20 / 10 | Política

TODO SOBRE MI MADRE

Con un fragmento de Bodas de sangre, de Federico García Lorca, termina esa mítica película de Pedro Almodóvar. Un puñadito de versos, como algunos otros de los libros de Gelman y las canciones de un par de discos, son de las pocas cosas que me sé de memoria. Porque van a un mismo lugar: la película la vi sentada al lado de mi mamá, cuando todavía había videocaseteras, en el living del último filón de los años noventa. Todo (es) sobre mi madre. Como la pregunta: ¿qué hice con lo que la maternidad –su experiencia, su anhelo, o incluso su negación– hizo de mí? ¿Qué respuestas ensayan los feminismos? ¿Cómo organizar una historia de los feminismos según los modos en que protegen, cuestionan, exaltan o interrogan el oficio más antiguo del mundo? Enfrentar las construcciones sobre la maternidad como un laboratorio de la historia de las ideas, como nos ha enseñado Nora Domínguez en De dónde vienen los niños.

Vayamos al origen. La genealogía política del feminismo se enlaza con las revoluciones burguesas, con el iluminismo, con el capitalismo, con el Estado-Nación. “Mujeres” –y también “varones”– que debaten la letra chica del contrato social de la modernidad. Una pregunta que aún hoy es tan obvia como necesaria: ¿de qué está hecha la ciudadanía? Así comienzan las luchas por la igualdad, por la equiparación de derechos civiles, políticos, sociales. Cambia el estatuto de minoridad de los códigos, el manejo de cuentas y bienes, el acceso al voto y a las candidaturas, la oferta de trabajo asalariado, el ingreso masivo a estudios superiores, la ampliación del consumo. Durante estos movimientos, que la modernidad funda como el “ámbito público”, la maternidad se concentra, principalmente, como destinataria de cuidado. En particular, el Estado de Bienestar politiza la maternidad –en la díada madre/bebé– como sujeto de protección. Imaginemos, hasta entonces, cuántas morían en los partos o poco después, padecían condiciones de extrema vulnerabilidad –no sólo por el potencial abandono de la pareja sino por la condena de su propia familia ante los amores “extramatrimoniales”– o afrontaban el embarazo y la crianza como trabajadoras con derechos truncados. Los feminismos hacen del embarazo, del parto y de la niñez un asunto de Estado.

La dimensión sanitaria –en tanto protocolización y accesibilidad a estos protocolos de salud– se enlaza con las licencias laborales pero más aún con los cambios en las formas de vida. Algo del estatus maternal se cuece en esta época. Un tango para mi vieja. En Peronismo y orden familiar, Isabella Cosse analiza la reformulación de los “estigmas de nacimiento” cuando “los desheredados” Juan Domingo Perón y Evita Duarte llegan al poder. Alteran sus propias partidas de nacimiento, tanto como reinventan una política sin moralismo. No importa cómo ni con quién te hayas acostado: el Estado te va a acompañar igual. Así la justicia social, de a poco, les llega a los últimos de los últimos, a los hijos “ilegítimos” y a las madres “solteras”.


"¿qué hice con lo que la maternidad –su experiencia, su anhelo, o incluso su negación– hizo de mí? ¿Qué respuestas ensayan los feminismos?"

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Las grandes transformaciones de los feminismos en la segunda parte del siglo XX las motorizan, en parte, las hijas de los Estados de Bienestar. En 1963 se publica La mística de la feminidad, de Betty Friedan, libro ícono para problematizar la angustia de “los ángeles del hogar” ante el recrudecimiento de la “ideología de la domesticidad”: una división sexual del trabajo que confina a los “varones” al ámbito público y la producción, y a las “mujeres” al ámbito doméstico y las tareas de cuidado o que, cuando ellas son trabajadoras asalariadas, invisibiliza como “amor” el trabajo no pago o “doble” que realizan además en sus casas. En 1970, en su tesis sobre literatura contemporánea, Kate Millet escribe una frase que se vuelve la gramática de la reconfiguración de una nueva teoría de las esferas: lo personal es político. Los feminismos señalan que las desigualdades del ámbito público refractan las desigualdades del ámbito familiar. Crecen las luchas para que el espacio privado no sea privado de derechos. De la puerta para adentro, y también en la cama, hay ciudadanía. Amor, cuerpo, violencia, trabajo doméstico, sexo. Los feminismos quieren discutirlo todo.


