7 de Mayo de 2021 • 17:14
09 / 04 | Política

¿POR QUÉ LAS DERECHAS SON EXITOSAS EN REDES?

Apareció un enemigo sanitario interno y muchos discursos de derecha brotaron desde los canteros. El coronavirus se transformó en la catapulta moderna hacia un pasado reciente pero lejano que demostró no estar olvidado del todo por las sociedades contemporáneas. Libertad y coso. ¿Cómo fue que con más fuerza retóricas racistas y radicalizadas se apoderaron de los hashtags y las tendencias durante estos meses?

El principal problema de la argumentación extremista que manifiestan muchos jóvenes, ex funcionarios (y ex presidentes) en redes sociales es que no se acaba simplemente en el acto lingüístico: las peroratas ideológicas establecen vínculos reales entre sectores de la sociedad y sus imaginarios. El peligro no está en la teoría sino en la práctica. Pese a que la gestión de la pandemia por parte de gobiernos negacionistas del virus muestra resultados aterradores en todo el mundo, los discursos xenófobos y su militancia virtual se presentan ante el público como una nueva alternativa vencedora de la incertidumbre coyuntural, como si su matriz ideológica no tuvieran ni pasado ni construcción histórica. Ni derrota.

La pandemia nos obligó a convivir con nuestra emocionalidad. El encierro, la distancia y la introspección: una palmada calma pero insistente para la mascota que llevamos dentro. La lógica política de los discursos reaccionarios es profundamente emocional. Opera bajo el planteo de que “si avanzan con esto, avanzan con todo; si restringen esto, restringen todo”. Una nueva versión del “vienen por tu sexualidad y la de tus hijes”. Desde España, con la solidificación de Vox, hasta el “Movimiento Monárquico” en Argentina, los soldados del peligro interno se toparon con un virus que les sirvió de fantasma para no tener que avergonzarse de aquello que en otras circunstancias hubieran callado. Mano dura y constitución. ¿Por qué la agenda política de redes sociales se derechizó? ¿Es un verdadero reflejo social?

"Pese a que la gestión de la pandemia por parte de gobiernos negacionistas del virus muestra resultados aterradores en todo el mundo, los discursos xenófobos y su militancia virtual se presentan ante el público como una nueva alternativa vencedora de la incertidumbre"

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Natalia Aruguete trabaja sobre esta problemática hace tiempo. El año pasado escribió “Fakenews, trolls y otros encantos”, junto a Ernesto Calvo. Para ella, pandemia mediante, habitamos “un escenario llenísimo de incertidumbre respecto a la semana próxima. Y en este sentido, la oposición aceitó muchos mecanismos de disputa limpia y guerra de trincheras en la construcción de una agenda. Combinan medios tradicionales, discurso político y redes sociales”.

Aruguete va al hueso y sostiene que “el resultado sobre cuáles son los temas que se logran instalar en la agenda política depende más de las disputas y de la correlación de fuerzas políticas que de las necesidades de la gente”. Dame retweet y te diré a quién votaste: cerca del 70% de los argentinos utilizamos redes sociales. Número que se acerca bastante al porcentaje de participación ciudadana en las elecciones presidenciales del 2019. Se habla de lo que se habla: usuarios como gatos detrás de ratones que sólo muestran su cola pero nunca su cara. Los dueños de las plataformas solo saben decir tres palabras: libertad de expresión.

“Si uno es provocado por un troll no verificado y ese troll te asusta o te intimida, en la medida en la que vos le respondés, te lleva para su región de la red. Tira el anzuelo, te pesca y te lleva para tu cancha”. La no tan reciente pero sí profundizada polarización discursiva en las redes dejó en evidencia que cierta “violencia política” no es un rasgo atribuible a una época en particular: siempre está ahí, esperando que la llamen. Es como una sombra en un día nublado: sólo hace falta que salga un rayito de sol para que aparezca. La calidad democrática que construyó nuestro país aún evita que estas provocaciones discursivas se materialicen.

“En los últimos cinco años se ha conformado en la Argentina un elenco estable de cuentas fakes que trabajan de forma muy coordinada. El fuerte financiamiento con el que cuentan y el contacto permanente con servicios de inteligencia hacen que su labor estratégica sea de las más eficaces y nefastas que existen hoy en redes”, cuenta Natalia.

