26 / 08 | Política

SABOR A MÍ

Durante años, decíamos: “la derecha recalcitrante sólo pudo llegar al poder mediante los golpes militares o los fraudes”. Hasta que ganó Menem.  Luego mutamos a “es cierto, ganaron, pero usaron de caballo de Troya al peronismo para poder llegar”. Hasta que ganó Macri.

Alerta: para estar a tono con la época, usaré aquí y allá alguna metáfora biologicista, pero lo haré en forma ejemplificadora, sin pretensiones de bioquímico.

El núcleo duro de la derecha argentina ha ido mutando de huéspedes. En unos ciento y pico de años ha adaptado sus discursos y prácticas para vivir dentro de esos organismos y las fuerzas democráticas del pueblo (suena vintage: lo es) han ido encontrando los antídotos. Contra el fraude protestas, abstenciones, defensa de la Ley Sáenz Peña; contra los golpes militares, resistencia, boicots, huelgas, manifestaciones, pedidos de elecciones; el caballo de troya, “técnicamente no es delito” pero a la larga, Menem tuvo que abdicar de su candidatura y dejarnos con la duda de qué es lo que hubiera hecho en 2003.

Contra el macrismo, al que consideramos su organismo natural por excelencia, y en cuya llegada al poder no hubo trampas, ni errores ni excesos sino votos, las medidas que se utilizaron desde el campo popular, fueron las que ya se conocían y tenían larga experiencia de uso: marchas, votos, y las nuevas herramientas tecnológicas que la época ofrecía: viralizaciones, memes, entre otras.

Hoy, en épocas de pandemia, esa derecha parece ir en busca de un nuevo huésped. Si el macrismo ha decidido mutar desde las fiestas de galpón con globos a una multitud frenética que arriesga su salud, saliendo a la calle detrás de un “programa” -por llamarlo de algún modo- confuso y de una arquitectura que recuerda a las canchas del ascenso (una tribuna corta, una larga, una alta, una de tablones, una de cemento, y en algunos casos, directamente, nada), su núcleo ideológico se está trasladando a esa masa, y habrá que ver si no se está incubando allí una nueva experiencia política para experimentar nuevos formatos, para participar de la vida institucional de la Argentina. Sobre esa gente, un gran artículo es el de Diego Genoud.

Ya fueron fraudulentos, golpistas, menemistas y macristas. ¿Serán bolsonaristas? ¿Irán por la desestabilización? ¿podrán armar su 2001?  Y si así fuera ¿Qué necesitan para lograrlo?

Han tenido una ocasión importante que es la de ser dueños exclusivos de la calle como escenario, de modo que los canales afines pudieron dedicarle la totalidad de sus coberturas a las marchas, por el lado de la visualización la situación es inmejorable. 

A diferencia de los casos boliviano  y brasilero no hay impugnaciones por el lado judicial. La batalla contra Cristina parece haber cedido y Alberto no ofrece ningún flanco por donde entrarle. 

Un golpe muy efectivo a su favor sería ganar las elecciones de 2021. Para ello necesitará pasar a votos el descontento de los manifestantes y sumar muchos votos más. Para empezar tienen que asegurar que esas lealtades se convertirán en votos. Es un capital volátil, al que mantienen vivo cada mes con consignas que también van mutando. En vez de depositar un plazo fijo a 2021 o 2023 (en este país, y ahora podemos decir “en este mundo”, quién sabe cómo estaremos en 2021) lo van renovando cada mes. Sacan la plata, la cuentan y la vuelven a depositar. Dará menos interés, pero se aseguran de que la plata está ahí constante y sonante, como se decía cuando las monedas servían para algo. Mientras tanto, cuando van al home banking y miran la columna de “últimos movimientos” se solazan con esas multitudes que hoy están seguras en sus convocatorias. Pero tengo la sensación de que hay muchos dueños para esa cuenta y que cuando intenten pasar a votos esas banderas flameantes no todas irán para el mismo lado. Hay que ver si el PRO (que en parte agita y promueve la suma de bandera+bocina) logra contener a los más radicalizados sin mutar mucho su perfil de “corrección relativa” y sin sufrir escisiones. También pienso que el oficialismo (aunque no haga nada por lo menos a nivel superficie) apuesta con todo a esa dispersión e incluso a un estallido de la fuerza, mientras que la oposición debe tener esperanzas en que los vientos de la crisis arranquen alguna rama del Frente gobernante, como ya ocurrió en el pasado (sin mediar pandemias).

Si ganan 2021, habrá que prepararse para dos años terribles, donde valdrá todo. Creo que los ánimos caldeados, y la autopercepción de ser “el único organismo vivo” puede potenciar el hambre desestabilizadora que dio resultados en los países vecinos.

Por el otro lado, el gobierno, no parece tener mucho para ofrecer. Esta vez, la lógica se ha invertido, la derecha tiene la iniciativa desde afuera del poder y los sectores democráticos tienen el estado y el gobierno para dar una respuesta política. En este sentido (y sólo en este sentido) me he permitido comparar a esta coyuntura con la Semana Santa de 1987, con una salvedad: el “otro” partido de la democracia estuvo en el balcón en aquellos días (el abuelo del JGM) y hoy la UCR está enfrente. El partido del gobierno (aunque sea un frente) está solo. Pero tiene el Estado. Sobre el tema de la correlación de fuerzas, un lindo artículo es este de Germán Pérez

El peronismo, que bien puede decirle a la sociedad argentina (a toda, incluso a los no peronistas)

Tanta vida yo te di, que por fuerza tienes ya, sabor a mí.

