11 / 04 | Mundo, Política

UN POEMA PARA LOS PRESIDENTES DE TODAS LAS NACIONES

En un programa de televisión de título cacofónico: “sobredosis de sobredosis” muestran resúmenes de la semana. Asunto: los científicos del Malbrán descubren el genoma del coronavirus. Elogios del presidente, y sus repeticiones en periodistas. Les científiques juegan otro partido. Son de una raza distinta. Superior. No se puede creer que ganen cuarenta mil pesos, apenas arrancan con todos los títulos académicos. Una viróloga española preguntó por qué esperaban que la ciencia rindiera como Messi si los mejores futbolistas ganan mucho más que los mejores científicos. La “estatura del hombre” que midieron Nietzsche y Hanna Arendt –y que en el caso de Messi frente a Ibrahimovic o Martín Palermo es paradójica respecto de sus condiciones futbolísticas–, la medida de la raza humana en la tierra crece en la figura gigante de los virólogos y las virólogas, las universidades y el ministerio de ciencia. Alberto Fernández propuso que su gobierno sería de científicos. ¡Los periodistas escuchan a la ciencia! Ante la muerte, las fosas comunes y los cuerpos insepultos queremos la verdad de la milanesa.

No es un gobierno de filósofos, es un gobierno de científicos. Según la tradición sartreana un tipo intelectual con características distintas respecto del escritor, autor de novelas o ensayos. Intelectual igualmente comprometido, como muchos del Malbrán. ¿Comprometido con qué? Por la continuidad de la especie, contra la muerte pandémica; contra el olvido y el silencio. El gobierno de Alberto Fernández colabora con la tradición platónica. Los filósofos pueden ser consultados, pero no gobiernan; en definitiva, el filósofo ve mejor si está lejos, apartado, meditando, contemplando las verdades platónicas desde la distancia de la acción política. No obstante, los científicos desde sus orígenes modernos tienen un rol filosófico de primer orden. La ciencia no ha hecho más que reducir a los golpes la “estatura del hombre”. Primero, dejamos de estar en el centro del universo, también fuimos expulsados del centro del Sistema Solar; fuimos un organismo biológico en un instante sobre una porción minúscula del Universo, hasta que todo se volvió indeterminable para sentidos e instrumentos. El hombre fue reducido al mínimo.

"¿Comprometido con qué? Por la continuidad de la especie, contra la muerte pandémica; contra el olvido y el silencio."

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El diez de abril fue el Día de la Ciencia y la Tecnología en conmemoración del nacimiento de un científico argentino: Bernardo Houssay, Premio Nobel de Medicina en 1947, primer presidente del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas.

Dicen que a Alberto Fernández le gusta la poesía. Ojalá este poema de Stephen Crane le sirva al –esta vez sí– piloto argentino de tormentas. En una comunicación telefónica con Donald Trump, podría compartirlo con el mandatario estadounidense. De esa manera, daría profundas muestras de respeto hacia lo mejor de la literatura norteamericana. Una manera feliz de honrar a sus muertos:

“XXII”, en Los jinetes negros (traducción: N. Sescún, Hiperión)

Una vez vi unas montañas airadas,

y alineadas en frente de batalla.

Contra ellas se erguía un hombrecito

en verdad no más grande que mi dedo.

Me reí y le pregunté a alguien cerca:

“¿Ganará él?”

“Seguro –respondió el otro–.

Sus abuelos las derrotaron muchas veces.”

Vi entonces gran virtud en los abuelos…

al menos para el hombrecito

que se enfrentaba a las montañas.

Versión original:

XXII

Once I saw mountains angry,

And ranged in battle-front.

Against them stood a little man;

Aye, he was no bigger than my finger.

I laughed, and spoke to one near me:

“Will he prevail?”

“Surely”, replied this other;

“His grandfather’s beat them many times.”

Then did I see much virtue in grandfathers, –

Al least, for the little man

Who stood against the mountains.


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