Pero no todo es color de rosas para las derechas (aunque a veces nos cueste creerlo). Hay un movimiento político que crece, articula, argumenta y vence: los feminismos. Aruguete lo remarca: “Hubo una excepción en la incapacidad de intervención de estos discursos durante la legalización del aborto en 2018 y durante el #MiraComoNosPonemos. Sucedió porque la red estaba mirando para otro lado.”Hoy, los feminismos del mundo se transformaron en la única respuesta política eficaz de confluencias que enfrenta y desarticula las argumentaciones conservadoras y extremistas. Y particularmente el feminismo argentino no sólo es flecha de lanza en la región sino que protagonizó los avances sociales e igualitarios recientes dentro de la esfera pública. 

Desde España, Julián Macias Tovar trabaja contra la desinformación digital hace tiempo. Responsable digital de Podemos, en 2019 durante el golpe de Estado en Bolivia analizó más de un millón y medio de tuits y se encontró con contenido falso y alteración de audiovisuales difundido por cuentas bots. Una de las cuentas escribía 70 tuits por segundo. Caricias significativas. “La pandemia, en términos cualitativos y cuantitativos, fue campo abonado para que estas estrategias funcionen mejor”, dice el especialista. “La incertidumbre, las incomodidades, el estrés psicológico y mental por el que estamos pasando actualmente se ponen en uso para que sea fácil movilizar a sectores no politizados. Estamos en burbujas. Estamos más vulnerables a las teorías conspiranoicas, esas vinculadas a la Guerra Fría”.

Los discursos de la derecha tri-partita en España buscan quebrar ciertos consensos democráticos post dictadura franquista. “Cuando tienes una parte de tu audiencia con una conexión emocional negativa hacia un colectivo, hacia una persona o hacia una idea, cualquier publicación que alimente eso crea la necesidad de ser compartido. Eso aniquila cualquier paso de estímulo informativo racional”. En España, estos discursos buscaron responsabilizar a las movilizaciones del #8M por la suba de contagios semanas después.

"La incertidumbre, las incomodidades, el estrés psicológico y mental por el que estamos pasando actualmente se ponen en uso para que sea fácil movilizar a sectores no politizados"

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El tema requiere no pensarlo a la ligera. Como una prótesis creciente del plano real, en la virtualidad no se instalan debates políticos: se generan climas. Atmósferas cada vez más confusas en donde sectores nunca antes partidizados asisten a movilizarse contra todo y contra todos. La amenaza y el miedo a la integridad personal suelen ser sus impulsores. Es difícil distinguir si el argumento fue plantado por un troll o por un ex funcionario macrista: caminan de la mano.

Ahora bien: noticias falsas hubo siempre. La inexistencia de un planteo serio y concreto sobre el cómo disputar las redes sociales por parte de gobiernos peronistas alienta la lógica de considerar que sólo con la gestión alcanza. Tal vez alcanzó. Pero la revolución digital se apoderó de absolutamente todos nuestros ámbitos: la política no puede ser la excepción. Hay trolls pero también hay más: remeras con la cara de Evita y el Nestornauta en la tienda de Instagram. En los últimos años, el peronismo encontró su mercantilización en las redes y se volvió lindo de compartir. Pero aún no existe la decisión concreta de apostar por la esfera digital, en parte, porque el concepto de superioridad moral está mal aplicado. No se trata de ser más buenos por no pautar un contenido o más malos por simular una fotografía. El mundo digital tiene sus propias reglas, sus propios compromisos y sus propias verdades.

“Existen documentos desclasificados de la empresa Burson-Marsteller, la encargada de la campaña de Videla, en donde aparece lo importante que era justificar ‘acabar con la miseria y el terrorismo’ para que ‘vuelva la libertad’”. Tovar habla de “la campaña anti-argentina”, encargada a partir del ‘76 de buscar ciertos grados de legitimidad y consenso en la sociedad civil a través de la comunicación para que apoyasen al gobierno de facto.

Burson-Marsteller es una de las agencias de relaciones públicas y comunicaciones más grandes del mundo. Con base en Londres, llama poderosamente la atención observar en los documentos sobre qué significantes trabajaron para los militares hace 45 años: la “realidad argentina” o la “falsa imagen de la Argentina en el exterior”, la “tranquilidad”, la “modernidad” y la “alegría de la gente”. “Desde los ’80, con la creación de varias fundaciones que llevan el nombre más bonito que te imagines, ‘por la libertad’, ‘contra la corrupción’, ‘en defensa de los derechos humanos’, que se financian campañas de gobiernos como el de Macri”, vincula el especialista.

