12 / 10 | Política

UNIDAD NACIONAL: UN ESLOGAN TAQUILLERO

Rodolfo Rodil EX VICEPRESIDENTE DE LA CÁMARA DE DIPUTADOS

En momentos de crisis aparece la propuesta de la unidad nacional como la solución a todos los problemas que nos afectan, como si se tratara de un antibiótico de amplio espectro que combate todo tipo de bacterias,  la quimérica unidad es planteada como la única salida para cualquier dificultad que debamos enfrentar.

Una cantidad importante de analistas, consultores, periodistas, economistas, panelistas, intelectuales y  políticos difunden profusamente, a través de distintos medios orales o escritos, que la unidad nacional es la panacea que nos permitirá  comenzar a recorrer el camino del crecimiento económico y la equidad social.

Si analizamos la historia  observaremos que la tan mentada unidad ha sido esquiva. Desde los albores de nuestra emancipación existieron distintas visiones acerca del rumbo que debería tomar el que, a la postre, sería nuestro país. Nuestra breve historia está jalonada por naturales confrontaciones: Saavedra y Moreno en 1810, monárquicos y republicanos en el congreso de Tucumán, unitarios y federales durante la construcción de la nación, visiones diferentes en la “generación del 80” entre Mitre, Sarmiento y Roca, conservadores confrontando con radicales, peronismo versus antiperonismo desde 1945, entre 1976 y 1983 la dictadura militar intentó imponer la unicidad de pensamiento matando, desapareciendo , torturando y censurando pero no pudo evitar que la resistencia a los opresores creciera hasta lograr el retorno a la democracia y por último, ya con la democracia vigente a partir de 1983 hasta hoy, la libre competencia entre las formaciones políticas que disputan el poder para llevar adelante sus ideas. Esta enumeración, meramente ilustrativa, es un  ejemplo de la diversidad de enfoques que subyacen en nuestra cultura política desde el comienzo de la nacionalidad y cuan antigua es la denominada “grieta” tan en boga en los últimos años. 

Este somero pantallazo de nuestra historia nos debe hacer reflexionar acerca de la factibilidad  de la mentada unidad nacional.

 Aparecen entonces tres interrogantes.

¿Es posible construir la unidad nacional? La experiencia histórica nos señala  que, desde la recuperación de la democracia en 1983, sólo se registran dos momentos (por un breve lapso de tiempo) en los que organizaciones políticas, sociales, culturales y económicas se unieron en un contexto que podríamos definir como “unidad nacional”. La primera ocasión fue ante el levantamiento carapintada de semana santa de 1987, cuando el Presidente Alfonsín convocó a la  sociedad y al conjunto de la dirigencia opositora a defender la democracia frente al embate de un sector de las FFAA. En esa circunstancia fue unánime el pronunciamiento en favor de la institucionalidad  que se plasmó en el Acta de Compromiso Democrático, firmada por el PJ y el resto los partidos políticos con representación parlamentaria. Antonio Cafiero acompañó a Alfonsín en el balcón de la Casa Rosada desde donde al presidente dirigió un mensaje a la multitud que, sin distinciones partidarias, se había movilizado en defensa de la democracia.  

"La experiencia histórica nos señala que, desde la recuperación de la democracia en 1983, sólo se registran dos momentos (por un breve lapso de tiempo) en los que organizaciones políticas, sociales, culturales y económicas se unieron en un contexto que podríamos definir como unidad nacional"

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He allí un primer momento de unidad nacional que tuvo la brevedad de la amenaza institucional. Una vez  superado el intento golpista las oposiciones volvieron a plantear sus discrepancias con el oficialismo, incluso en relación al desenlace del episodio militar.

El segundo momento de unidad es más cercano. Se trata del consenso que tuvo el oficialismo en relación a las medidas adoptadas para contener la pandemia de covid 19. Todos los argentinos vimos como el presidente Fernández recibía el apoyo de las oposiciones, las que inclusive estuvieron dispuestas a consentir que, ante la emergencia, el PE gobierne a través de Decretos de Necesidad y Urgencia.  A poco de andar el consenso ha desaparecido y la lógica disputa política ha emergido con la dinámica habitual.

Ambos ejemplos sirven para ilustrar que la” unidad nacional” es efímera. Sólo circunstancias excepcionales e imprevistas como la eventualidad de un golpe de estado o una pandemia global  la hacen posible.  

Alberto Fernandez FOTO MARCELO CARROLL

La segunda pregunta refiere a un tema esencial.  ¿Qué se quiere decir  cuando se propone la  unidad? 

  Al  ser la unidad nacional una formulación abstracta habría que llenar de contenido esa propuesta. Aquí comienzan las dificultades pues cada fuerza política tiene su agenda propia, sus ideas acerca de cómo gobernar y su estrategia para llegar al poder, entonces los “esfuerzos por construir la unidad” acaban, en el mejor de los casos, en una promesa de buenas intenciones y una foto.

