7 de Mayo de 2021 • 15:55
05 / 04 | Política, Sociedad

EL PATIO SONABA A PELOTÓN

Recuerdo la mañana del 2 de abril de 1982 como una mañana fría. Digamos que estaba levantando la helada. Siete y media de la mañana y en la escuela que está frente a la plaza principal de Monte Grande había banderas en todos los porta mástiles, los de afuera y los de los costados de la puerta principal. Todo era celeste y blanco.

Mi viejo no me había dicho nada, yo no entendía un carajo pero por las dudas no pregunté. Se hizo un acto en el patio de la escuela, y desde ese día salíamos de la formación marchando, ya sea para entrar al aula, ya sea para irnos a casa. No sé si fue ahí o un poco más adelante, pero empezaron a poner la Marcha de Malvinas: “Tras un manto de neblina no las hemos de olvidar…”.

En la saga de recuerdos escolares también está una maestra de rulos que mostraba un particular entusiasmo cuando nos hacían formar. La seño estaba feliz. Se ponía delante de todos y encaraba a paso firme, el resto la imitaba intentando hacer el mayor ruido posible con cada pisada. El patio sonaba a pelotón.

"Malvinas nunca se fue. Pasó muchos años en el under del corazón. Es un sentimiento que está pero no se exterioriza"

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Tercer grado fue una mierda. Nos mudamos a Monte Grande, mi viejo se quebró una pierna, me costaba mucho ir a la escuela. En el cambio de colegio había quedado muy rezagado y, viéndolo en perspectiva, había una guerra.

Teníamos que escribir cartas a los soldados de Malvinas. Yo no sabía escribir. También teníamos que llevar todos los días recortes con noticias sobre la guerra. Como todos saben, al principio siempre íbamos ganando. Después fue confuso. “Hundimos el portaviones invencible”, fotos de la aviación argentina volando a ras del mar. Los ingleses le dieron al Crucero General Belgrano. Hijos de puta. No tenía la menor idea de lo que era un crucero y seguramente tampoco me podía significar el horror que su hundimiento representaba.

Por entonces, relacionaba menos la Guerra de Malvinas con los cantitos que escuchaba cuando íbamos a la cancha a ver a Lanús, cada vez más seguido y hasta ese momento, “se va a acabar, se va a acabar, la dictadura mi-li-tar”. Después vino la gran colecta, no quiero googlear. Ponele que se llamó Todos por Malvinas o algo así. La gente común donó ropa, comida y chocolates. Los ricos y los famosos, plata y joyas. Nosotros no donamos nada. Vimos el Mundial 82 en una tele a color que un cliente le había devuelto a mi viejo. El Mundial fue una cagada. Terminó la guerra. Perdimos.

Malvinas desapareció, en la escuela no pidieron más nada de la guerra. Cambió el gobierno. Arrancó terrible quilombo con el tema guita. Llamaron a elecciones. Empezó la democracia.

Durante varios años no se habló más de la Guerra de Malvinas. Había demasiadas otras cosas para hablar: las elecciones, el preámbulo de la Constitución, la revista Humor, el destape, Herminio Iglesias, la ley del divorcio, la Junta Coordinadora Nacional, el Juicio a las Juntas, los desaparecidos… El Plan Austral, el SIDA, qué cagazo el SIDA. Malvinas quedó sepultada. No es que hubo olvido, no podía haberlo. Lo que sí hubo fue un aluvión de cosas, la democracia estaba llena de cosas, todas cosas. Creo que esa memoria es lo que hoy se asocia al alfonsinismo. En los bolsillos de Alfonsín quedó toda la ebullición política, cultural y social de la apertura democrática. La vitalidad de una sociedad que necesitaba discutirlo todo.

"Malvinas quedó sepultada. No es que hubo olvido, no podía haberlo. Lo que sí hubo fue un aluvión de cosas, la democracia estaba llena de cosas"

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Nosotros no tuvimos caídos en Malvinas. Zafaron todos mis primos, a mi hermano le faltaba edad y mis viejos se hicieron bien los boludos con el tema. Malvinas nos pasó por el costado, nada nunca nos hizo signo de que atravesamos una guerra. En rigor, tampoco tuvimos cabal conciencia de haber sobrevivido a un genocidio.

No sé cuándo volvió Malvinas, si es que alguna vez volvió. El primer saldo fue que Galtieri era un borracho y la gente, engañada por la prensa, apoyó la aventura. De sobrepique, que los milicos, hijos de puta como eran, habían mandado a la guerra a unos pibes mal comidos, sin entrenamiento militar, sin ropa y sin armas. Que los chilenos traidores jugaron para Inglaterra. Que el gobierno de facto esperaba el apoyo de los yanquis (?) y este nunca llegó. Que fue un manotazo de ahogado en el marco de una dictadura herida de muerte…

El primer saldo de Malvinas fue narrado por una comunidad castigada. Pálida de vergüenza por su ubicación en el pasado reciente. Consciente del enemigo, pero muy gambeteadora de las responsabilidades colectivas y con apenas algunos rudimentos para encarar su escritura.

Malvinas nunca se fue. Pasó muchos años en el under del corazón. Es un sentimiento que está pero no se exterioriza. Íntimo, como el miedo absurdo e inexplicable de mi viejo ante determinadas situaciones. El miedo de los sobrevivientes.

La poesía rockera le dedicó grandes canciones a la Guerra de Malvinas. Emociona recordarlas y cantarlas. Malvinas fue una causa joven, como los centros de ex combatientes que tapizaron nuestra geografía democrática. A los milicos les costó muchos años colonizar esas organizaciones y aún hoy no lo consiguen.

No podía irse Malvinas, ya era para mí más que una memoria un miedo. El temor que me causaba la figura espectral del mendigo vestido de fajina, con casco y muletas, mutilado, subiendo al colectivo a pedir monedas.

Cagando aceite, pero pasé de grado.


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1 Comentario

  • Alma torres says: 20 abril, 2021 at 14:30

    Muy buena narrativa , me hizo volver a ese dia en el que yo tambien festejaba,con mi hijo pequeño en brazos y mis nenas que se sumaban a mi alegria

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