23 / 08 | Política, Sociedad

VERDADES DE PORCELANA

I  Big reality

El Zeitgeist  nunca es una receta cerrada. Y menos en estos tiempos gaseosos,  donde el espíritu de época cambia antes de ser descifrado. Con el Brexit y las campañas de Donald Trump, Jair Bolsonaro y Matteo Salvini parecía que asomaba una nueva verdad de hierro: el big data.  La (mega)minería de datos para codificar los vientos de la opinión pública. Ahí está Nada es privado, el documental dirigido por el bloguero egipcio Karim Amer y la Jehane Noujaim (autora también de The square), como testigo asustado de este fenómeno. Las 4V –Volumen, Velocidad, Variedad y Veracidad– de esta flamante herramienta comunicacional serían las encargadas de quitarle el suspenso a cualquier batalla electoral. Pero el mainstream ya tiene su caso desviado: Argentina. El país donde la góndola se llevó todo puesto: trolls, bots, hackers, influencers, fake news y cualquier anglicismo que ande dando vuelta. Cuando la fórmula del éxito estaba a punto de empaquetarse, el algoritmo conoció algo duro llamado realidad. El contexto (cultural, político, económico, sociológico, legal, etc.) le mostró los dientes al método. Y no se trata de tirar al tacho de la historia las técnicas, ventajas o recursos que trae el ciberespacio. Para nada. Sino simplemente de permitirse dudar. Dudar de la frialdad de los números. Dudar de las certezas absolutas. Dudar de que ya está todo escrito.

"Pero el mainstream ya tiene su caso desviado: Argentina. El país donde la góndola se llevó todo puesto: trolls, bots, hackers, influencers, fake news y cualquier anglicismo que ande dando vuelta"

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II Una aguja que no pincha (tanto)


Nadie sabe con certeza con cuántos periodistas se peleó Alberto Fernández en esta primera parte de la campaña. Lo que sí se sabe con claridad es la camiseta que se pusieron los principales medios de comunicación en esta contienda. Sin duda (ni disimulo), los mass media –casi en su totalidad–apostaron todo su capital simbólico a Juntos por el cambio. ¿El resultado? Derrota contundente. Lo mismo sucedió en las últimas elecciones con Hillary Clinton en Estados Unidos y Geraldo Alckmin en Brasil: ambos candidatos tenían el inflador editorialy, sin embargo, perdieron. El kirchnerismo gramsciano debería tomar nota y, de una vez por todas, relativizar la influencia de los “medios hegemónicos”. O, por lo menos, sin renunciar a la concepción de que son dispositivos culturales que defienden los intereses de las clases dominantes, matizar su impacto electoral. La teoría de la aguja hipodérmica –confeccionada hace casi un siglo atrás por Harold Dwight Laswell– sostiene que los medios inoculan sus contenidos en el tejido social sin ningún filtro. Un proceso lineal, vertical y asimétrico de contagio informativo. En plena autocomunicación de masas, dicho paradigma se muestra algo oxidado. Como señala, en su libro “Política Pop”, la ensayista Adriana Amado: “La circulación planetaria de mensajes y la superposición de mensajes contradictorios hacen que sea casi imposible esperar una interpretación única”. El periodismo pesa, sí; pero el sentido crítico de la sociedad, también. Y, por lo visto, bastante.

"Sin duda (ni disimulo), los mass media –casi en su totalidad–apostaron todo su capital simbólico a Juntos por el cambio. ¿El resultado? Derrota contundente. El kirchnerismo gramsciano debería tomar nota y, de una vez por todas, relativizar la influencia de los “medios hegemónicos”"

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III Designated Survivor vs Black mirror

