21 / 02 | Cultura

SOKOLOGÍA

Es indudable que el 12 de enero de 2009 no fue un día más para el rock argentino. Cuando las noticias anunciaron que se había muerto Alejandro “Bocha” Sokol, los escenarios enmudecieron y muchos de sus seguidores iniciaron una escalada de angustia que los llevó a dejar de escuchar Las Pelotas – banda que lideró Sokol por más de dos décadas – durante un largo tiempo. Y algunos para siempre. Los fans acababan de quedarse huérfanos de la garra artística y el espíritu genuino. La muerte había arreciado sobre el último eslabón de una cadena de artistas que se habían dispuesto a dejarlo todo en cada presentación sin estar pendientes de flashes y cámaras. “La expresión sin especulación, alguien que sube al escenario a divertirse con amigos, con personas queridas, y a entregar esa parte de juego feliz e inocente”, lo describe Ricardo Mollo en el documental Solo de los realizadores Edgardo Kevorkian y Bruno Larocca, y recuerda la vez que solamente quiso bailar en una canción de Divididos.

Alejado de la mirada del amo y del dinero de hoy (y de siempre), ese que no te sirve ni importa, como canta en Día Feliz, lo depositaron en el camino de un peregrinaje artístico donde tuvo que arreglárselas con lo que había y de la manera más independiente posible. Cazador de sensaciones, historias y con la mirada siempre afilada, dejó himnos musicales que hoy en día se siguen coreando, y otros que no tanto, pero que adelantados a su época describen el estado de situación actual de una música que cada vez más se vuelca a entretener. Caricias en vano corren por tu piel/ y tu solo quieres salir a correr/ escuchas basura en tu auricular/ parece grandioso, pero es todo igual, anticipaba en la canción “Combate”, perteneciente al disco “Amor Seco” de 1995.

"¿Por qué se va de Sumo? ¿Cómo fue la vida mormona? ¿Tocó con los mormones?, ¿Los mormones lo rescataron a Alejandro?"

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La historia del Bocha se reparte por varios frentes y para poder tener una idea más acabada de todos los estadios que alimentaron sus años de vida surgió un libro, una especie de biografía, que se propone justamente este arduo trabajo de unir el hilo narrativo que va desde Sumo, su paso por la religión mormona, su etapa con la banda S.O.K.O.L, su carrera con Las Pelotas y su proyecto El Vuelto S.A, entre otras cosas. De la mano de la editorial Sudestada y la completa investigación que llevó adelante Isaac Castro, se editó Alejandro Sokol. El cazador. En186 páginas, el autor – criado en Hurlingham, la ciudad que auspició eso de que en el Oeste está el agite – traza una línea cronológica, a la cual se le permiten algunas alteraciones temporales, y la historia empieza con el padre de Alejandro (Constantino Sokol) llegando al país en un buque proveniente de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas. 

A partir de ahí, una vez hecha la radiografía de la familia, la cual sostenía su economía a través de un emprendimiento de costura, Castro empieza a escarbar el paso de Alejandro por Sumo, su estilo despojado de técnicas para tocar instrumentos (bajo y batería) y lo que fue la grabación de Corpiños en la madrugada con Sokol en batería. ¿Por qué se va de Sumo? ¿Cómo fue la vida mormona? ¿Tocó con los mormones?, ¿Los mormones lo rescataron a Alejandro? son algunas de las preguntas que se hace Castro en este libro y luego se van sumando otras:¿Cómo arrancan Las Pelotas? ¿Es verdad que lo viene a buscar Daffunchio a Alejandro? ¿Cuánto influye Alejandro en el comienzo de Las Pelotas? Toda esta aventura le lleva 3 años de investigación y más de 70 entrevistas, en las que aparecen Andrea Prodan, Timmy MacKern, Rodrigo Espina, Superman Troglio, Mario Breuer, Álvaro Villagra, Érica García, Sebastián Schatchel (Las Pelotas), Pablo Guerra (Caballeros de la Quema), Pity Fernández (La Franela), Tete Iglesias (La Renga), Juan Subirá (Bersuit), Emiliano Brancciari (No Te Va Gustar).