Pero como Alberto es culposo le aclara,
No pretendo ser tu dueño. No soy nada yo no tengo vanidad

Para finalmente sincerarse:

De mi vida doy lo bueno, Soy tan pobre, que otra cosa puedo dar

Esa es LA pregunta: ¿qué puede dar un oficialismo tan pobre a esos sectores medios que necesita para ganar y consolidarse en 2021?

Hay franjas de la clase media que todavía están en disputa, pero es gente que no se conforma con amor (los que se conforman con amor, ya se sabe, bancan) y dólares, ya dijimos que no hay. Bueno, que sea seguridad, por ejemplo. Eso se complica un poco.

"Hay franjas de la clase media que todavía están en disputa, pero es gente que no se conforma con amor (los que se conforman con amor, ya se sabe, bancan). Y dólares no hay"

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El pliego de medidas que esos sectores de clase media aspiracional presentan al estado argentino son: la posibilidad de comprar dólares y “el tema de la seguridad”. Da la sensación de que todo lo que se haga que no roce esos ítems, son para otros, no para ellos. No se sienten interpelados por el avance los derechos, por las políticas sanitarias, por las IFE, los ATP, la soberanía (alimentaria, tecnológica, financiera, entre otras), aunque como es obvio, muchos de ellos hagan uso de esas políticas que han sido bandera y fortalezas de los gobiernos de Nestor, Cristina y -flacamente- de Alberto.

Y ahí el oficialismo (y de alguna manera si el escenario es “semana santa” todas las fuerzas democráticas tendrían que salir a apoyar en mayor o menor medida) tiene una encerrona: los otros temas, los que se pueden resolver “sin plata” pertenecen a una Argentina ignorada por una parte del electorado. De los dos que son claves, uno no tiene costo inmediato en billetes, (el de la seguridad) pero arrastra vicios y defectos históricos y no está claro que los funcionarios elegidos sean quienes puedan darles solución.

¿Entonces? ¿hay que resignarse a ver el crecimiento de los banderazos y bocinazos? Claro que no. ¿Apostar a que desarrollen una autoinmune y se dañen entre ellos? Eso es una jugada osadísima y de resultados inciertos.

Una de las cosas “sin cargo” que están a la mano es comunicar mejor lo que ya se está haciendo. No parece tan difícil, se trata de lograr que se identifique todas esas medidas con la gestión y labor del Estado que muchos beneficiarios reconocen y aceptan.

La tarea es difícil porque gran parte de esos beneficiarios usan “Ayn” como usuario y “Rand” como contraseña, pero cuando cierran la sesión de home banking, van a twitter a putear contra las políticas “populistas” o “chavistas” y a militar emprendedurismo. Pero no hay que enojarse. Los sueldos de los colectiveros de Rosario se pagan con subsidios del Estado nacional. Son muy buenos sueldos comparados con los de otros trabajadores, lo que les hace pagar ganancias. Pero el enojo de muchos colectiveros con el “Estado” porque les hace pagar ganancias, no encuentra una contraparte en reconocimiento por que ese sueldo se paga con las arcas públicas.

Si a ese alguien le da vergüenza, es su problema, no del gobierno. Si Nardelli fue a pedir ayuda, pues: “a ver esas cámaras para el señor Nardelli pidiendo ayuda”, y que todos lo sepan. Pedir no es vergüenza, peor es robar… ah, cierto que Nardelli, bueno, mala mía. Si Clarín cobra ATP, pues que eso se sepa vía Clarín, no vía C5N o El destape. Como se informa el cronograma de jubilados, que se informen las IFE y ATP. 

Visibilizar eso no es acoso, ni reproche, es mostrar actividad frente a un rival que no para de moverse. Es decirle (al rival y a la sociedad toda): allá se mueven en las plazas, y acá nos movemos gobernando. 

Pero no deberíamos pensar la comunicación como algo exclusivamente relacionado a “la prensa”, o como una cuestión de la forma en que se informa. La gran dificultad de este gobierno radica en lograr convertir sus “políticas” en Política y en estos casos se sabe, el singular es más que el plural. La tarea es lograr que la sociedad encuentre en el conjunto de las acciones que el gobierno realiza, una coherencia interna, una integralidad y una complementariedad que la convierten en un modo o un estilo de gestión. Quizás una solución sea refundar la marca, no sólo desde los modos, sino también desde las estrategias de intervención.

El caso de Vicentin era una buena ocasión para demostrar prescindencia en una debacle totalmente generada por el gobierno anterior y dejar en evidencia esas políticas y gestiones. Y también para demostrar que en el rol de “lo público” en la agenda, no necesariamente está asociado a la estatización o intervención del Estado directamente. El pragmatismo de hoy implica convivir con algunas de las reglas heredadas de experiencias anteriores (menemismo, macrismo) que gozan de cierto consenso entre grandes masas de la población, que no son necesariamente ricos.

La debacle de Vicentín tenía consecuencias económicas que se querían evitar, lo sé. Pero no sólo no se evitaron, sino que además, se alimentaron algunas plazas con banderas y bocinas.

Cambiar algunos modos, pero también algunos contenidos. La etapa habilita pragmatismos y heterodoxias, para sostener la situación y consolidar los éxitos (grandes o chicos) que se vayan obteniendo, con la enorme responsabilidad de que puede estar en juego mucho más que una gestión, si no un equilibrio de poderes cuya pérdida puede costar demasiado caro a toda la sociedad.

Si negaras mi presencia en tu vivir

Bastaría con abrazarte y conversar

Tanta vida yo te di

Que por fuerza tienes ya

Sabor a mí


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