Desde “Mujer, sexualidad, internet y política. Los nuevos electores latinoamericanos” (libro publicado en 2006 y que este año se reedita), Durán Barba argumenta que las estructuras de mediación tradicionales están en crisis. Los partidos políticos, sindicatos, iglesias, clubes y ONGs tienen poco que hacer en esta coyuntura. Solo queda un individuo autónomo, consumista, hedonista y volátil. La consecuencia discursiva de esta atomización sociopolítica es el ocaso de los grandes relatos y el auge de los microrrelatos. Las narrativas que dotaron de significación, coherencia y legitimidad a proyectos de gran escala, como el  New Deal, la resistencia francesa, el liberalismo, el Estado de bienestar o el Varguismo, por mencionar algunos, están obsoletas. De ahí surge el rechazo del marcopeñismo a escribir una trama que impulsara la gestión. Su lugar fue ocupado por stories de Instagram,  likes,  microsegmentación y pauta industrial. Y no solo eso. Ante el ensanchamiento de la superestructura del Frente de todos  –incorporación de gobernadores, intendentes, progresía porteña, massismo, Moyano, etc.–, desde Balcarce 50 respondían con una sonrisa picarona: “La ‘unidad’ no arrastra: espanta”. Pero el mapa de calor electoral demuestra que todavía hay una correlación entre capilaridad territorial y menú dirigencial. La arquitectura política está lejos de ser la explicación central del triunfo, pero, junto a la resignificación del relato peronista, la crisis económica, el corrimiento de CFK y la impericia del Gobierno, forma parte de la causalidad. Ni “hoguera nihilista” (Jorge Semprún dixit) ni embalsamamiento del siglo XX. Estamos en una época bisagra donde conviven sentidos y lógicas 1.0 con artefactos 2.0. Y la pulseada está pareja. Un empate entre Designated Survivor y Black mirror. Evidentemente, la voluntad todavía tiene algo que reprocharle al determinismo tecnológico.

"Ni “hoguera nihilista” (Jorge Semprún dixit) ni embalsamamiento del siglo XX. Estamos en una época bisagra donde conviven sentidos y lógicas 1.0 con artefactos 2.0. Y la pulseada está pareja"

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IV ¿El voto subterráneo?

Excepto Hugo Haime, Roberto Bacman y Analía del Franco, que anticiparon una diferencia considerable, ninguna encuesta predijo el tsunami del 11 de agosto. Los sismógrafos de las principales consultoras del país y del exterior no detectaron el desplazamientode las placas tectónicas sociales. Pero ¿si en vez de alumbrar las supuestas fallas del instrumento de medición, nos concentramos en la psicología del electorado? Es decir, cambiamos el objeto de estudio. A ver. La semana previa a las urnas, Juliana Awada subió a su instagram una foto que decía “Yo voto a Mauricio Macri”. ¿La función? Anular cualquier atisbo de espiral del silencio que perjudique a la escudería oficialista. Que los simpatizantes del presidente no tengan miedo de pronunciarse públicamente ni alteren su voto porque detectan un clima social adverso. En otras palabras: un blanqueamiento de preferencias que ayude a producir un ambiente positivo. Lo curioso es que los porcentajes del domingo demostraron que el secretismo habitaba en el otro campamento, el del Frente de todos. ¿Y si el denominado “voto vergüenza” operó sobre ese gap del 7% (la diferencia estimativa entre la intención de voto que brindaron la mayoría de las encuestas y el escrutinio)? Cuesta creerlo. El kirchnerismo nunca fue una mayoría silenciosa. Fue una invitación abierta con Néstor, un verbo intenso con Cristina en el poder y una minoría orgullosa en el invierno macrista. Y, como indica su hit “Vamos a volver”, no parece que haya modificado su actividad discursiva en estos últimos meses. Permanece el punto ciego. ¿De dónde salieron esos puntos? Flota el interrogante. ¿Cómo lo hicieron? En silencio. ¿El voto subterráneo? Solo una hipótesis más arrojada al fuego del debate público.

"Quizás para los que nos dedicamos al intercambio de mensajes y símbolos como medio de vida –investigación, docencia, consultoría, etc..– cueste admitirlo (o, incluso, suene a autobullying), pero la comunicación es una variable independiente de la política."

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V Por quién doblan las elecciones

La política puso en su rincón a la comunicación. Quizás para los que nos dedicamos al intercambio de mensajes y símbolos como medio de vida –investigación, docencia, consultoría, etc..– cueste admitirlo (o, incluso, suene a autobullying), pero la comunicación es una variable independiente de la política. En clave analítica, una hipótesis más para decodificarla; en modo asesoría, un recurso más para amplificarla. La gestión, entendida como la administración de lo público (con su respectiva producción estratégica de consensos y disensos), es irremplazable. En un contexto determinado por la hípertransparencia, no se pueden disimular el desempleo, la pobreza, la desigualdad y la inflación. Por alguna de las tres arenas comunicacionales –territorio, medios de comunicación o redes sociales– se filtrará la realidad material. O nos cortarán el cable. O se colgará Netlfix. O Playadito será un lujo de los de arriba. Por algún vericueto, se colarán los hechos. 

Entre tantos escombros, solo una máxima vintage: la mejor campaña es la gestión. Tan naif como eficaz.   


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