13 / 10 | Cultura, Política

“PENSAR ES PENSAR CON OTROS”

Referente destacada a la hora de hablar sobre psicoanálisis, Alexandra Kohan es, al mismo un tiempo, una voz indispensable para ampliar los debates en torno a los feminismos dentro de la esfera pública. Con “Y sin embargo el amor. Elogio de lo incierto” (Paidós), su segundo libro, aborda con un estilo original y desprejuiciado uno de los grandes temas de todos los tiempos.

¿Recordás con qué impulso/vocación inicial te sentaste a escribir este libro? ¿Tenías un lector en mente?

Por un lado, es un asunto del que me vengo ocupando desde hace bastante en distintos lugares: la facultad, los grupos de estudio, la tesis de maestría. Me acuerdo que, cuando escribía la tesis sobre Barthes y Lacan, dejaba de lado el Barthes del amor -porque la tesis es sobre la lectura- y pensaba que ya iba a volver sobre eso que había hecho a un lado en ese momento. Pero, además, la transferencia es algo que atraviesa mi vida cotidiana, la mayor parte de mi vida, porque la experiencia analítica no es sin eso. El amor es un problema que no está para ser resuelto. Su sesgo problemático me interesa muchísimo y me invita a pensar una y otra vez, porque la transferencia irrumpe una y otra vez, cada vez, inesperadamente en su vertiente de amor y también de odio. Estaba en eso cuando me convocó Ana Ojeda, la editora, y entonces le propuse este libro. No tengo un determinado lector en mente, pero sé que no es un libro “de nicho”, como dicen. No es un libro solamente para psicoanalistas, ni hace falta tener “conocimientos previos” para leerlo.

Es un libro que no es estrictamente una investigación, no es la expresión de un saber: es un libro en el que traté de escribir los efectos de la experiencia amorosa, de la experiencia analítica. Leer, escribir y tomar la palabra llevan tiempo, pero no es un tiempo cronológico, es también el tiempo del análisis, el tiempo que no se mide ni progresiva ni linealmente. El análisis cambia los modos de leer y de leerse. Por otra parte, el decir que puse a jugar se sostiene en la clínica. El psicoanálisis no es un conocimiento que se adquiere solo en los libros, por eso no existe sin práctica clínica.

Sé que te gustan los epígrafes y las citas, el libro arranca con Lacan, Barthes, Leonard Cohen y Sara Gallardo. Hablame un poco de esa relación que tenés con las citas…

La relación que tengo con los epígrafes es casi de necesidad absoluta. No puedo empezar a escribir nada si no tengo los epígrafes, incluso no puedo empezar a pensar. Es un vicio, una ¿tara? Son una especie de marca de la lectura. Son como un pellizco que me despierta y me dispone a escribir. Porque si se trata de escribir a partir de las lecturas, si se trata de organizar esas lecturas, los epígrafes funcionan como esa marca desde la cual empiezo a desplegar lo que vengo pensando. Después puede que los mueva, los distribuya de otra manera, pero ya están ahí y ya son parte de un texto. Hasta el último día organicé los epígrafes. Las citas son otra cosa. Pero te diría que en el libro hay menos citas de autoridad -que sí las hay- que de interlocución y de afecto. Hay citas que están ahí por afecto y no sólo porque las necesitara. Porque nadie piensa solo. Pensar es pensar con otros y es por eso que me gusta que se note con quiénes estoy pensando. Lo sepan ellos o no lo sepan. Para mí eso es una interlocución y una especie de comunidad de lectura, incluso de amistad.

"Muchas veces los críticos del psicoanálisis confunden singularidad con individualismo. Y no, la práctica del psicoanálisis es una práctica social que, además, tiene efectos en la comunidad"

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Una figura muy presente en algunos de los pasajes del capítulo en el que apuntás contra la mercantilización del amor, es el oxímoron del que das muchos ejemplos como “amor libre” “libre mercado” etc ¿Por qué creés incluso en ámbitos de estudio permean esta clase de postulados?

No estoy tan segura de que estos discursos permean en ámbitos de estudio. O, en todo caso, diría que hay una cantidad de personas investigando ya hace años y rigurosamente estas cuestiones. Pienso en Karina Felitti, Carolina Spataro, Vanesa Vázquez Laba, Mariana Palumbo, Virginia Cano, Florencia Angilletta, María Méndez y muchas otras que, justamente, investigan o están pensando mucho y muy bien estas cuestiones. Lo que noto, sí, es por parte de ciertas personas que sostienen estos discursos un gesto antiintelectualista y una disyunción entre pensar y hacer. La práctica de pensar es también, para mí, una práctica política. Por otra parte, hay en algunas personas una insistencia en pensar desde las propias experiencias como si eso alcanzara. Por eso me parece muy interesante el modo en que estas cuestiones se investigan también en la universidad. Así que no sé si estoy de acuerdo con lo que vos planteas de que son discursos que permean en ámbitos de estudio. Diría que es al revés: a más lecturas, menos permeabilidad.

