06 / 04 | Política, Sociedad

VIRUS, SUDOR Y ORDEN


Alberto Fernández se dio un baño de conducción propia. No hay mejor momento de construcción de un liderazgo cuando la acción política camina entre la vida y la muerte ciudadana y en todo aquello que sucede para que los gobernados y gobernadas no mueran. Parar a la peste. Frenarla. A como sea lugar. Con la mano estatal o con la mano divina. El rezo del presidente junto a Gustavo Béliz en la Casa Rosada frente a la imagen del cura Brochero lo dice todo. Existe un extenso mundo religioso (católico) que posee un vademécum de santos contra las pestes, como lo integra Santa Rosalía en Palermo (Italia). Toda “guerra” tiene un santo o una virgen y la Argentina posee, de esto, una extensa memoria histórica. Esta apelación a lo divino no anula el proyecto de legalización del derecho de interrupción del embarazo, sino que transcurre por otro andarivel: el de la revitalización de un liderazgo

El presidente le encontró un tono épico, racional y beligerante al momento. Todo con la ley en la mano para derrotar el coronavirus, pero también para limitar las circulaciones ciudadanas. El “gobierno de científicos”, como indico Alberto Fernández hace algunas semanas atrás, se hizo realidad. Estado y ciencia (médica) se destacaron en esta coyuntura de manera exponencial. Presidente, infectólogos y funcionarios expertos capturaron todos los horarios de la pantalla. Todas las “estrellas” de TV, de deportes, etc. debieron sucumbir ante los consejos científicos. China impregnó sus edificios con el rostro de los médicos y médicas salvadores. La urbanidad visual cambio.

Las medidas económicas y gestos presidenciales terminaron tonificando al Estado, pusieron entre paréntesis las grandes tensiones políticas con la coalición de Juntos por el Cambio y potenciaron la entrada en escena de actores que cargaban con largas memorias de impugnaciones sociales como las Fuerzas Armadas y las policías. El peronismo, realizó en medio del avance del coronavirus, el inicio de una incipiente sutura. Propuso un diálogo con un mundo militar que no es ajeno al justicialismo. Algo que, a su vez, parece posible por la renovación generacional del mundo castrense y por la relevante política de juzgamiento de los delitos de lesa humanidad. Alberto Fernández convocó a las Fuerzas Armadas y organizó a las policías. Les dio un teatro de operaciones. Otro muy  distinto a la lucha contra las drogas. Un escenario imaginado por algunos sectores del macrismo. 

La reivindicación de la estatalidad de este convulso presente puso en escena otro teatro de operaciones: la individualidad. A ella se dirigieron los pedidos de responsabilidades éticas y las coerciones. El presidente argentino y los medios de comunicación elaboraron, en momentos de extremar la circulación,  una gran narración y mirada sobre cierta individualidad poco sujetada a las decisiones gubernamentales, cuestión que terminó redundando en su favor. Pero pese a las desmesuras individualistas, la mayoría reconoció la fortaleza y legitimidad estatal para devolvernos al interior de nuestras casas.  Acomodar el orden, fue relocalizar al individuo. Pero el sostenimiento del consenso no funciona en continuado. Debe renovarse constantemente. El consenso estatal se vio trastocado por la necesidad económica y, por otra dimensión que no es menor, la incertidumbre. No fueron las organizaciones sociales, sino jubiladas,  jubilados, beneficiarias y beneficiarios de la Asignación Universal por Hijo que se lanzaron a la calle y se vieron escenas de anticuarentena. La individualidad, a veces, es imparable. El cálculo gubernamental falló. La incertidumbre por el futuro económico y una cuarentena inédita (que en cada sector social se experimenta de diversa manera) desbordó la certeza de que las tarjetas de débito, que la mayoría posee, mantendría a ala gente en sus casas. El viernes se produjo una especie de marcha del millón para “tener la plata en mano”. Necesidad económica, incertidumbre y la sensación de una pandemia controlada (o limitada) habilitó la salida de una porción de la sociedad. Y puso en evidencia que la construcción de la confianza estatal, también, es minuto a minuto.

Ahora, los sucesos de este viernes no cuestionan en núcleo duro del sostenimiento de la cuarentena. La mayoría está en su casa. La metáfora de la “guerra” y de cierta interpretación de la república –que reivindica el bienestar general frente al particular- metabolizaron rápidamente con el llamado a regular la libre voluntad individual. La delegación de ciertos derechos individuales en el Estado viene funcionando. 