 Si por unidad nacional entendemos a las autoridades nacionales junto a un grupo de dirigentes políticos, sociales y religiosos firmando una declaración genérica de principios, es obvio que dicha acción es inocua tanto para el funcionamiento democrático como para enfrentar con éxito cualquier crisis.

Todos estaríamos de acuerdo en terminar con la pobreza, promover el desarrollo económico, acabar con el delito, tener una educación de excelencia, garantizar el acceso a la salud, lograr el pleno empleo, retribuir con salarios y jubilaciones dignas, impulsar el desarrollo tecnológico, preservar la paz y defender la democracia, el problema radica en que para dar cuenta  de estos desafíos hay diversas propuestas que no pueden resumirse en una única proposición.

 Precisamente la democracia es, entre otras cosas, una forma de gobierno en la que la ciudadanía a través del voto decide quién debe gobernar, consecuentemente son sus representantes quienes deben  tomar las medidas adecuadas para resolver los problemas que se presentan en cada coyuntura.

"resulta virtualmente imposible que se logren acuerdos en temas sustanciales, ya que la diferenciación es precisamente más notoria en aquellos temas que son más trascendentes"

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Este punto nos lleva a intentar responder la tercera  pregunta: ¿la unidad nacional fortalece el sistema democrático?

Entiendo que quienes promueven la unidad nacional la conciben como un pacto entre el gobierno, las oposiciones y las organizaciones sociales para implementar un conjunto de medidas  que posibiliten resolver los dilemas que enfrenta nuestro país. De ser así aparecen varias cuestiones que se deberían tener en cuenta.

En primer término parece poco probable que el oficialismo y las oposiciones acuerden programas concretos de gobierno siendo que, precisamente, lo que los diferencia son los distintos alternativas que las diversas formaciones políticas le proponen a la sociedad.

En segundo lugar la democracia es, por definición, un sistema que promueve la diversidad de  opiniones y por consiguiente alienta la multiplicidad de propuestas diferentes para el manejo de la cosa pública y establece el mecanismo electoral para definir quién debe gobernar y quienes deben controlar.

En tercer lugar resulta virtualmente imposible que se logren acuerdos en temas sustanciales, ya que la diferenciación es precisamente más notoria en aquellos temas que son más trascendentes. No parece posible que quienes piensan que hay que rebajar impuestos para atraer inversiones puedan acordar con quienes creer que hay que aumentarlos para reducir  el déficit o que quienes creen que EEUU es nuestro aliado estratégico puedan consensuar con quienes lo visualizan como el hegemón responsable de nuestras penurias, por citar sólo dos ejemplos.

   El  latiguillo de la  unidad nacional es una formulación retórica que se utiliza cuando estalla una crisis y no se tienen respuestas o soluciones concretas para ofrecer, a la vez que por tratarse de una consigna “políticamente correcta” es  utilizada para captar votos tal como lo fue el “síganme que no los voy a defraudar” de Menem o el “conmigo, un peso un dólar” de de la Rúa.

 Que la unidad nacional sea un concepto vacuo no significa que las fuerzas opositoras no puedan llegar a acuerdos puntuales sobre temas concretos con el oficialismo.

Una democracia fuerte y saludable es aquella donde el gobierno y las oposiciones cumplen con su rol en el marco de las reglas establecidas por la Constitución y las leyes, es decir que el oficialismo gobierna mientras las oposiciones controlan y proponen soluciones  alternativas. Así funcionan las democracias más consolidadas y antiguas del planeta

El parlamento, allí donde se encuentran representados los partidos políticos más importantes, la diversidad de intereses y  el federalismo,  es el lugar más adecuado para  materializar los acuerdos y  expresar los conflictos. Los consensos, pese a la dificultad para alcanzarlos, son parte inescindible de la política democrática al igual que los disensos sin los cuales caeríamos en la unicidad propia de las autocracias. La pandemia ha acelerado el deslizamiento de algunas democracias hacia el autoritarismo como es el caso de Rusia y  Hungría mientras regímenes totalitarios como China o Corea del Norte han acentuado el control social sobre su población, todo  en nombre de la unidad y la defensa de la nación. Debemos permanecer atentos a estos procesos para evitar consecuencias no deseadas que alteren el equilibrio republicano de poderes en nuestro país. 

Todo parece indicar que tanto la “unidad nacional” como remedio para superar la “grieta” como la propia “grieta son simplemente relatos para conseguir adeptos a ambos extremos del arco político.     

La calidad de nuestra democracia debiera ser medida por la profundidad y el rigor del debate, el respeto de la división de poderes y la extensión de los derechos de la ciudadanía más que por ser la herramienta que posibilite la  concreción de la quimérica (y no recomendable) unidad nacional.


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