18 / 08 | Política

PÁNICO Y LOCURA EN ARGENTINA

La derrota que sufrió en las PASO el proyecto político encabezado por el Presidente Macri adquirió ribetes trágicos no sólo por la magnitud de la diferencia entre los principales candidatos (el propio Presidente ante Alberto Fernández, la gobernadora Vidal ante Axel Kicillof), sino por lo inesperado del resultado.

La primera reacción del Presidente Macri fue de enojo e incredulidad. La culpa era del electorado por no saber elegir, no entender cómo funciona “el Mundo” ni cómo nos ven desde allí. En los discursos de campaña de Macri y Fernández habían quedado claras las posiciones enunciativas de ambos. Mientras Alberto se postulaba como el candidato de la soberanía argentina para elegir su propio destino, el Presidente se colocaba en el lugar de regente de “los mercados” (financieros) para la Argentina.

Por eso habrá sido especialmente doloroso que nada menos que el Financial Times señalara luego que Macri había perdido contacto con la realidad (“Lost touch with reality”). La “realidad” que venían manejando los inversores era la que querían creer por afinidad ideológica o de negocios con el gobierno. El mejor analizador es lo que sucedió el viernes previo a las PASO en la bolsa de Buenos Aires, donde se difundió una encuesta que pronosticaba un empate entre Macri y Fernández. Como analizó Alejandro Bercovich, “los traders quisieron creerle y apostaron fuerte al alza. El lunes perdieron millones”. Creer y reventar.


"esta vez, como pocas, el nivel de incidencia de los medios quedara fuertemente cuestionado"

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La realidad es fluida, se construye a diario, se alimenta de las percepciones e intercambios de millones de personas. Las comunidades la arman y, en ese acto, se rearman cotidianamente a través del lenguaje y sus acciones. Y cada persona la percibe a través de sus creencias construidas a lo largo de su historia personal y cultural, moldeado por instituciones humanas, la familia, la escuela, y en el cotidiano de relaciones sociales y la omnipresencia de redes sociales y medios masivos.

Pocas veces se tiene la oportunidad de corroborar el “clima de época” con tanta certeza como a través de las PASO. Aunque nacieron para ser Primarias Abiertas, Simultáneas y Obligatorias, mayormente han resultado ser un termómetro de la opinión pública respecto de sus preferencias políticas a poco tiempo de la elección general.

La emergencia de un dato preciso sobre la gestión del gobierno, sobre si ha de continuar o si ha de ser reemplazado, es interpretada según el sesgo cognitivo y las expectativas previas, con mayor o menor grado de disonancia, ese ruido entre lo que percibimos y lo que creemos. Para aquellos sorprendidos por los resultados, el clima social se enrarece y todo lo sólido parece desvanecerse en el aire. El pánico es, en su definición lingüística, un miedo muy intenso y manifiesto, especialmente el que sobrecoge repentinamente a un colectivo que se autopercibe en situación de peligro.

Cegado por las anteojeras del poder, nutrido con alimento balanceado de factura propia, el gobierno, sus seguidores, y aún muchos de sus detractores, llegaron a la contienda confiados en los recursos del Estado y en la eficiente maquinaria electoral que habían sabido formar, perfeccionada ahora con nuevas tecnologías. Pero billetera mata relato; al decir del politólogo Pablo Touzon, “obsesionados por la microsegmentación perdieron de vista la ‘macrorealidad’”, y chocaron de frente con el rechazo a los resultados de una política económica calamitosa para las mayorías. La socióloga María Esperanza Casullo señaló con toda lógica que el primer principio que rige la voluntad de los ciudadanos “es la economía, estúpido.

"No es de extrañar que una de las únicas encuestas que anticipó los resultados haya provenido del mundo del trabajo, del Sindicato de Trabajadores de Sanidad"

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Es llamativo que ninguna encuestadora “seria” o consultora de primer nivel haya podido anticipar parcialmente en la esfera pública lo que se venía. Operaciones flagrantes, metodologías flojas, el fenómeno de espiral de silencio, el voto vergonzante y la viveza de un electorado curtido en mil batallas, como el argentino, pueden ser parte de la explicación de lo que pasó. Pero es el fenómeno de burbuja social el que resulta más esclarecedor, y el que permite explicar que, esta vez, como pocas, el nivel de incidencia de los medios quedara fuertemente cuestionado. Alberto Fernández arrasó, se dirá, con los principales medios en contra. El investigador Martín Becerra señaló con tino que la “uniforme aristocracia periodística”, se alimentó de “esa realidad paralela tan propia del corredor norte de la Ciudad de Buenos Aires y sus vecinos Vicente López y San Isidro, desconectados del resto de la Argentina, de sus percepciones, necesidades y padecimientos”.

No es de extrañar que una de las únicas encuestas que anticipó los resultados haya provenido del mundo del trabajo, del Sindicato de Trabajadores de Sanidad. Hecha en base a una gran muestra de trabajadores del área Metropolitana (¡14 mil casos!) y un poco a ojo, demostró ser mucho más fiable que grandes consultoras. Quienes frecuentaban el conurbano bonaerense en transporte público fueron los menos sorprendidos por los resultados.

En psiquiatría y psicología, la prueba de realidad es la forma de evaluar la capacidad de distinguir entre una representación que proviene del mundo interno y la percepción de un estímulo del exterior. La diferencia entre yo y no yo, que afecta básicamente a la modalidad vincular entre el sujeto y lo que le rodea. Eso explica que el Presidente llegara a decir que un triunfo de Alberto Fernández puede ser “el fin de la Argentina”, cuando en realidad significaría solamente el fin de su carrera política.

Los funcionarios, militantes  y votantes intensos de Juntos por el Cambio se sienten en estos días como inmersos en el Experimento de Rosenhan, “cuerdos en lugares dementes”. Pero no es eso. Simplemente, la vida es una rueda en la que, cada tanto, la fiesta y la pesadilla trocan barrios.


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