"El viernes se produjo una especie de marcha del millón para “tener la plata en mano”. Necesidad económica, incertidumbre y la sensación de una pandemia controlada (o limitada) habilitó la salida de una porción de la sociedad. Y puso en evidencia que la construcción de la confianza estatal, también, es minuto a minuto."

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Entre la república y la milicia (que sostiene un orden legítimo) hay una conexión muy profunda y sobre todo, cuando se trata de sanidad publica. Existe un primer mandato para el mismo orden político: que los gobernados y gobernadas vivan. Nadie se alimenta de obediencia si está muerto o muerta.

La Argentina hoy (y tal vez, el mundo) es la metáfora de una gran arca de Noé donde se busca preservar a los sanos y curar a los rescatados y rescatadas de esta tormenta. Parece que un poder que protege siempre es mejor que un poder que te dice, en el medio de la catástrofe, que elijas el camino que más se acople a tu deseo. Este reajuste entre Estado e individuo tendrá sus impactos a futuro, como ese repliegue en un territorio privado que conocíamos a medias. Sudor doméstico, reacomodamiento individual y reivindicación del orden han resultado muy efectivos para un gobierno que, además, crece en adhesión midiéndose con otros presidentes. 

Bolsonaro ha dejado librado a la economía, al individuo y al darwinismo de los cuerpos la decisión de enfrentar al coronavirus. Algunos políticos están pensando en un juicio político y se enfrentó a la justicia brasileña por insistir en relativizar la pandemia. Es posible, que cuando los ataúdes empiecen a “entrar en escena” el gobierno del presidente brasileño comience a sufrir varios reveses, como ya le está sucediendo a Lenin Moreno en Guayaquil donde se están apilando los fallecidos. Algunos  presidentes pueden tener sus Vietnam internos, sobre todo, cuando una parte de la población entienda que sus autoridades han hecho poco para protegerlos. Andrés Manuel Lopez Obrador fue demasiado gradualista. Pese a que dice estar munido de una robusta vigilancia epidemiológica y de mayores capacidades para realizar los test asume que, por su estructura social, apostó por buscar un equilibrio entre la economía y la salud pública. Entro en modo pausado a la crisis y, tal vez, su perdida inicial de iniciativa le haya provocado una caída de su imagen. Otros presidentes latinoamericanos han optado por toque de queda, estado de sitio, con más o menos medidas económicas para paliar la situación de los sectores informales y trabajadores desprotegidos. Pero la administración de las diferencias sociales, que se exacerban en estas coyunturas, y las capacidades estatales marcaran el tic tac de los futuros políticos.  Lo que parece claro es que los estados debieron autoinyectarse políticas activas, de inversión, de suspensión de funcionamiento de ciertas instituciones y de control social. “El consenso covid19”. Este acuerdo habilitó, en el caso boliviano, a que el gobierno  suspendiese las elecciones presidenciales y no significó grandes críticas, como en Chile, paso lo mismo con un proceso constitucional que quedo entre paréntesis. Este año y el que viene se producirán procesos electorales y en parte la actuación de las autoridades frente al coronavirus consolidará o desestabilizará trayectorias políticas y posiciones. Alberto Fernández que tenía un panorama económico complicado y sinuoso, casi al límite, ha logrado hacer de la vida ciudadana y la salud pública una ética estatal. El manejo de la deuda quedó relegada del telescopio ciudadano. San Ambrosio decía: “es mejor conservar la vida de los mortales que la de los metales”, así indicaba una ética que reflexionaba sobre la sostenibilidad del Estado y el bienestar corporal. 

"El consenso covid19 habilitó, en el caso boliviano, a que el gobierno suspendiese las elecciones presidenciales y no significó grandes críticas, como en Chile, paso lo mismo con un proceso constitucional que quedo entre paréntesis. Este año y el que viene se producirán procesos electorales y en parte la actuación de las autoridades frente al coronavirus consolidará o desestabilizará trayectorias políticas y posiciones."

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El gobierno argentino ha logrado instalar la fuerza “necesaria” del Estado y ha realizado una interpelación a un ciudadano y ciudadana racionales (o que deben serlo) ante este momento. Además, ha logrado dos cosas: controlar el conflicto social y ha entreabierto una hendija a la discusión sobre las éticas económicas del empresariado argentino. Por la razón o la fuerza. Alberto Fernández puede salir victorioso de la administración de esta crisis y si ello sucede, pasaran algunas cosas, quedará solo en la cima del poder político sin compartirlo con nadie y de cómo se dé ese “reajuste” entre el Estado y del individuo pueden asomar los rasgos de un nuevo progresismo, que como podemos ver hasta ahora, parece el más efectivo en América Latina. 


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