Estas revoluciones ocurren en un entramado económico y técnico: el surgimiento, abaratamiento y acceso a la anticoncepción blanda; insumos que permiten la gestión personal de la prevención del embarazo, sin que medie necesariamente el consentimiento –ni siquiera el conocimiento– del partenaire sexual. De All you need is love a No future: ni destino, ni sorpresa, ni fatalidad. El control de natalidad como tecnificación del control de la vida. ¿Nos liberamos cuando nos liberamos? Son décadas mestizas. Violencia política y embarazo tampoco son asunto separado. ¿De qué modos los “códigos de moral revolucionaria” se van a reconvertir hacia la lucha por el aborto en democracia en cualquier plataforma electoral “de izquierda”? ¿Qué evoca una embarazada y qué sentidos se empiezan a disputar en ese cuerpo? El rock nacional es un museo de esa historia viva: la madre de los chicos. Los años sesenta y setenta son los años del cancionero natalista. Como me dijeron una vez: son tiempos en que cada historia de amor incluye un bautismo, el de los nombres de esos hijos que podrían venir. Pero a la par, el “instinto” maternal –por ejemplo, en la gran investigación de Elisabeth Badinter– empieza a interrogarse. En definitiva, ¿las madres son el sujeto o las enemigas del feminismo?

Hay cierta narrativa, un poco congelada  de otras modalidades y circunstancias, que aún así cristaliza buena parte de las imaginaciones encabalgadas desde finales del siglo XX: las posibilidades, para las “mujeres” y las disidencias sexuales, de vivir vidas públicas: ¿quién no quiere ser presidenta, astronauta, deportista, artista, intelectual? Un mundo que, en apariencia, comienza cuando se cierra el horno de la cocina o la puerta del lavarropas. Biología no es destino, dijo Judith Butler y nos conquistó. La maternidad tampoco tiene por qué serlo. Los feminismos hacen crujir el imperativo de maternidad. “Mujer” ya no es sinónimo de madre. ¿Serás lo que sueñes ser o no serás nada? Trivialicemos: llegamos a la universidad para aprender a rechazar  la maternidad con mejores argumentos. Aunque, de a poco, los feminismos empiezan a cuestionar sus propios cuestionamientos: ¿acaso no hay poder en la domesticidad? ¿Sobre quiénes se sostienen las fantasías de las vidas extraordinarias, quiénes pueden tenerlas y para qué? ¿Por qué leer sólo como “sometimiento” una madre sirviendo a sus hijos? Me gusta lo que dice una amiga: nosotras cambiamos mucho pero los bebés siguen necesitando lo mismo que hace miles de años. Volver  a la maternidad: los feminismos ahora exaltan el respeto del parto, los debates sobre la lactancia o las diversas formas de crianza. Maternar también puede ser político. O una nueva épica.

"cuando “los desheredados” Juan Domingo Perón y Evita Duarte llegan al poder alteran sus propias partidas de nacimiento, tanto como reinventan una política sin moralismo. No importa cómo ni con quién te hayas acostado: el Estado te va a acompañar igual."

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“La maternidad será deseada o no será” es una de las formas en las que en el “día de la madre” recordamos la lucha de los feminismos por la Educación Sexual Integral (ESI) en todo el país y por una ciudadanía plena en el reclamo por la interrupción voluntaria del embarazo (IVE). Nuestro derecho a decidir y que el Estado garantice legalidad, seguridad, gratuidad. Pero vuelvo a leer la frase, y algo ahí también me incomoda. ¿Quién tuvo alguna vez un “puro” deseo de maternar? La clase es el deseo, la época es el deseo, la madre es el deseo, el tiempo es el deseo, la literatura es el deseo, la pareja es el deseo, el miedo es el deseo, el dinero es el deseo. “Ese” deseo, quizá, no exista. Porque, con las condiciones de ese deseo, ¿qué hacemos? ¿Horizontalizar las diferencias? Ningún Estado puede garantizarnos una panza ni el ejercicio efectivo de la maternidad. En nuestras democracias desiguales muchas dan a los bebés en adopción y muchas que quieren adoptarlos no siempre lo logran. Recordemos de dónde vienen los bebés: de la genética, del acceso tecnológico, y de condiciones, a veces, desiguales y violentas. (Durante años coleccioné, en estos días festivos, notas publicadas en diarios sobre historias increíbles de personas que viajaban a otros países, se metían en villas o recorrían iglesias u hospitales “en búsqueda de sus madres para darles un beso”).

"Volver  a la maternidad: los feminismos ahora exaltan el respeto del parto, los debates sobre la lactancia o las diversas formas de crianza. Maternar también puede ser político. O una nueva épica"

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Digámoslo al revés: hay quienes celebran su maternidad y hay quienes celebran vivir sin maternar (pienso en el exquisito Contra los hijos, de Lina Meruane). Pero las vidas tienen muchos más nudos. Nuestros feminismos tienen muchos más nudos. Un día que pincha. A quienes intentan, a quienes posponen por un amor, a quienes se pelean con sus madres, a quienes cuidan hijos ajenos, a quienes cuidan a sus madres, a quienes dudan, a quienes dejan de ser hijas sin ser madres, a quienes tratan como futuras “madres añosas”, a quienes ya no pueden, a quienes querían y hoy aprietan los dientes.


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