En otro pasaje decís “Burocratizar la práctica psicoanalítica” ¿En qué consiste esa burocracia?

Hay algo que dice Lacan (y que no recuerdo si lo puse en el libro): que cuando un “analista” se cree su lugar, se cree “ser analista” pretende profesionalizar su práctica al punto de concebirla como una serie de reglas a cumplir y ahí entonces la burocratiza. Lo otro de eso es una posición que no pretende “gestionar” la transferencia y, en cambio, estar algo así como dispuestos a la contingencia, a la sorpresa. No se puede estar prevenidos de la transferencia en el sentido en que la transferencia irrumpe inesperadamente, al igual que cualquier amor. Si uno está “preparado”, si uno pretende “prevenir” al paciente o a sí mismo de la irrupción del amor de transferencia -que es siempre problemático- entonces se defiende, rechaza eso a lo que hay que darle lugar. Es como cuando en una cita alguien advierte al otro que no está para enamorarse. “Te aviso que no estoy para enamorarme”. Algo así. Eso es intentar administrar, gestionar, burocratizar lo que es imposible de anticipar y no puede sino ser defensivo. 

Judith Butler es muy citada en los nuevos discursos de género, pero vos establecés una vinculación poco frecuente que es cómo ella habla de la noción de “consentimiento” vinculándola a la escena analítica, al igual que Allouch… 

El texto de Butler sobre consentimiento es un texto fundamental porque ella evidencia que no es tan sencillo el asunto. Se sirve de la escena analítica, al igual que Allouch, porque plantea que en un análisis -al igual que en cualquier experiencia amorosa-  el que da el consentimiento es el Yo que, a su vez, es el que más transformaciones va a sufrir a lo largo del análisis. La cuestión fundamental es qué noción de sujeto estamos pensando. Si creemos que todo pasa por la voluntad del Yo entonces estamos pensando muy imprecisamente. El Yo puede decir “sí” o “no” pero después pasan cosas que no estaban calculadas y que desbordan ese primer gesto voluntario, porque el deseo no tiene nada que ver con la voluntad ni con la transparencia con la que se autopercibe el Yo, el deseo es oscuro y opaco. Por otra parte, no hay deseo sin fantasía y las fantasías son, muchas veces, incómodas para el Yo. 

"hay en algunas personas una insistencia en pensar desde las propias experiencias como si eso alcanzara"

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También hay una relación entre la emancipación y la singularidad en un momento en que los movimientos autodefinidos como emancipatorios caen muchas veces en una estandarización que supone diluir lo singular…

La tensión entre emancipación y singularidad es una tensión irresoluble, pero no por eso hay que dejar de sostenerla. La estandarización está en las antípodas de cierto psicoanálisis y creo que muchas veces los críticos del psicoanálisis confunden singularidad con individualismo. Y no, la práctica del psicoanálisis es una práctica social que, además, tiene efectos en la comunidad. Los movimientos masivos diluyen lo singular, sí. Pero creo que se puede salir de ese aplastamiento de lo singular si intentamos separar el plano de las reivindicaciones públicas del plano del erotismo íntimo. Y quizás si podemos entender que, si bien lo personal es político, hay que dejarle lugar a la intimidad y que no toda la intimidad puede ser gestionada públicamente porque eso degrada, no la intimidad, sino el ámbito de lo público. Es lo que Beatriz Sarlo, Zizek y algunos otros vienen planteando. Me interesa seguir pensando esa tensión porque si lo íntimo pasa al plano de lo público, se va a terminar despolitizando todo.

Hablame, para cerrar, de la “resistencia” de Eros a la clasificación y calificación de todo…

Eros es un acontecimiento en el decir que incluye el cuerpo y por eso resiste a la clasificación, a la calificación. Es algo que irrumpe inesperadamente, es algo inasible e inadjetivable. Eros es el nombre de esa resistencia. Clasificarlo todo es un modo de aplastar la contingencia, de reasegurarse contra todo riesgo. Clasificar, nomenclar, anticipar costos son procedimientos de la máquina calculadora para darnos la ilusión de que con eso estaríamos a salvo de la afectación de los otros. No acuerdo con clasificar los amores entre sanos y enfermos, por ejemplo. Por eso me ocupé en el libro de esa figura tan tentadora para muchos: el amor tóxico. Eros es el nombre de lo que desborda y no encaja, de lo que se precipita como imposible de situar. Eros es el hiato que se abre por donde puede empezar a pasar el deseo.

Foto: Alejandra López


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