciones para ser el tercer presidente de los Estados Unidos. Jeffersoniandemocracy.

Negro sobre Negro”. Collage, 2020.

En 1899, Ramos Mejía se preguntaba qué pasaría en la Argentina “el día que la plebe tenga hambre, la multitud socialista que se organice sea implacable y los meneurs que la dirijan represente el acabado ejemplar de esa canalla virulenta que lo contamina todo”. Y el hambre fue y vino, pero hace 75 años, los que llenaron la plaza eran miembros de la clase trabajadora con una de las ingestas calóricas más abultadas de la tierra. El último que apagó la luz de la Década Infame pudo haber anticipado su versión de lo que dijo Krieger Vasena un cuarto de siglo después a propósito del Cordobazo: A mí me echaron los obreros mejor pagos de la Argentina. Los mejor alimentados de la tierra se comieron en la sobremesa de medianoche los restos de un régimen que había prometido despotismo ilustrado y que se quedó ahí mirando, un poco sin entender.

"hace 75 años, los que llenaron la plaza eran miembros de la clase trabajadora con una de las ingestas calóricas más abultadas de la tierra"

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Y más aún, están ahí sin terminar de entender a quién miraban en el balcón. Las convicciones fascistas de Perón eran vagas, a esa altura iconografías, memorias sobre las que habría que montar otra cosa, una nación de iguales. En el imaginario de Pasolini, la sociedad fascista salía a la calle y después volvía a la casa familiar, a una mesa austera con un buen vino tinto en el centro. Un De la Cárcova pero con pan y trabajo. Perón, meneur de cierto vuelo, probó pasolinearla un poco, ver qué pasaba, los mandó de vuelta a la casa. Alfonsín venía atrás a pedirle a la gente cuarenta años después que “vuelva a sus casas a besar a sus hijos”. Los hermanos Molina se mojaban las patas en la fuente con el gesto agotado por el calor y la caminata y la espera, y no se iban a volver a Caseros tan pronto ni tan calmos y la imagen termina siendo un corte oblicuo escrito a cuatro manos entre Lugones y Malaparte. Kaputt.

Ahí hay algo distintivo de nuestra elite, lo de no entender, no poder haber entendido. Ezequiel Adamovsky comentaba el otro día a propósito de su libro El gaucho indómito que en la Argentina no hay una narrativa del ser nacional que sea hegemónica. Y yo pensaba que esa materia inestable, la de la cultura política de masas, nunca termina de ser aceptada y entonces el ser nacional no sólo no es el emblema que debe ir en la cartera de la dama y el bolsillo del caballero del estado moderno, sino que es su anatema. En eso Borges tenía razón cuando decía que otra sería la patria si el libro nacional hubiera sido el Facundo en lugar del Martín Fierro. Quizás de ahí la enorme productividad de la poética de las derechas en una especie de carrera loca por atrapar el sentido último de ese sujeto elusivo, arisco. En la secuencia Gaucho-Compadrito-Cabecita Negra-Choriplanero está el equívoco que torna al país imposible cuando el símbolo de la nación no sólo no es su emblema sino su enemigo interno. Doscientos años, de qué sirvió. Esa secuencia no es un linaje, porque los linajes se construyen hacia atrás y los hermanos Molina, en esa foto, están imaginando el futuro. Pero es una revelación sobre los que nombran, los que mandan.

"Littlepage’s Bridge no era la plaza neo-agórica de la esfera pública burguesa sino un pastizal perdido en medio de uno de los sistemas de control más cruentos de la vida moderna. Hoy está bajo una rampa de la ruta 301"

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El edificio teórico y jurídico de la identidad norteamericana se monta sobre un ser nacional que restituye; el ser nacional es el cowboy y el obrero de posguerra. Es con diversos vocablos, lo que no es indio ni negro. La esclavitud y el genocidio fundante le da tanta fuerza a la necesidad de un pecado expiado en la extensión de las relaciones económicas de mercado, que los emblemas nacionales son, o fueron, fuertes, duraderos. El cowboy desaparece en la segunda mitad del XIX con la extensión del alambrado y la racionalización que permite precisar propiedad y valor, pero ahí llega el obrero y el salario que traduce estas nuevas ecuaciones en una nueva forma de vida. El ser nacional no va a la plaza porque está generando riqueza. Seamos productivos que lo demás no importa.

El vaquero y el obrero se cargan al indio y al negro, pero en la Argentina el gaucho y el obrero son los negros. Y así no se puede. En la Argentina son todos negros, detestables. A veces redimibles. El gaucho y el compadrito son categorías sociales con inclinaciones políticas, el cabecita negra y el choriplanero nacen en la política, entendida como ese espacio indeseable en el que la sociedad fricciona con el Estado. Para una narrativa dominante entre las elites y que se proyecta a la patria toda, el ser nacional no sólo no es el emblema sino la causa de todos los males y lo que se necesita es un país sin gauchos o compadritos o cabecitas negras o choriplaneros, un país sin Maradona ni peronismo ni potreros ni pibes con el bucito puesto todo el puto día ni fumando en una plaza que termina siendo una extensión mas amigable del espacio privado saturado de faltas. Un país sin gente que quiera pasar el día hablando de nada y no pagar el costo, el culo cuadrado de estar sentados en el bar, la mente en blanco frente a la tele viendo de nuevo que Alemão lo pierde y que Taffarel no llega, ¡no había manera de que llegara! Un país sin diletantes, sin argentinos.

