14 / 07 | Política

¿QUIÉN LE TEME A LA CÁMPORA?

“Los poderosos no necesitan de la política porque ya tienen el poder, ya sea a través del dinero, de las armas o de las corporaciones. El pueblo sí necesita la política, porque es la única manera que tiene para construir poder y cambiar las cosas.” (Germán Abdala)

Aquí no me caben, en sentido estricto, las generales de la ley, ya que mi trayecto por el peronismo durante los años kirchneristas se dio a través de las organizaciones sociales, no menos demonizadas pero en general ausentes de las listas y del reparto de poder. Pero, viendo los tonos de campaña de Cambiemos, y su redefinición ideológica del adversario, cabe preguntarse: ¿quién le teme a La Cámpora? ¿Por qué se demoniza la militancia juvenil, ya sea secundaria, partidaria, universitaria?

Me consterna, a casi treinta años de la caída del Muro de Berlín, escuchar a formadores de opinión y a políticos profesionales alertando sobre el peligro de la “formación marxista” de Kiciloff, la “chavización” del kirchnerismo, el peligro comunista y demás léxicos de la guerra fría. ¿Es que acaso no gobernó el kirchnerismo la Argentina? ¿No lo conocemos? Los empresarios que hoy ganan fortunas, ¿fueron expropiados por el ex ministro de Economía? Porque yo no me he enterado.


"en la desesperación, se niega al adversario la legitimidad democrática que indiscutiblemente tiene, se niega el conflicto inherente a la sociedad"

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Una necesaria cláusula de autorrefutación: no está mal, a priori, ser marxista. No lo soy, ni lo es Kiciloff. No lo es La Cámpora, a la que Kicillof no pertenece. No lo ha sido el kirchnerismo. Se agita el fantasma de una alteridad peligrosa para desviar la atención de lo verdaderamente importante: el antagonismo insuperable, que nada tiene que ver con la mentada grieta, entre los que más tienen, y menos quieren tributar, y los que menos tienen, y que conocieron a través de la organización popular, social y política, la posibilidad de emparejar la cancha. Por eso se apela al terror rojo. Porque, en la desesperación, se niega al adversario la legitimidad democrática que indiscutiblemente tiene, se niega el conflicto inherente a la sociedad. ¿O acaso no han bajado las retenciones agropecuarias, o acaso no han eliminado las retenciones a la minería? ¿O acaso no han beneficiado fiscalmente a los que más tienen? ¿Por qué debemos reparar, entonces, en que “Axel es Máximo”, y no en que Macri es Grobocopatel y Galperín? ¿Es justo que el laburante pague ganancias, pero no es apropiado para el desarrollo que lo haga Mercado Libre? ¿De qué manual económico sacaron esa idea?

Nadie puede acusarme de camporista, nunca he pertenecido a esa agrupación, por diferencias que no vienen al caso sobre el modo en que se concibe la acción política -diferencias, que, empiezo a creer, son la marca de una distinción entre una generación que arrancó antes a hacer las cosas, en el duro invierno de los años 1990, y otra que, simplemente, vino después-. Pero reivindico la política, la política democrática, la política entendida como transformación de las inequidades que el mercado inevitablemente genera, la política como contrapeso popular del mercado, y no como mero gerenciamiento técnico del país, aún cuando necesitemos también de buenos gerentes, de buenos administradores.

"Lo peligroso de estos prejuicios, de este aliciente al odio, es que tiene enemigos precisos: los sindicatos, los centros de estudiantes, las organizaciones sociales… ¡Juan Carr! ¿Cuál es el límite?"

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Vengo, en todo caso, a advertir de una peligrosa desviación de los parámetros mínimos de la conversación democrática. Ahora resulta que ser de La Generación o de Jóvenes PRO no merece notas, pero que Kicilof debe dar pruebas de su compromiso con el capitalismo -compromiso que ha dado, por cierto, quizá en demasía o con impericia, pero ha dado. Ahora resulta que De la Rúa fue derrocado, aún a costa de enterrar a un sector de la UCR, y al propio Alfonsín, por el peronismo, que termina configurando el curioso caso de una oposición totalitaria. Recorren, una vez más, el camino de la estigmatización y de la proscripción simbólica. Ese profundo desprecio por lo popular, esa adoración por mitos elementales -el rico no va a robar, decían ya de Martínez de Hoz y reiteran hoy con Macri- esconde una pertenencia de clase -sí, de clase- que se horroriza ante las incursiones literarias de la hija de un colectivero. No hay contenido político en la crítica a La Cámpora, no se los acusa de nada concreto -a menos que tomemos en serio a personajes como Carrió y Pelloni-. Es pura estigmatización del otro, pura denegación del estatuto de adversario democrático.

Lo peligroso de estos prejuicios, de este aliciente al odio, es que tiene enemigos precisos: los sindicatos, los centros de estudiantes, las organizaciones sociales… ¡Juan Carr! ¿Cuál es el límite? ¿Dónde nos van a reconocer legitimidad democrática para actuar, para existir, para ser parte de la Nación que diseñan sin nosotros?

Nos dijeron que eran una derecha que había aprendido del pasado. De la proscripción, del golpismo, de la estigmatización de lo popular. Vivan a la altura de esa descripción. Nosotros seguiremos donde estamos, en la Nación democrática e inclusiva que queremos construir. Renuncien al privilegio, y nos encontrarán esperándolos para la necesaria, la debida conversación democrática que requiere la Argentina.


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