13 / 07 | Mundo, Política

VENGO A OFRECER MI JUVENTUD

“Atrasa”: el dispositivo para anular debates que instaura otra forma de discriminación

En octubre de 2014, la gran bailarina argentina Paloma Herrera anunció su retiro en una conferencia de prensa de la que participé como periodista cultural. En un momento dijo: “Ahora el mundo ha cambiado y eso se traslada al mundo del ballet. La gente está todo el tiempo en Internet, con el celular en la mano, hipercomunicada por vías virtuales. Yo no quiero ser parte de eso. Sé que la vida va para allá y que tal vez lo mío sea un pensamiento un poco dinosaurio, pero creo que, debido a los cambios globales, el mundo del ballet es un poco más ligth, menos apasionado, con menos compromiso. Yo me quiero quedar con el momento que viví, que fue de gran intensidad y pasión. El mundo va a camino a otra cosa que no me tienta tanto, prefiero quedarme con cómo eran las cosas en los tiempos en los que yo las viví”.

Que una de las bailarinas más importantes de la historia y un emblema de excelencia artística que no pueden discutir ni siquiera los que no entienden un pomo de ballet se autodenominara “dinosaurio” me desconcertó, pero ahora entiendo que Paloma tenía miras más amplias que las mías y que entendía que ese mundo globalizado e hipercomunicado tenía demasiado que ver con la estandarización del quehacer artístico, la vigilancia y la perdida de potencia de las expresiones humanas. Hace unos días se dio a conocer una carta firmada por 153 personajes de la cultura destacados, fundamentalmente, dentro del mundo anglosajón, epicentro del que emanan la mayor parte de las coordenadas culturales para “el resto del mundo”. Incluye a artistas de la talla de Jeffrey Eugenides, Wynton Marsalis o John Banville, es breve, clara y, para algunos paladares, algo tibia, pero resulta difícil refutarla sin probar, en el mismo acto refutador, su veracidad. Denuncia los aprietes que tienen lugar en universidades y medios en virtud de la corrección política que se viene agitando de formas cada vez más crueles e invita a preservar la libertad de expresión con los riesgos de errar que cualquier libertad conlleva. Las críticas de un progresismo internacional que probablemente no contaba con que Noam Chomsky o Margaret Atwood también se pusieran en guardia contra la pretensión de apagar la multiplicidad de ideas no tardaron en aparecer. TheGuardian, por ejemplo, quiso compensar con el truco de las “dos campanas” pero pecó de inconsistencia periodística al omitir la mención de Anne Appelbaum, Francis Fukuyama y Martin Amis como firmantes.

"las manifestaciones identitarias que copan medios, redes, universidades y, por supuesto, campañas publicitarias de las multinacionales, se apoyan en la vieja idea de la juventud que viene a mejorar con sus bríos, hallazgos y señalamientos el estado de esta cultura rancia"

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En Argentina, los medios que hasta ahora tomaban cada declaración de Chomsky, por nimia que fuera, como una nota a desarrollar, optaron por ningunearla ni bien salió, pero algunos opinadores de redes intentaron dar una repuesta. Se recurrió a la cada vez más discutida cantinela simplista de “elite blanca” y “yanquis privilegiados” o a la estigmatización sin gran sustento “J.K Rowling es transfóbica”. La inconsistencia de estos argumentos llevó a que finalmente se apelara a lo que viene siendo un caballito de batalla de las noveles camarillas que militan una presunta diversidad: “están viejos, atrasan”. Es que las manifestaciones identitarias que copan medios, redes, universidades y, por supuesto, campañas publicitarias de las multinacionales más poderosas del mundo, se apoyan en la vieja idea de la juventud que viene a mejorar con sus bríos, hallazgos y señalamientos el estado de esta cultura rancia/patriarcal/opresora/racista etc. que nos domina. Pero, ¿en qué consiste esa juventud? ¿Es algo cronológico o es cuestión de actitud? ¿Pasa por el discurso, la acción o el aspecto? ¿Es una juventud aspiracional, meritocrática, intrínseca o espiritual? Pareciera que para quienes tienen siempre en la punta de la lengua la palabra “atrasa” la juventud puede ser una cosa o la otra, dependiendo de la ocasión. El tipo que ronde los 40, sea hétero y tenga alguna convicción política que incomode podrá ser tildado de Raúl, gónadas secas, varón tiraposta, mansplaning, pero su par del mismo nicho etario deconstruido gozará de la juventud súbita que otorga ver el mundo con los ojos de Ofelia Fernández. A la doña que domine la jerga adolescente de sus hijes, se anime al beboteo y se proclame feminista lo único que podrá atrasarselé será el período, pero la sub 25 que ose renegar, como lo hizo Paloma, de los nuevos usos sociales, pasará automáticamente a engrosar las filas del atraso y la vetustez. Géneros cinematográficos, lecturas, pensadores, artistas, pinturas o historietas corren el riesgo de ser cancelados por no cuadrar con aquello que pretende imponerse como vanguardia. El temor a no gozar de esa juventud que puede adquirirse solamente por adherir a algunos lineamientos culturales empuja a muchos a hacer el ridículo o a caer en inverosímiles contradicciones, pero no importa, siempre tuvo un precio alto la ilusión de alargar la vida. Discriminar a los viejos o a los que piensan como viejos (entendiendo lo viejo como lo que se opone a un ideario que se caracteriza, entre otras cosas, por no saber leer en contexto y por monitorear las producciones ajenas) es lo que la juventud autopercibida puede presentar como valor y bandera. Ante esta triste forma de segmentación a partir de nichos etarios imaginarios, se esfuma el sentido de aquellas lindas palabras que Gombrowicz dedicó a los argentinos y que ya, al parecer, no merecemos: “Sólo la juventud es infalible en cada una de sus manifestaciones”.

(Ilustraciones: Lucas Nine)


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