Así es difícil encontrar una categoría estable a la que adherir(se) y a la cual representar. Una plaza sin argentinos. Difícil. Pero no imposible. Lugones capitula a principios de siglo y acepta promover que ese gaucho indómito del Martín Fierro sea adoptado como emblema estatal, que ese renegado de la ley y enemigo de la autoridad sea el símbolo de la ley y la autoridad. El resultado es frágil y duradero. ¿Quién será el Lugones que domestique la memoria de aquella plaza y reponga al cabecita negra como símbolo nacional? Hace falta un Lugones que en nombre del cabecita negra negocie una consolidación de la desigualdad y la reprimarización de la economía. Hace falta un PakaPaka para los hermanos Molina y la suciedad en la parte de atrás del saco, sus patas en la fuente y la espalda cortajeada de “Whipped Peter” esperando que traiganal coronel.

"El gaucho y el compadrito son categorías sociales con inclinaciones políticas, el cabecita negra y el choriplanero nacen en la política, entendida como ese espacio indeseable en el que la sociedad fricciona con el Estado"

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¿Hace falta?

Claro que sí. Porque no se puede ir por la vida sin una teoría social. En los últimos 20 años, algo de eso va produciendo el país desde las entrañas mismas de sus imposibilidades económicas y desde las historias que nos contamos para justificarlas. En eso, el macrismo no sólo fue la confrontación más formidable al kirchnerismo, sino también, de manera artera, su consecuencia lógica, su sinceramiento cruel. Cuando el macrismo lance un Lego con la plaza del 45, haga el museo del cabecita negra y transmita desde un canal de youtube el otorgamiento de una medalla a los descendientes de Molina, estará en condiciones de oprimir con la pluma y la palabra. No es una regla total, pero en general, cuando ves un museo celebrando un sujeto social, es porque a ese sujeto están a punto de cagarlo.

¿Quién será Leopoldo Lugones?

Hasta tanto, se trata fundar el poder sobre la premisa de que Argentina sería mejor si no hubiera argentinos. Macri ha tenido la osadía de elevar eso a proyecto político. Como muchos señalamos el día mismo de la elección de 2019, el resultado que obtuvo fue formidable, no tan solo por el número, en medio de una debacle económica fabulosa, sino porque dejó en pie una coalición social extendida que como nunca tuvo expresión ideológica y electoral categórica y explícita, clasista y definida en el odio a una nación populista que siempre está a punto de poder ser desterrada. El antipopulismo ha sido la ancha avenida desde la que se reconstruyó el país moderno y sin plaza. Y lo que generó ha sido la coalición de derecha más formidable de la historia argentina, minoritaria pero robusta. Pero minoritaria. Pero robusta. Y así.

“El de las patas en la fuente”. Clarín, 11 de julio del 2010.

En el fondo, lo que hace más fuerte a aquella plaza, lo que la hace más difícil, fantasmagórica, es que están todos muertos. Perón está muerto, los hermanos Molina están muertos, Gordon está muerto. El peronismo como instrumento emancipador está muerto. Pasolini, Malaparte, Lugones; todos muertos.

"Cuando el macrismo lance un Lego con la plaza del 45, haga el museo del cabecita negra y transmita desde un canal de youtube el otorgamiento de una medalla a los descendientes de Molina, estará en condiciones de oprimir con la pluma y la palabra"

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Lo que me hace acordar, hablando de muertes: Mi mamá se murió en el 2004, en su cama, con mi hermano y yo sosteniéndole las manos y una trabajadora de la sanidad -el mismo gremio de Molina- colocándole una máscara de oxígeno irrelevante. Y en esos segundos últimos, la mente en un rewind demencial hacia la nada, susurró en unos gritos bajitos algo así como “no, nena, vamos. Dejame. Vamos. Los juegos. Nena, la plaza…” Y andá a preguntarle si era la Plaza Murillo, o la de Mayo, o la miserable plazoleta Independencia del barrio Maipú en la que crecieron sus hijos o, más probablemente, alguna plaza de Ramos Mejía con la que en ese momento le dijo “hola y adiós” a su infancia. A lo que voy es a que la plaza es ese lugar atávico del lenguaje, un terrenito hecho de colectividad y espacio público, pero que justamente por eso es donde el cuerpo de los individuos puede habitar el espacio con plenitud y soberanía. Un lugar en el que sentirse seguros y protegidos, y al que volveremos, volveremos, hasta el final mismo.


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1 Comentario

  • Marta Bodner says: 18 octubre, 2020 at 22:44

    Excelente, as usual.

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