La presencia de Cambridge Analytica y Facebook en campañas electorales debutó en 2012 con Barack Obama: creación de perfiles truchos, viralización de encuestas adulteradas y propaganda constante al alcance de las manos. Ocho años más tarde, Twitter tuvo que suspenderle la cuenta a Donald Trump mientras escribía que era víctima de un supuesto fraude electoral. Qué difícil pinta el panorama cuando al dueño del circo se le escapa el león: generaciones enteras utilizando y consumiendo noticias políticas por redes. A diferencia de los medios tradicionales, las plataformas aún conservan el manto sagrado de la objetividad.

“Regular las plataformas tiene que ser una demanda de la sociedad civil. Hay que trasladar el debate a la sociedad. Tenemos que entender cómo funcionan verdaderamente las redes”, plantea Julián. La ley de Medios se borró de un plumazo en 2015 y el rechazo colectivo no apareció: la única garantía a largo plazo que tienen las regulaciones comunicacionales debe nacer de sus usuarios. De la misma forma que la única garantía de la recuperación económica mundial debe ser la regulación impositiva de quienes más tienen. Parece ser poco casual que ante la necesidad real de reordenar la distribución de la vida social, las plataformas digitales coloquen alfombras rojas para los discursos conservadores.

España fue el país de Europa que más aumentó el consumo de información por redes sociales: un 55% en la primera semana del confinamiento. Ya nadie consume redes como parte del ocio. Nos informamos, desinformamos y divertimos al mismo tiempo que construimos y somos parte de microclimas. “Qué raro estuvo Twitter esta semana”. No sólo se lee sino que se huele: habitar la esfera virtual implica quitarte tiempo a otras cosas. Las plataformas tienen el protagónico beneficio de guiarnos en este recorrido. Hoy está Trump, mañana no. Un segundo. Miles de millones de seguidores. Un botón. ¿Quién lo extraña?, si ya tiene una cuenta bot.

"Nos informamos, desinformamos y divertimos al mismo tiempo que construimos y somos parte de microclimas. “Qué raro estuvo Twitter esta semana”. No sólo se lee sino que se huele"

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Repensar el acontecer de las redes es una tarea colectiva que todavía está en pañales. La democratización de sus usos no garantizó un mayor conocimiento de sus dinámicas. El fin justifica los medios: para muchos, sin una política pública de regulación y un debate social que la acompañe, los discursos extremistas se seguirán propagando sin ton y sin son en la virtualidad. Para otros, la regulación no es una buena alternativa. Acá estamos. En Twitter. Esperando el video que nos cuente quién será nuestro próximo presidente.

En tiempo de timelines monólogos publicitarios, la agenda política en redes sociales juega con la constante seducción de hacernos creer que cualquier usuario es importante y puede instalar un debate político. El gran puntapié de todas nuestras flojeras emocionales recientes tiene nombre y apellido: la pandemia. Y cuando ya no existen más lugares en los cuales refugiarse de la incertidumbre, las redes nos gritan: “vení conmigo, yo te hago un lugar. Te prometo que te van a querer. Mirá, acá le podes hablar al presidente”. Lo que para algunos es el tema del día, para otros es simplemente una fake new. Las redes sociales adoptaron a la política y lacraron su permanencia en ellas con la notable participación de presidentes y funcionarios tuitstars. Las redes importan. Ya nadie puede negarlo.

Las protestas árabes en 2010 o el inicio del #NiUnaMenos en 2015 son ejemplos de participación y organización política en redes pero con el objetivo de romper con lo establecido, ir en contra de un sistema, demostrar el quiebre de un consenso. Las agendas políticas no buscan eso: divagan entre microclimas que tienen la certeza de estar ganando una batalla discursiva nueva todos los días. Spoiler: nadie está ganando nada.

Las redes se volvieron la principal fuente de información y desinformación que tenemos al alcance de la mano. Un juego del que todos se quejan pero nadie elige salir. Ya sea por consumo positivo o rechazo que se vuelve interacción, las agendas políticas no sólo se afianzaron sino que se adentraron a todo vapor en este año pandémico. Ya nadie consume redes sociales como parte del ocio: la política ubicó sus disputas terrenales en la virtualidad con la particular desventaja del on demand, en donde pronunciarse sobre aquello de lo que se habla en el propio microclima se volvió obligación. Opinar porque se opina. La ruptura de la innovación.


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