“A partir de lo que me fue contando la gente me fui acercando a una verdad, pero no hay una pretensión totalizadora, como digo en el prefacio. Ni siquiera me animé a poner la palabra biografía”, dice Castro por teléfono sobre este trabajo y en línea con lo que dejó lainvestigación, hay un saldo de dudas que quizás sirvan para un nuevo trabajo. “Me quedó la incertidumbre con la composición de Corderos en la noche. Hay mucha gente que dice que Germán (Daffunchio) lleva los temas hechos, pero Superman (Troglio) a mí me dice que Germán tenía las músicas y Alejandro arma las letras y las melodías. Otros allegados a Alejandro dicen que muchas canciones son reconstrucciones de otras canciones de su labor como solista. La verdad es algo que no pude precisar, pero al menos estas distintas teorías las cuento para que uno se arme una idea. Lo que sí es indudable es que Alejandro tiene mucho que ver en el resultado final de Corderos y Mascaras de sal”.

Castro, además, del análisis que hace de los discos y de la injerencia de Sokol en cada uno de ellos mientras estuvo en la banda, trata de descular en qué momento se empieza a erosionar la relación entre Las Pelotas y Sokol. Deja a un lado todo ese bullicio que se generó a través de la gente – a muchos les salió muy rápido la hipótesis de que la banda había traicionado al Bocha – y profundiza sobre el recorrido de una persona con la que cada día se ponía más difícil trabajar en grupo. “El último periodo armonioso es la época de Para Qué?, fines de los ’90. Si uno piensa lo que sucede con el Bocha en términos individuales, incluso, podría pensar en esa fecha. En el 2001 se vuelve de Córdoba y empieza su etapa más errante: sale a tocar solo sus canciones, retorna a algunos excesos y empieza a desapegarse de la banda. Si uno rastrea los archivos hay una nota muy emblemática que le hacen a Las Pelotas en el año 2003 – época de Esperando el milagro – y Alejandro dice un título que es “me sacaron la amarilla”. Eso demuestra que ya venía desde antes la erosión. Si bien Las Pelotas explota en el 2003, la escalada de público empieza a fines de los ’90 y cada vez que la banda daba un paso para delante, Alejandro daba uno para atrás porque no iba a la par de esa profesionalización”, describe el autor.

"Si bien Las Pelotas explota en el 2003, la escalada de público empieza a fines de los ’90 y cada vez que la banda daba un paso para delante, Alejandro daba uno para atrás porque no iba a la par de esa profesionalización"

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¿Qué es lo que no le gusta de esa profesionalización?

Lo que rechaza son las condiciones. Él jamás renegó de la convocatoria o de ser la banda de cierre de una fecha grande, eso le gustaba. Lo que no le gustaba era que por esa densidad de trabajo haya que ensayar muchas más horas, que los shows se vuelvan predecibles, que se pierda la espontaneidad y que por el contrato con una productora hubiera que tocar más temas de un disco que de otro. Ahí comienza todo el conflicto y empiezan los faltazos a ensayos. Su postura la dice abiertamente porque era muy honesto. Él siempre decía que cuando había una fecha importante no había que llegar perfectamente aceitado y ensayado, que siempre había que dejar un lugar para el error, un lugar para la improvisación, porque sino la música si volvía predecible y era aburrida. 

Más allá de lo que uno podía escuchar o leer en su época de mayor auge, en el libro se profundiza aún más su personalidad sencilla y termina por quedar clara esa figura de antihéroe con la que siempre se lo describió…

Desde que arrancó con Las Pelotas hasta el último día siempre fue una persona súper accesible, súper sencilla y humilde, que te podías cruzar en cualquier lado, y cuando digo en cualquier lado es literal. Uno iba a los bares de Hurlingham y sabía que lo iba a ver ahí. No provocaba sorpresa su presencia. Me ha pasado de verlo con Los Rolling Stone a las seis de la tarde y cruzármelo en un pool de Hurlingham a las dos de la mañana el mismo día. Y eso estoy seguro de que no se da con otros artistas de rock, pese a que muchos hacen gala de su autenticidad y sencillez, la verdad es que en la calle no te los encontras. 


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1 Comentario

  • Erika says: 22 febrero, 2021 at 09:39

    Aguante el bocha!

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